martes, 30 de abril de 2013


QUE NADIE SEPA


Por aquellos tiempos, yo hablaba mucho solo. Le contaba a la vecina mientras me hamacaba, que en el jardín un chico me seguía pegando porque yo era el preferido de la maestra. Anita me quería más a mí porque mientras ella explicada cómo lavarse las manos yo le tocaba el pelo y a ella le gustaba.
La vecina se llamaba Marta y cuando hablaba gritaba y escupía gotitas en la cara. La abuela decía que no había que tomar mate con ella, porque Marta andaba todo el día de casa en casa y tomaba con mucha gente y que, en cambio ella tenía la dentadura perfecta, sin caries y no como Marta que tenía los dientes separados y amarillos.
Yo una vez le pregunté a Marta si era cornuda y se enojó. Martín decía todo el día esa palabra y en el jardín le habíamos preguntado a la seño Ani si era cornuda y a ella le causó risa. Por eso, un día que Marta vino llorando a contarle algo a la abuela yo le pregunté eso para que deje de llorar, pero se quedó mirando y la abuela me dijo que me fuera a jugar al parque, que no tenía nada que hacer entre los grandes y que el día estaba lindo para andar en la bicicleta.
Fui al garage del abuelo, agarré la bicicleta y empecé a dar vueltas en la vereda jugando a que pasaba por arriba de la manguera con la que él regaba, pero sin salirme de arriba. Cuando me vio, me dijo que rajara ya mismo de ahí, y fui abuscar a Nadia que vivía pegada a la casa de Elvio. Pero estaba en penitencia por mentir, dijo la mamá. Así que dejé la bici de nuevo al lado de la bomba de agua que tiene el abuelo en el garage y me subí al árbol a buscar higos para que la abuela haga más dulce, pero casi no había y estaban chiquitos.
Ahí le conté a la abuela que yo quería ser mamá, que quería tener una casa como la que hacemos con Nadia en su pieza con la mesa y mis rastis. A Nadia no le gusta que le ponga las muñecas sobre los ladrillos para hacer las paredes más altas porque dice que son personas y no ladrillos, y van sentadas en las sillas para comer, pero si no hacemos así, la casa queda chiquita y no sirve para nada, porque una casa tiene las paredes altas y punto. Nadia, yo hoy quiero ser la mamá número 1 de las 4 porque siempre sos vos. Pero si le digo así se enoja y me echa porque los juguetes son de ella.
Cuando le dije al abuelo que para papá noel quiero  4 muñecas iguales a las de Nadia, el abuelo me pegó una patada en el culo y me dijo que no quería volverme a escuchar. Y yo no sé por qué no le puedo pedir lo que a mí me gusta a papá noel, si siempre me dicen que él me cumple los deseos.
Las patadas del abuelo no me duelen, pero yo lloro un poquito para que parezca que sí, porque si no me va a pegar más fuerte. Y me voy a esconder atrás de una planta para que se piensen que me fui para siempre de la casa, que nunca más me van a volver a ver porque los odio. Me voy a ir a la casa que hacemos con Nadia. Tengo que agarrar un calzoncillo, ponerlo en la bolsa del jardín y convencer a Nadia para que me deje quedar escondido ahí para siempre.
Miro entre las ramas desde el fondo del parque y me voy acercando despacito. Escondiéndome entre las plantas, primero una, después otra, como los espías. El abuelo está en el garage con esa máquina que afila fierros y hace chispas. Se pone unos anteojos para hacer eso y dice que no ve nada. Es mi oportunidad. Voy despacio porque Marta tiene arriba, bien arriba del mueble de la pieza, una valija que debe tener muñecas de cuando ella jugaba. Desato el alambre que separa la casa del abuelo de la de Marta, para pasar por el agujerito que hicimos con Nadia y que tapamos con unas ramas, y voy por el galpón. 
La casa de Marta tiene olor a pis y está oscura, eso es porque en una pieza está la Monona que es una vieja mala, dice Marta, y que un día de estos la va a matar. Yo no la quiero a la Monona porque la hace enojar a Marta y grita cosas que escuchan todos los vecinos. La abuela me dijo que no vaya a esa casa porque ahí están todos locos y que no coma los caramelos que me da Monona porque el otro día se tocó la cola y llenó la casa de caca para que Marta de enojara y le pegara.
Por suerte la pieza de Marta queda para el otro lado. Voy despacito. Me subo a la cama. Si encuentro las muñecas de Marta, me voy a vivir con Nadia. Agarro la valija, abro el cierre. “¿¡Que hacés acá Sergio, que tu abuela te está buscando como loca?!”, me dice Marta y me llena de gotitas. “Vamos para allá. Te dije que no tengo muñecas ahí”, seguro que tiene y no quiere prestármelas, Marta es mamá de Silvina y Claudio, ella ya tiene hijos. Por eso la odio.

viernes, 26 de abril de 2013

LA ABUELA





Se acerca mayo y algo de lo que va muriendo en el parque abandonado o del olor a las hojas secas de los álamos me pasa por la espina dorsal como una mano que arrastra sus uñas. No duele, es un llamado, una cruz que la abuela solía hacerme cuando estaba mal.

