viernes, 14 de junio de 2013



ES UNA CREACIÓN ANTINATURAL



Nos besamos; boca y labios, lengua, saliva y dientes se convierten en el escenario de la criatura que comienza a integrarse. Nos besamos; en el hilo transparente tejemos primero una pierna, sus venas microscópicas e infinitesimales. Es antinatural, e imposible que sea concreto. Pero nos besamos, simplemente, y los movimientos profundos de las bocas logran ese olor a tierra recién removida, a piedra en el aire, a semilla asomada al agua.
Nos besamos; y en el hilo de saliva ya son dos las extremidades, dos más los latidos. Es desprolijo, eso es así en término de lo que se engendra. Pero debemos dejar de pensar en términos de qué es lógico o que no, más ahora, que nos desequilibra una criatura en la boca y es demasiado temprano para dejarla caer.
Nos besamos y es necesario alimentarla: sangre, sarro, restos de comida, cualquier material es útil para la integración. Nos besamos porque ahora el motivo nos excede, se consolida más allá de lo que supusimos como un simple fantasma; incluso es rotundo el parpadeo de sus ojos, la mirada posada tal vez en nuestros paladares, no podríamos saberlo, como es rotunda la sensación del cosquilleo cuando sus uñas crecen y al descuido las roza en las encías.
Nos besamos; y en el orificio ya no hay lugar para nosotros, para nuevos movimientos. Nos besamos casi inmóviles y debemos tener un cuidado excesivo con las contracciones de la garganta que intenta tragar en un automático acto reflejo. Nos conminamos a no regatear esfuerzos. Nos besamos con mínimos movimientos y, sin embargo, sobreviene el ahogo. Es un instante raro, en el que podríamos morir, quisiera decir “morir”, pero tampoco es posible hablar, el deshago, eso que obtura es también como un cuerpo y ocupa espacio.
Nos besamos; nos damos el derrotero para librarnos. No es simple aceptar la muerte, nada ha sido simple jamás, por qué pensar que esto debería serlo. Nos besamos, y tal vez sin haber tomado juntos esa copa de vino, sintiendo que nos roza como la arena. Nos besamos y es imposible pero oímos la voz, es seguro que entre los espasmos la oímos, por qué no aceptar el miedo, por qué no aceptar que quisiéramos cortar esta línea imaginaria que nos asfixia. 
Nos besamos; emerge, primero, como un nadador, luego aceptamos que sea sólo una lágrima, un pequeño trazo de ángel, lejos de su oasis. 




viernes, 7 de junio de 2013



SI ALGUIEN TE REGALA LA LUZ



Nos conocimos en una de las calles que cruza la avenida Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires. Él pasó un cuchillo por la palma de mi mano: esa manera de mirar fue oportuna y, ahora tengo que aceptarlo, también fue decisiva.
Se acercó a mí, me tomó del cuello con los 5 dedos, pero sin demasiada presión. Se aproximó a mi cara -pude oler su aliento neutro y dejado al azar- y me dijo, señalando la calle: vamos.
Yo entonces recordé la vez que un profesor que tuve, pasaba las hojas de un libro de Bourdieu al otro lado de la mesa, mientras me tomaba el examen, y una leve brisa me hizo llegar el olor de su saliva adherida a la punta de esas páginas. Cerré los ojos y respiré profundo: lo que flotaba en ese aire entraba como un saber que yo aceptaba como un beso.
Y algo del aire que respirábamos ahora me devolvía ese momento. Por eso me dejé abrazar y me condujo, mientras en la calle muchos nos miraban y no nos miraban. Fue entonces que me dijo que lo que iba a contarme podía parecer una locura, pero que no debía juzgarlo antes de terminar de oír.
Nos detuvimos en el medio de la vereda. Me sugirió que no lo comparara con ningún otro hombre y me repitió que no estaba loco, ni por hacer estas cosas, ni por amar de esta manera, y seguimos caminando de la mano, no muy rápido, porque el andar no debía ser más importante que lo que teníamos para decirnos.
Empezó explicándome que desde pequeño su padre había venido de Japón (imaginé que huyendo de la guerra o el hambre) y entonces se había instalado en Perú, donde después había conocido a su madre y que por eso más de la mitad de los sucesos de su vida estaban embarcados, anclados, o relacionados con el agua.
Esa tarde, me dijo, su padre había dicho en su casa que quería caminar solo por la playa de Laredo, pero él había insistido en acompañarlo. Cuando bajaron hasta la orilla, su padre le pidió que no se moviera de allí, que debía caminar sin su compañía (entonces me di cuenta de que aún no sabía su nombre, pero tampoco era importante, luego llegaría el momento de preguntárselo).
Insistió en que él, entonces era un niño de nueve y su padre un hombre que pasaba los cuarenta. Se alejaba y la bruma iba difuminándolo (como si sobre esa fotografía alguien pasara pinceles de gris aguado, eso imaginé).
Supuse que ahora caminaba por Buenos Aires, de la mano de un niño abandonado, a la espera de su padre; eso en qué me convertía.
Me tomó fuerte y continuamos sin apurarnos. Le pedí que prosiga, y especificó que en ese otoño la playa estaba desierta, corría un viento frío y muy húmedo, y él esperaba a su padre a que llegara de ese paseo.
Entonces fue que vio el pelícano. De inmediato notó su ala rota, su pata herida. Fue acercándose al animal muy suavemente, para no asustarlo. Con las mínimas fuerzas, el ave despegó unos pocos centímetros de la arena, dio dos o tres saltos y subió a la roca. Me prometió que no caería en el enigma de un sueño, y me explicó que, sin saber cómo, él y el ave estaban en medio del desierto en ese instante. El agua que hasta hace segundos carreteaba la playa, ya no estallaba en las rocas. La arena que antes era densa y mojada, ahora era volátil, casi blanca. Caminó alrededor de la piedra en la que yacía el ave, pero ni el mar, ni la bruma, ni la foto en la que desaparecía su padre estaban ya, sólo el pelícano herido, la breve roca y él, en el inmenso desierto de algún lugar del mundo, donde el sol no le temía a nada.
El pelícano lo miró por largas horas, luego, cuando dejó de temerle, recogió sus alas, más tarde se apoyó en la roca y se tumbó cansado (la posición no era digna, pero sí acorde a las circunstancias, pensé). Su carne, todavía agónica, sobre todo por el calor insoportable, había empezado a ser devorada por la roca, tal vez, por prolijas alimañas, invisibles y eficaces. Él se había quedado allí, observando cómo cada pluma se desprendía de la carne, y como la carne se podría y hedía al calor de la superficie caliente. Me confesó que sin acercarse había estirado la mano para tomar una pluma, pero la había retirado, más que por el asco o por la compasión, por el temor a que su culpa cambiara algo de todo lo que estaba ocurriendo con tanta naturalidad.
Vio cómo los huesos blancos y huecos del ave resbalaron por la piedra, uno a uno, y se dispersaron por la arena. Luego el polvo los sepultó, con una voluntad prolija. Pero extrañamente, sobre la roca persistió una de sus alas; sus gelatinosos tendones se secaron y se adhirieron a la piedra como si fuera un cuerpo.
Por toda la noche, el viento batió inútilmente el ala, batió sin entender que podemos imaginar un ave, la más bella, pero no hacerla volar.
Entonces, solté su mano, rocé con la yema de mi dedo su piel quemada como si pudiera tocar la palabra "volar". Y la gente nos miró y no nos miró. 




Basado en un poema de José Watanabe