QUE NADIE SEPA
Por
aquellos tiempos, yo hablaba mucho solo. Le contaba a la vecina mientras me hamacaba,
que en el jardín un chico me seguía pegando porque yo era el preferido de la
maestra. Anita me quería más a mí porque mientras ella explicada cómo lavarse
las manos yo le tocaba el pelo y a ella le gustaba.
La vecina
se llamaba Marta y cuando hablaba gritaba y escupía gotitas en la cara. La
abuela decía que no había que tomar mate con ella, porque Marta andaba todo el
día de casa en casa y tomaba con mucha gente y que, en cambio ella tenía la
dentadura perfecta, sin caries y no como Marta que tenía los dientes separados
y amarillos.
Yo una vez
le pregunté a Marta si era cornuda y se enojó. Martín decía todo el día esa
palabra y en el jardín le habíamos preguntado a la seño Ani si era cornuda y a
ella le causó risa. Por eso, un día que Marta vino llorando a contarle algo a
la abuela yo le pregunté eso para que deje de llorar, pero se quedó mirando y
la abuela me dijo que me fuera a jugar al parque, que no tenía nada que hacer
entre los grandes y que el día estaba lindo para andar en la bicicleta.
Fui al
garage del abuelo, agarré la bicicleta y empecé a dar vueltas en la vereda
jugando a que pasaba por arriba de la manguera con la que él regaba, pero sin salirme de arriba. Cuando
me vio, me dijo que rajara ya mismo de ahí, y fui abuscar a Nadia que vivía
pegada a la casa de Elvio. Pero estaba en penitencia por mentir, dijo la mamá. Así
que dejé la bici de nuevo al lado de la bomba de agua que tiene el abuelo en el
garage y me subí al árbol a buscar higos para que la abuela haga más dulce,
pero casi no había y estaban chiquitos.
Ahí le
conté a la abuela que yo quería ser mamá, que quería tener una casa como la que
hacemos con Nadia en su pieza con la mesa y mis rastis. A Nadia no le gusta que
le ponga las muñecas sobre los ladrillos para hacer las paredes más altas
porque dice que son personas y no ladrillos, y van sentadas en las sillas para comer, pero si
no hacemos así, la casa queda chiquita y no sirve para nada, porque una casa tiene las paredes altas y punto.
Nadia, yo hoy quiero ser la mamá número 1 de las 4 porque siempre sos vos. Pero
si le digo así se enoja y me echa porque los juguetes son de ella.
Cuando le
dije al abuelo que para papá noel quiero 4 muñecas iguales a las de Nadia, el abuelo me
pegó una patada en el culo y me dijo que no quería volverme a escuchar. Y yo no
sé por qué no le puedo pedir lo que a mí me gusta a papá noel, si siempre me
dicen que él me cumple los deseos.
Las
patadas del abuelo no me duelen, pero yo lloro un poquito para que parezca que
sí, porque si no me va a pegar más fuerte. Y me voy a esconder atrás de una planta
para que se piensen que me fui para siempre de la casa, que nunca más me van a
volver a ver porque los odio. Me voy a ir a la casa que hacemos con Nadia. Tengo
que agarrar un calzoncillo, ponerlo en la bolsa del jardín y convencer a Nadia
para que me deje quedar escondido ahí para siempre.
Miro entre
las ramas desde el fondo del parque y me voy acercando despacito. Escondiéndome
entre las plantas, primero una, después otra, como los espías. El abuelo está en el garage con esa máquina que afila
fierros y hace chispas. Se pone unos anteojos para hacer eso y dice que no ve nada. Es mi oportunidad. Voy despacio porque Marta tiene arriba, bien arriba del
mueble de la pieza, una valija que debe tener muñecas de cuando ella jugaba.
Desato el alambre que separa la casa del abuelo de la de Marta, para pasar por el agujerito que hicimos con Nadia y que
tapamos con unas ramas, y voy por el galpón.
La casa de Marta tiene olor a pis y está oscura, eso es porque en una pieza está la Monona que es una vieja mala, dice Marta, y que un día de estos la va a matar. Yo no la quiero a la Monona porque la hace enojar a Marta y grita cosas que escuchan todos los vecinos. La abuela me dijo que no vaya a esa casa porque ahí están todos locos y que no coma los caramelos que me da Monona porque el otro día se tocó la cola y llenó la casa de caca para que Marta de enojara y le pegara.
La casa de Marta tiene olor a pis y está oscura, eso es porque en una pieza está la Monona que es una vieja mala, dice Marta, y que un día de estos la va a matar. Yo no la quiero a la Monona porque la hace enojar a Marta y grita cosas que escuchan todos los vecinos. La abuela me dijo que no vaya a esa casa porque ahí están todos locos y que no coma los caramelos que me da Monona porque el otro día se tocó la cola y llenó la casa de caca para que Marta de enojara y le pegara.
Por suerte
la pieza de Marta queda para el otro lado. Voy despacito. Me subo a la cama. Si
encuentro las muñecas de Marta, me voy a vivir con Nadia. Agarro la
valija, abro el cierre. “¿¡Que hacés acá Sergio, que tu abuela te está buscando
como loca?!”, me dice Marta y me llena de gotitas. “Vamos para allá. Te dije que no
tengo muñecas ahí”, seguro que tiene y no quiere prestármelas, Marta es mamá de
Silvina y Claudio, ella ya tiene hijos. Por eso la odio.