“Ya se te va a pasar, hijito”, me decía y seguía presionando con la punta de sus dedos. Después continuaba lavando ropa. En esa hora de la tarde en la que no se podía salir porque el sol estaba fuerte, la casa olía a jabón. Rac, rac, rac, hacían sus dedos sobre la tabla de madera. La burbujas se agrupaban en pequeñas nubes y después una sola, única e inmensa. De vez en cuando, alguna subía por sus codos, se enganchaba en el borde de la pileta del lavadero y era llevada por el viento de la ventana abierta. Yo corría a aplastarla, y a veces me ganaba la punta de una mesa, una silla, el choque contra la pared.

La abuela subía y bajaba encorvada, porque los pantalones del abuelo o los cuellos de las camisas eran los que daban más trabajo. Enjuagaba varias veces y siempre alguna gota salía del balde y me salpicaba la cara.

Al terminar de escurrir el último pañuelo, decía: “Aquí no ha pasado nada”. Y era una frase que repetía, porque antes ya la había dicho cuando el comedor había quedado vacío de platos, vasos y restos de comida.

Yo me adelantaba en ir a buscar la bolsa de los broches al garage y la hacía esperar conmigo. Con una mano sostenía la manija y con la otra revolvía los broches, como si mezclara renacuajos en una pecera. Hasta que ella decía “vamos, así se seca tranquila” y salíamos.
El sol picaba en la frente y alguna chicharra gritaba escondida entre los naranjos o las moreras. El parque tenía el tamaño de tres terrenos por los que el abuelo había pagado, trabajando desde las cuatro de la mañana hasta las ocho de la noche hasta hacía poco. Una vez a la semana él cortaba el pasto, daba forma a las cientos de plantas que la abuela cuidaba como a hijos y ese era el día en que las chicharras no gritaban y el olor era seco y el silencio se rompía sólo por el motor de la cortadora. 
Yo era el encargado de bajar el palo larguísimo con el que se sostenía el alambre. Iba alcanzándole los broches y al terminar, el jabón se mezclaba con los malvones, los jazmines, las petuñas y los árboles, y todo flameaba como un portal de viento. Las sábanas se alzaban como velas de un barco y yo cerraba los ojos; me rozaban la nariz, era una caricia húmeda, sencilla.

La abuela me acompañaba hasta la piecita que había sido de mi papá; cuando ella se iba, me levantaba descalzo para no hacer ruido y aprovechaba para volver ojear las páginas de los libros, que habíamos leído por la mañana. En la montaña, la cenicienta aplastaba a pulgarcito, éste a los tres chanchitos y todos a Gaby, Fofó y Miliki. A las 2 se iba tarareando y volvía a las cuatro con la excusa de que ya estaba el mate. Yo me hacía un poco el dormido, me refregaba los ojos despacio y me despeinaba. Caminaba bostezando y ella reía por algo que nunca entendí. 
“Acá tenés la leche” me decía ya a la sombra de algún árbol. "No le pongas tanta azúcar que hace mal". Ellos, mientras tanto, arreglaban alguna boleta, hacían un crucigrama o jugaban a las cartas. Después, cuando el agua de la pava se enfriaba, venía un primer mate para mí.

Desde donde estábamos, miraba las sábanas que flameaban livianas, al fondo de sus voces, y la tarde se hinchaba despacio. 
Esa tela casi transparente y fresca es la única trama verdadera que hoy da forma a todo lo que conozco.




lunes, 22 de abril de 2013

TAMBIÉN ME ODIA UN GATO



         Ayer no fui buena persona, o a lo mejor podría haber sido mejor persona que la que fui. Lo cierto es que hice lo que pude, por más defraudado de mí que me encuentre.
         A las 12 del mediodía mi hermana estaba en su departamento con baja presión o algo parecido, y mucho dolor. Acá en Bs. As. hizo 41 grados de calor y ella estaba mal porque, además, está haciendo reposo porque el lunes la van a operar de la vesícula: tiene piedras. Me llamó, por una descompostura, unos mareos y la obligué a que viniera a casa para tranquilizarla y que estuviera bajo el aire acondicionado. Cuando salí de la oficina, y abrí la puerta, entré al departamento y el olor a mierda era insoportable. Yo no siento..., me dijo ella. Lo que pasa es que te acostumbraste!, le dije. ¿Dónde estás? La encontré tirada en el piso, mirando la cocina, viendo si podía sacar al gatito. Agarré la Lavandina. Sin sacarme el traje, rodeé la heladera, el lavarropas, caminé lento entre los artefactos y rocié y tiré cloro puro por los rincones.
   
