jueves, 22 de agosto de 2013

LA MÁCULA







-¿Nunca le preguntaste si había tenido antojos por tu embarazo?

-La verdad que nunca me había visto eso.

Mi madre me confirmó varias cosas: que nunca supo el nombre de lo que la había sometido en San Pablo, y que extrañamente mi padre tenía la misma mancha de nacimiento color ocre, también a un costado de la ingle.

Si no era una noche calurosa, qué era; si no era una bebida refrescante a orillas del mar, a qué sabría; si no tenía una definición, cuál sería el tamaño de su antojo.

Comencé a rozar la mancha en mi cuerpo con las yemas de mis dedos una madrugada, y, sin saber si era cierto o un probable invento para intervenir mi piel, accedí a la confirmación de que esa porción era más blanda que otras partes y de la palabra mancha, surgió “mansa” de mí.

Por las noches bordeaba la mansa hasta dormirme pensando en la construcción de las zonas erógenas que describía Freud, el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre. La mano de la madre hurgando, como una vara sucia por las vísceras, el ave recién nacida; rama muerta de la madre depositando un brote de su antojo.

Si yo tenía en el cuerpo un "olvido" de mi madre, probablemente mi padre llevara en su cuerpo una evasión de la suya; esto permitía pensar que, si mi padre y yo llevábamos la misma marca, eso era la hegemonía del deseo de mi abuela por sobre el de mi madre. La mano de la mujer se superponía con otra mano y ahora lo que horadaba era inclemente y casi garra.

Con el tiempo fui descubriendo que cuando me tocaban la mancha, una tensión sobre los acontecimientos se deslizaba por el abdomen, no de un modo fotográfico y convencional, sino de un modo diacrónico e intermitente: sobre la piel, un gato rozaba su lengua áspera dentro de mí; sobre el pensamiento, yo era indescifrable ante cualquiera, al mismo tiempo impronunciable para mis predecesores.

Luego de un verano, la mancha se expandió, no de un modo preocupante, pero sentía que sus bordes, más claros e imperceptibles, se configuraban como un mapa nuevo. Era un circuito no repetido en la zona del resto mi piel. 
      Eso sin nombre ¿se habría agrandado también en mi sosía?, ¿sería lamido por una hembra desde adentro como un gato? 
     Uní mi cuerpo al de mi gemelo, nuestras ingles juntas, la mancha se abría como un rastro o un surco pequeño, la lengua de mi madre -lengua materna- a punto de pronunciar algo primordial allí, el antojo como una boca bien dentada, parasitaria; para que se oiga que el deseo puede no siempre convertirse en palabras. 

Sin embargo, cuál era el acto por el cual la omisión coincidía con la de las demás mujeres del clan, cuál era la génesis del orificio. Nunca se había hablado de los rastros de los hombres anteriores, pero de eso no podía inferirse que ellos no los tuvieran. Uní los cuerpos, el del hombre que me había engendrado, al mío; el del hombre que lo había engendrado, al suyo; los tres fuimos traspasados por el mismo torpe antojo, el mismo infinito. Eso sin nombre era como un anzuelo, nosotros vivíamos en el río revuelto, donde la forma del gancho era igual que la de un signo de pregunta.