      Toda la tarde estuvimos investigando y armando artilugios para que el animal se animara a salir. Nada. Yo estaba decidido a lo que sería el desenlace. Nos tirábamos de a ratos panza al piso para llamarlo como nos fuera posible. Vanesa había logrado afinar la voz y decir miau igual que el animal. Nos reíamos de eso, porque un par de veces yo no pude distinguir si era ella o el gato. Él nos contestaba con unos débiles maullidos que nos hacían saber que estaba vivo ahí adentro. Mi miedo era que muriera. Vanesa inventó con una cinta scotch y 3 palitos de brochettes una especie de caña para pinchar gatos. Los había unido por las puntas y con eso punzaba, pero no había caso, con el cloro había trepado a no se sabía qué lugar específico de la cocina. Lo oíamos como si estuviera ahí mismo, pero no.
         Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Para qué mierda querías un gato, Sergio?
         Yo, tirado al lado de ella: -¿Para qué voy a querer un gato, querida?
         Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Dónde se metió?, la puta madre. Con los palitos no llego. ¿Eso que está ahí es la colita?
   
      Yo tirado al lado de ella: -Pinchala, a ver...
         Desarmamos esa parte del artefacto, pero no veíamos nada. Yo seguía sin comer y sin sacarme el traje, transpirado a pesar de que el aire acondicionado estaba a 18 grados. Vanesa me pidió que me calmara, que ya iba a salir. Así que me hice algo de comer a las 4 de la tarde (había llegado de la oficina a las 2) y me cambié. Ella se sentía cada vez peor, así que tuvimos que llamar al médico, que le adelantó la operación. Yo tenía que armar la entrevista para la reunión de mañana, atender a mi hermana y al médico, trabajar en unas lecturas, configurar unas fichas y ver de qué modo me deshacía del olor a mierda que nos ahogaba.
         Con frecuencia nos arrodillábamos delante de la puerta espejada del horno, quietos, sin decir nada, intentando percibir el más mínimo movimiento, un ligero maullido, las patitas rozando algo. Después, ya cansados de estar en esa posición, volvíamos a apoyar las panzas al piso, y nos mirábamos hasta que comenzábamos a reírnos porque Vanesa maullaba haciendo caras. Después, de nuevo el largo silencio. Quietos, esperando vaya a saber Dios qué. 
         El gatito para mí había muerto adentro de alguna parte de la cocina y ya no había cómo sacarlo, se confirmaban 3 horas sin oir un sólo movimiento, eran las 7. Golpeábamos despacio, hacíamos ruidos suaves con las uñas, como acariciando la chapa, intentábamos imitar unos quejidos de gato, ruidos de palomas, nada. Yo silbaba bajito y después más fuerte, y Vanesa me decía que eso no parecía un pajarito ni nada. Con las pocas fuerzas de ella, tratamos de tironear y correr la cocina, pero podía desconectarse el caño de gas que daba a la pared y ya sería un nuevo problema para sumar a la lista. La cocina es de esas que van empotradas, así que, por más fuerza que hiciéramos...
         Vencidos, debí llamar a Facundo, el gasista, para que desarmara el artefacto. Tuve que rogarle, porque estaba con trabajo hasta las 9 de la noche y quería finalmente irse a su casa con su esposa y su hijita, sé que fue papá hace apenas unas semanas. Le conté que el gato hacía casi 2 días y medio que estaba dentro de la cocina y yo no sabía cómo sacarlo, incluso había intentado prendiendo el horno por breves minutos. Que ya no se lo escuchaba más y que tenía miedo de que hubiera muerto. Rió tímido, pero con la palabra "muerto" apagó toda muestra de burla, y me dijo que pasaría cuando terminara con todo.
    
     A las 9 de la noche estaba en casa. Llegó con las manos negras de grasa, tierra por la obra en la que estaba trabajando y yo miraba el senderito de barro que iba dejando sobre el piso de porcellanato. Debió sacar cuanto tornillo encontró: cuatro de arriba, cuatro de los costados y tres por cada hornalla. Yo sufría por el gato, por si se perdían esos tornillos y no podíamos reconstruir la cocina, por mi hermana, por la mugre que estaba haciendo el gasista y lo que me cobraría por venir por esto y a esta hora. Mi hermana, convaleciente, igualmente hacía algún chiste cada tanto, como: “ahora la comida va a tener un gustito particular”, pero no podía reír de sus propios chistes porque luego tenía que llorar por el dolor; mejor, así se dejaba de decir pelotudeces. 
         Al final, llegamos al gato que estaba enmarañado entre los caños de gas, muy cómodo, durmiendo y debió despertar suavemente por los rayos de luz. Imagino que tan cómodo no estaría, puesto que no comía ni bebía nada desde hacía dos días.
   
      Inmediatamente lo llevé a la bañadera envuelto en un trapo (no sé por qué, pero me daba asco) y cerré la puerta del baño como si hubiera puesto una bomba detrás de la cortina de la bañera. Despedí al gasista, le pagué, le hice dos chistes malísimos como para descomprimir y llamé a su exdueña:
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola. 
    
     Yo: -Hola, Alicia. Soy Sergio. 
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola, ¿qué pasó?
    
     Yo: -Te llamo por el gato. No sabés lo que fueron estos días.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Qué pasó?!
    
     Yo: -¿Lo querrán las nenas de al lado de tu casa, todavía? Te lo mando en un remisse, en una caja.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¿Pero qué pasó?, tan entusiasmado que estabas.
    
     Yo: -No nos elegimos, Alicia. Dejalo ahí. Recién logro que el gasista lo saque de adentro de la cocina. Está sin comer. Muerto de miedo y yo no lo quiero ni ver. 
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Pero cómo que se metió ahí?!
    
     Yo: -¿Y cómo se va a meter, Alicia? ¡Qué se yo! Sin palabras. Hace dos días que no duermo, por el quilombo que hizo, el olor a mierda que sale de todos lados,  y en realidad porque me la paso pensando en el gato, me lo imaginaba muerto ahí atrás. Necesito dormir y ver mi casa limpia de nuevo. Tengo una reunión mañana y esto parece Hiroshima.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Bueno, mandalo que se lo damos a las nenas de al lado. Al otro dicen que lo perdieron. ¿Viste que la gata había tenido dos? Se les debe haber escapado.
    
     Yo: -Ok. Mil gracias y disculpame. Pero mi casa está llena de cosas que se rompen y acá parece que no hay lugar para mascotas.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Y, no, si éste es un salvaje. Bueno, mandalo. 
    
     Yo: -Va para allá. Chau.
        
         Abrí la puerta del baño, suavemente, temí que se hubiera subido al barral de la cortina del baño y desde allí me saltara sobre un ojo o la cabeza. Primero encendí la luz, ingresé una pierna y entré. Cerré la puerta y le dije: de acá no te movés. Ya había trepado por la cortina que cubre la bañera, la había dejado hecha girones, estaba como mordisqueada y con las garras había hecho una especie de agujeros en la parte alta. Extendí las manos hacia delante, como un zombi, para protegerme. Lo tomé con la derecha del lomo y gruñó. Apreté el puño como si pesara 10 kilos eso que llevaba. Lo metí en una caja de zapatos viejos. Le hice 6 perforaciones rápidas con un cuchillo tramontina –clave como si el cartón se resistiera como el hueso de un humano-. Llamé a la remisería, expliqué la situación y allá fue, hacia lo de Alicia, la cajita con 6 profundas perforaciones alrededor.
     
    El gato me salió: 100$ para ir a buscarlo, 150$ para sacarlo de la cocina y 50$ para mandárselo a Alicia y todavía no había tenido tiempo para la desparasitación y las vacunas. Claro, para entonces me daba lo mismo si lo fagocitaba una horda de bacterias.
         Vanesa había decidido irse, ya más tranquila y un poco menos dolorida, porque el calor había sido sofocado por una restauradora brisa que anunciaba lluvia.
    
     Cuando el gato se fue con el remissero, pasé cloro por el piso. Pensé en llamar a la chica que viene a limpiar a casa, pero no podía seguir molestando gente a cualquier hora. ¿La llamo?, me dije. No atendió. Y yo no iba aguantar otro día con la casa en ese estado. Desinfecté con Cif: el lavadero que había albergado al gato unos segundos; la cocina por donde toqueteó el gasista: heladera, mesada, microondas, puertas, bajomesada, picaportes; la bañera donde lo puse hasta que el hombre se fuera... Llevé cada objeto a su lugar. Vidrios y mesas volvieron a sus marcas. La casa olía como una nube blanca de nuevo. Puse toda mi ropa a lavar, para que el jabón quitara los malos olores, y cada pelo adherido a mí, o cualquier cosa que me lo recordara. Me bañé y salí de la ducha envuelto en el toallón y dije: esta sí es mi casa. Respiré profundo el aire limpio, ausente de objetos extraños. Recordé a María Elena Walsh, en una poesía y repetí: "Es tiempo de que las cosas y yo nos entendamos". Me tiré en el sillón, como siempre hago luego de ducharme. Abrí el libro que estaba leyendo. Fijé la vista en las páginas de Cristian Alarcón, la historia cuenta la vida de unos chicos que viven en la Villa 25, calles pequeñas y de barro, madres muertas, hijos adictos, familias numerosas que se aman a su modo. Empecé a hacerme invisible como suele pasarme cuando leo. Pude estar en otro lado, y por eso entendí que nunca había intentado ponerme en su lugar.

viernes, 19 de abril de 2013


RELATIVIDAD




Miro la foto de Witkin, y pienso en mi cabeza. No es gracioso tener un escorpión que aguijonea tu cuerpo. Estoy en un período exploratorio de mi vida, digo a modo de disculpa. Pero te vas, seas hombre, mujer, niño o familiar, te vas. La púa del pensamiento cosquillea sobre tu piel, me lo das a entender porque es insoportable y algo te retuerce. De nuevo, te pido disculpas, deben ser los años, con el tiempo también yo he aprendido a tolerar ese veneno. Me estremezco apenas, luego un desmayo me tumba donde sea. Pero te aseguro que uno se acostumbra.
También debo responsabilizarte por las burbujas, por no explotarlas desde adentro. Brotan como la rabia, no sé de dónde, pero sé que esa altura hasta la que te lleva mi pragmatismo, te agrada, te amedrenta, te determina. Es implacable el aire con los seres voladores como nosotros. Me estoy volviendo intolerable con el más allá: el aire es como el infierno, una verdad sin límites ni destino.
         Puede ocurrir que mi deformidad te asquee, te provoque ganas de saltar como si eso que se derrama de mis lóbulos fueran peldaños para tu huida. Por tercera vez, te pido disculpas, no es sencillo para mí ser el padre de esta aberración que acecha, menos saber que su relatividad radica en que alguna vez vos tengas que matarme y te conviertas en su creador.


miércoles, 17 de abril de 2013




NOMBRE SOBRE NOMBRE


Mi madre me dijo que yo podría haber sigo Gerardo en vez de Sergio. O podría haberme llamado Agustín. “Esos eran los que estaban en la lista de los permitidos cuando naciste”, dijo y sorbió el té.
La visita duró poco, menos de 3 horas y sinceramente no me acuerdo con qué llenamos ese tiempo, porque sí recuerdo que no nos tocamos más que para saludarnos, que no hablé de mí, que no hablamos de ella, que no supe por qué estaba tan triste, ni supo porqué le había preguntado cuáles eran los otros nombres posibles para mí.
“Vos ibas a ser mellizo, pero perdí a uno de ustedes en el embarazo”.
Se fue y yo puse en mis manos el libro de Mary Shelley que debía releer para mis clases: Frankenstein, el monstruo construido de cuerpos  muertos, el hombre inmenso lleno de otros pero sin poder amar, el personaje sin nombre que se asocia con el de su creador, el asesino que venga ante el hombre su soledad, el que espanta al mundo porque cada una de sus costuras es visible, cada una de sus separaciones es real.
Mary Shelley se fue de mi casa y no dijo, ni si quiera, te quiero.

lunes, 15 de abril de 2013


THE MACHINE


   Las agujas están colocadas en ella como los dientes de una rastra, y el conjunto funciona además como una rastra, aunque sólo en un lugar determinado, y con mucho más arte. De todos modos, ya lo comprenderá mejor cuando se lo explique.
Franz  Kafka



Con mi psicóloga pusimos el cuerpo semivivo de mi padre, sobre una mesa, hace ya varios años. Recuerdo que el galpón se erigía sobre un descampado de esos tan famosos en los relatos decimonónicos. Lo llevamos con la excusa de hablar un poco de nuestra vida, de los buenos tiempos, de los regulares. Él entró como un meteorito, como suele hacer, rompiendo la estela celeste de un planeta que daba vueltas a duras penas sobre su eje. Así me sentía yo por aquellos tiempos: en una órbita anodina, sin eje, gravitando sin saber porqué o en relación a qué, en una lentitud burocrática.
Mariela me había recomendado que empezáramos por sosegar al objeto candente, por eso lo recostamos sobre el tablón, para enfriarlo. Yo, entonces, pensé cómo lograr eso con mi padre, un hombre fornido, vehemente, repitente de sí. Así que caí con el codo sobre su nuca. El hueso hizo un ruido corto y seco y el cuerpo se desplomó al instante. Para cuando despertó, ya lo habíamos acomodado sobre la camilla.
Ella le preguntó si se sentía bien. Pero él no respondió.
Fui  a buscar la máquina que habíamos armado durante las sesiones, casi 2 años dedicados a perfeccionar la ingeniería, bastante simple, pero, a nuestro criterio, sumamente efectiva. Tenía un parecido bastante reglamentario al de las máquinas de los odontólogos. Contaba con un espacio central para que el paciente entrara ya atado a los extremos de la camilla y alrededor todo era acero y engranajes, agujas y rotatores, espolones y ganchos, cierras y rastras.
Mi padre despertó, decía hace un rato, a los segundo del golpe. Le comentamos que la máquina tenía una lógica infalible, debía ser paciente si con sinceridad quería colaborar, sólo unos segundos, hasta que comenzáramos a leer el manual, para evitar sorpresas. 
Intentó zafar la mano derecha; la pulsera de hierro hizo clic y algo dio inicio al funcionamiento de todo el sistema. La máquina había comenzado a responder autónomamente según lo esperado. No encendimos el pequeño visor desde el cual los pacientes podían enterarse de lo que la máquina les sugería, así que yo tomé el instructivo, e iría leyendo conforme fuera posible.
Con el primer intento de zafar la mano derecha, la máquina clavó una primera aguja al borde del esternón. Mi padre gritó, yo leí: “no es curioso que el paciente se esfuerce por desentender las instrucciones”.
Le comenté que había casi 30 agujas sobre su cuerpo y que si intentaba desencadenar otro proceso verbal o moverse, la máquina –la inteligencia de la máquina- sabría dónde ubicarlas. Cada aguja tenía dentro, un pequeño tambor vacío capaz de cargarse con cualquier líquido del cuerpo: sangre, excrementos, orina, bilis, saliva, etc., luego -en tanto fuera conveniente- podría expulsarlo fuera de la camilla, sobre los canales que lo recuperaban para suministrarlo en caso de que el paciente tuviera una repentina deshidratacón.
Mi padre intentó decir algo. Ni Mariela ni yo entendimos. Pero no pudimos evitar que dos agujas bajaran directo a los globos oculares. Recuerdo que cuando las puntas comenzaron a perforar la membrana, mi padre aún así, seguía rotando nerviosamente los ojos, por lo que, además de absorber, cortaban. Imaginé revolver la clara de un huevo con un alfiler, la dificultad me hizo reír.  Por otro lado, era imposible cerrarlos, porque antes que las agujas, dos óvalos de acero habían trabado los párpados, para inmovilizarlos.
-No es posible que hablemos así con tu padre, Sergio –me decía Mariela-. Menos aún, si no deja que la máquina se detenga o haga un trabajo a la vez.
Le hice un gesto con la cara y alcé los hombros. Era verdad, nunca había sabido qué decir ante los actos de mi padre.
-Ya ha vaciado los ojos –dijo ella-. No sé cómo haré para tomar nota de sus gestos y de su mirada. Estamos perdiendo el tiempo.
Le pedí por favor que tuviera confianza en mí. Luego me aseguré de que las agujas hubieran extraído todo el líquido de sus ojos: acerqué muy suavemente mi dedo índice a las membranas ya comprimidas. Resbalaban y no supe si se debería a los aceites que contenía la sangre o por el ácido tranexámico con el que la máquina iba suturando las heridas.
-Me asombra la delicadeza con la que se mueven las púas –reflexioné ante Mariela-. Es un trabajo simililar al de la mano de una mujer muy cauta.
-Vamos a ver, sr. –dijo ella-. Recién estábamos hablando…
Pero antes de que Mariela concluyera la pregunta, mi padre tironeó con las piernas. Un ruido ahogado comenzó a sentirse de los rotatores ubicados debajo de la camilla. Dos especies de brazos comenzaron a desplegarse a derecha e izquierda, como si mi padre tuviera alas metálicas y de su espalda se elevaran tentáculos de acero. Cada uno de los brazos desplegó dos hojas afiladas. Las observé mientras leía en el manual lo que la máquina había interpretado. Las hojas se acercaron a la línea del intestino, debajo del esternón, al centro de las costillas. Se ubicaron paralelas y comenzaron a bajar. Entraron en el vientre y yo leí: “La resolución debe quebrar la tentación de inmiscuirse en cualquier circunstancia, incluso las de apremio”.
Mariela hizo el gesto de haber recordado esa parte del manual, así que descansé tranquilo al resguardo de su lógica: todo estaba bajo control, al menos hasta ahora.
Las palas de acero ya habían desaparecido entre los huesos de la cadera y ahora comenzaban a separarla.
Supuse que las agujas restantes vendrían en seguida. Algo haría esta maravillosa máquina para no derramar tanta sangre.
-¿Esto tiene algún significado para vos, Sergio?
Yo debí pensar un poco. No era tan fácil saber lo que mi padre quería decirnos en momentos como estos.





jueves, 11 de abril de 2013


MATAR A UN NIÑO


(Parte 3)


Ayer como a las 22hs llegué reventado del trabajo. Hacía 3 semanas que estábamos sin agua. En el ascensor habían pegado una hoja a4 escrita a mano que decía: Sres vecinos, la bomba ya ha sido colocada. Tendrán agua desde hoy a las 20.30hs. Saludos cordiales, la Administración. Imaginé el chorro tranparente cayendo de la canilla de mi cocina, me evoqué de rodillas, con la cara en el porcellanato disfrutando del franco resplandor que deja Poett. Timbre.
-Me cortaron el agua. ¿Vos tenés? –Era Soledad, la madre de la inmundicia. Traía a la basurita agarrada de la mano, parece que el insecto camina.
-No sé. La verdad que recién llego y todavía ni alcancé a fijarme.
-Fijate, por favor, a ver.
Abro la canilla. Siento que dentro de las paredes, un río cristalino drena como el corazón de un paciente que sale del paro cardíaco. Mi casa es un cuerpo cubierto de arterias cargadas de líquido, y me rodean. Yo soy su corazón, la válvula que cierra y abre, que quita y desagua. Por los techos, las paredes, los pisos: me circundan capilares finísimos de vida limpia y húmeda.
-Sí, tengo –le digo. Ella ya estaba sentada en el sillón de casa y la basurita jugaba con el libro de Jorge Dubatti que compré el martes.
-Ay, Sergio. Yo no aguanto más este edificio. Me quiero ir. Con Matías ya no sabemos qué hacer. Es imposible vivir así.
Soledad, querida, por mí andate a la re misma mierda y llevate con vos a ese frasco de veneno ambulante que pariste. Ayer gritó como una ambulancia toda la noche.
-Sí, las cosas están difíciles para todos.
-No. Para todos, no. ¿Vos sabés lo que es tener un nene y estar sin agua?, ¿y encima tan chiquito?
Soledad, visito baños desconocidos hace 3 semanas. El inodoro todavía explota de mierda. Tengo tazas en la pileta de la cocina que parecen del año pasado. Toda la comida en mi tacho de basura huele a viejo muerto.
-Sí, debe ser terrible. Pobrecito.
-No doy más. Mati ahora se fue a ver si consigue un plomero... porque todos tienen agua menos nosotros.
Piba, tu marido se fue porque le rompés las pelotas como ni su madre lo ha hecho, se fue porque antes de degollarte prefiere subir a un cerro y gritar: ¡qué alguien me asesine por favor! Tiene los testículos llenos de sangre y se va a quedar ciego si no descarga el odio.

-Pobre Mati. A esta hora… no sé si va a conseguir, encima con lo que llueve.Yo hace 8 días que voy a lo de mi hermano, Juanpi, para ducharme. Lo debés haber conocido porque vino un par de veces. Ando con el nene, el cochecito, bolsos de ropa para lavar. Ay, no, no, no.
Yo tengo la camisa pegada al cuerpo porque mi sudor parece brea. Hace 4 días que me paso toallitas para inmundicias como tu hijo. Agarrá a ese pendejo y sacale el libro de la boca porque le lleno la jeta de Raid. Me encantaría verle las patitas moviéndose, epilépticas, como las de las cucarachas: me fascina ver agonizar a los insectos cuando tiro veneno. Soy paciente, puedo mirar por horas como se retuercen.
-Ayer. Mirá lo que me pasó. Llegamos a casa. Nosotros no estuvimos con el temporal, porque viajamos a Francia. Mati tenía que ir por unos papeles del posgrado. Menos mal que le dejamos los autos a papá, porque se los hubiera llevado la corriente... Ayer, llego: no hay luz. Prendo las velas, suerte que tenía. Abro la canilla, no hay agua, ¿podés creer? Lorenzo lloraba porque tenía sed y el pañal sucio. Imaginate yo. Matías estaba en la oficina.
-Mirá Soledad. Si querés agua, llevate o no te lleves. Yo necesito ducharme. Después seguimos hablando. Mañana.
-Sí, sí. Te estoy entreteniendo. Perdoname, debés estar cansado.
Se pararon y comenzaron a caminar despacio hacia la puerta. Yo me encorvé un poco y tomé de los hombros al excrementito. Los apreté, fuerte; giró la cabeza, me miró, entrecerró los ojos, y sin dejar de mirarme, comenzó a llorisquear.
-Ves. Mirá cómo está, pobrecito. Él se da cuenta de todo.
Sí, no me cabe duda y cerré la puerta. 

martes, 9 de abril de 2013


MONTAÑA DE BASURA


Es la hora de la siesta y Julia no va a dormir, acaba de regresar del geriátrico donde su madre es atendida hace meses por Marita, la enfermera que antes se quedaba con ella día por medio.
Los dedos huesudos de Julia, los mismos que la abuela retorcía cuando decía una mentira, rozan la pared a la altura de su cadera, bordean la línea negra que constriñe como una faja cada pared de la casa. Huele el moho oscuro, es dulce, en cierto modo parece canela. Deja caer la mochila sobre el piso, alfombrado de barro. Se acerca a la biblioteca. Se masajea la nuca, está cansada, es por las 9 horas que debe cumplir en la cabina de la terminal de La Plata anunciando arribos y partidas. Se agacha, ese portarretratos caído tenía la foto de su padre. Estaban en la hamaca de la plaza San Martín. Ahora el papel transparente tiene una burbuja de aire dentro. Julia la presiona, y surge muy suave su cara de niña, como una mancha circular que ha dejado una moneda oxidada en un bolsillo, o las figuras inentendibles que forman los pétalos secos dentro de los libros. Es como una media luna, y a su vez como una sonrisa. Julia pasa la yema del dedo con suavidad, eso que es blanco, eso que se ha ido bajo su mano, es el espíritu que la cuida cuando siente que no hay más fuerzas.
Más arriba, en el tercer estante del mueble, sin su ropa y segura de sí, la Barbie aguarda sentada sobre el libro de Dickens, Tiempos difíciles. Aún recuerda cuando la desnudó para saber qué había abajo. Cuando su madre no la observaba, le desataba el pelo rubio y lo arrastraba despacio entre sus dedos pero luego llegaba del colegio, y para el medio día, todo estaba en un orden inexplicable.

Detrás de ella, la heladera ha caído, la cocina ha caído, la mesa, las tazas, el lavarropas, los discos de pasta que guardaba del abuelo: Addio, mia bella, addio/ l'armata se ne va/ se non partissi anch'io/ sarebbe una viltà.

Julia deja esos discos mojados sobre la misma tela de barro que los cubre. Va a abrir la ventana, para que desde algún rincón entre el aire. La tela amarillenta hace leves movimientos, pesados, pero parece que baila, tímida. La luz es una capa aterciopelada que se tiende sobre todo aquello, con finísimos pelos que hacen sombra en las superficies. El aire se condensa en infinitos puntos blancos que vuelan. Julia los ve brillar cada uno a su turno y dirigen su mirada hasta la pequeña mujercita sentada en el tercer estante de la biblioteca. Tiene el pelo suelto como a ella le gusta y se sostiene, desnuda, paciente, sobre la cima de las palabras.


viernes, 5 de abril de 2013



IMÁGENES SIN ROSTRO



       

         Nadie volverá a reconocer entre sus dedos las mejillas inmaduras y coloradas del niño, cuya madre estalló su cráneo contra el capot de un auto, porque los de ella eran los únicos dedos capaces de definir esa piel centímetro a centímetro como un mapa, como si ellas fueran un camino, como si allí se leyera con claridad algún destino.
         Nadie recordará que miles de fotos se borraron, que esos seres que habitaban inmutables nuestras mesas, nuestros placares, nuestros estantes, hoy han perdido su expresión y sus ojos se han vuelto esferas transparentes, y sus pieles se han hinchado como la de los vivos que todos los días los miraban y pasaban con suavidad su dedo índice para desearles un buen día, tal vez, sea donde sea que estén.
         Nadie los ha mirado a los ojos, porque no los tienen. Nadie puede verles la expresión porque éste es un sitio poblado de fantasmas, nadie sabe qué pensaban porque no tenemos imágenes que nos permitan descansar. 
        Estamos juntos en una intemporalidad sólo entendible en la palabra “todos”, en la palabra “nunca”, en la palabra “siempre”.
         ¿Será que dios existe, y podrá volvernos a su imagen y semejanza algún día de estos, cuando tenga tiempo?



jueves, 4 de abril de 2013

LO QUE SE LLEVÓ EL AGUA


         Aurora me había dejado una flor una vez que el malvón blanco dio lo suyo y yo trabajaba. Ella tenía las llaves de casa y me decía que se encargaba de todo pero a su tiempo, porque ya no era tan rápida como antes. Entonces yo le pagaba por 3 horas a la semana, al fin y al cabo mi departamento es muy pequeño, y ella estaba allí el tiempo que necesitaba.
         “Yo me recibí de piano, Sergio”, me dijo. “Pero hace muchos años que no toco, ya”. Estuve tentado de preguntarle qué la había separado del instrumento, pero intuí que era lo mismo que la había separado del marido. De a poquito se había ido haciendo confidente conmigo y me hablaba siempre en voz muy baja sobre su vida. Cuando yo regresaba de la oficina, me esperaba con un café. Se servía otro ella, y mientras yo le pagaba, Aurora conversaba conmigo al menos 15 minutos.
Se había ido de Saladillo, porque él la golpeaba mucho. A ella y a sus dos hijas. Había puesto un par de cositas en una valija y se había traído todo lo necesario para empezar de nuevo. Después se mucho ahorrar limpiando casas, como 20 años después, después de que Gabriela se recibiera de médica y después de que María Alejandra se recibiera de veterinaria, ella pudo volver a comprarse el piano.
Recuerdo que hace 1 año fui con la excusa de pasarle la receta de una tarta de coco y tomar mates. Lo que yo quería en realidad era escuchar su Claro de luna, que según me había contado, le salía muy bien. Intuí que esa lentitud minuciosa y precisa que tenía era perfecta para Beethoven. Sobre el piano se apoyaban dos "no me olvides", que a su vez descargaban sus desechos sobre sendos platitos blancos, ubicados arriba de carpetas de hilo que ella misma había tejido. La madera oscura y fuerte brillaba como recién barnizada. Estaba ubicado en el rincón principal a la derecha, en el comedor y lo rodeaban dos sillones sobre los que Aurora habrá imaginado a su pequeño público, no lo sé.
         Recuerdo que le dije que quería escuchar esa pieza suave y tierna que también a mí me encantaba, pero ella me dijo que ese piano no iba a abrirse, Y que nunca se había abierto desde que lo comprara, que le traía muchos recuerdos de jovencita. E inmediatamente me preguntó por el tipo de molde para hacer la tarta. No quise insistir, todos los espacios están dentro de uno mayor, y si jamás se cierra la primera puerta, todo se siente abierto.
         Me fui porque se había terminado el mate y yo tenía que ir a llevar a mi hermana a no sé dónde.
         Después fui perdiendo el contacto. Un día no pudo venir porque tenía que cuidar el perrito de una de sus hijas, otro día porque estaba muy dolorida de la cadera, otro porque se había caído en la calle, otro porque sus hijas ya no le permitían trabajar, luego me enteré del accidente y otro día fui a visitarla y no estaba.
Ayer la lluvia entró en todas nuestras casas. Casi un metro y medio de líquido barroso eliminó cada huella nuestra de lo que nos pertenecía. Y pensé en el piano bajo el agua, vi nuestros pasillos en el profundo silencio, las puertas abiertas, una corriente única y multitudinaria arrastrando todo y entendí que hay ciertas piezas de música que jamás podrán volver a oirse.