jueves, 23 de mayo de 2013

LOS POZOS



Al tío Walter lo veíamos dos o tres domingos al año. Era primo de un primo de mi papá. La tía sufría mucho de los nervios y por eso no venía; no me gustaba ir a la casa porque a los melli les gritaba todo el día, si ponían la pelota en la cama, si tocaban la bocina del camión, si apuntaban con el revolver. La tía los corría con la chinela en la mano y cuando los agarraba les pegaba donde podía, eso a mí me daba miedo porque mi mamá decía, ¿viste lo que te va a pasar si te portás mal?
Me acuerdo que un día yo estaba juntando ramitas para el asado mientras que papá le ponía sal a los chorizos y a la carne, y cuando vi el camión fui corriendo para adentro a avisarle que había llegado el tío. Me tocó bocina cuando me vio parado en el terrenito de al lado y yo le hice hola con la mano.
El tío trabajaba conectando los cables de la luz. El camión tenía un gancho atrás y él se subía por ahí y ponía los cables en los palos.
A mí la bocina del camión me encantaba porque me hacía acordar a la noche en que la tía había retado a los melli y el tío, cuando ella se fue, nos prometió que un día que no esté ella, él nos iba a enseñar a andar en el camión.
Muchas veces le dije a papá que me enseñe en el auto. Porque debe ser más fácil, pero no quiso porque dice que no llego a los pedales y además ensuciamos todo, tampoco nos dejaba a Caro y a mí comer los helados arriba del auto, ni terminar los pochoclos. Yo quiero aprender antes porque así ya va a ser más fácil cuando tenga que ir con el tío.
Atrás del camión venía el auto del tío Marcos, la tía Alicia, Gasti y Yésica. Así que cuando el tío Walter se estaba bajando del camión, Gastón lo fue a abrazar. Y yo quise correr más rápido pero desde la puerta de mi casa era más lejos, y él llegó primero a darle un beso. Ya sabía que Gasti era el preferido porque él sí manejaba el auto del tío Marcos, hasta había chocado y contaban que había salido volando por el vidrio. Y yo ni una vez había chocado ni nada. Y siempre que el tío Marcos contaba eso, Gasti mostraba la frente y contaba que esa lastimadura era de los puntos que le habían dado en el hospital.
Cuando bajó, le pedimos que nos muestre cuánta fuerza tenía. El tío se agachó y puso duro el brazo y se le subieron los músculos regrandes que tenía. Gasti se colgó con las dos manos y el tío se paró para que se quedara colgando. Después se soltó y yo le dije que me hiciera lo mismo. Me trabé con el codo y me subió como si fuera una plumita.
Ahí no le dije que quería andar en el camión para que no se fuera y que mi papá no se enojara y me dijera rajá de acá hincha pelotas. Le dije dónde estaban todos. Saludé a Yési y a los tíos y los llevé adentro.
Papá se puso contento de ver al tío Walter porque ya hacía un montón que no venía a visitarnos. Después entraron todos y pusimos la carne en la parrilla. Gasti quería ir a la República de los niños así que empezó a pedir que lo llevaran. Yo le dije que no tenía ganas porque, sí tenía ganas, pero las dos cosas no me iban a dejar. Era mejor que el tío me enseñara a manejar que ir a la Repu, además siempre que íbamos, Yési se ponía a llorar porque nadie le compraban las muñecas que se le antojaban.
Le dije a mamá que quería llevar yo los chorizos a la parrilla, pero no me dejó porque la fuente estaba muy pesada. Así que fui al lado de ella para ver cómo se achicharraban en el fuego.
Cuando volví, Gasti ya me había agarrado a Mazinger Z y había disparado los puños y los había perdido en el parque. No le dije a mi papá porque si no, me iba a decir que me portara bien y no iba a poder manejar.
Después Caro y Yési se pusieron a hacer una casita con tres sillas y las cubrían con las camperas de todos y se metieron adentro, y Gasti, con uno de los palos que yo había juntado para hacer el fuego, les rompió el techo. Las chicas le pegaron y Gasti se puso a llorar y yo me di cuenta de que el tío Walter se había enojado, así que ya no iba a querer llevarme en el camión.
Me fui a la pieza solo y me encerré. Después golpearon la puerta y no quise abrir, porque seguro que Gasti venía a querer usarme la cama y los jueguitos. Pero era el tío Walter que como me vio llorar me vino a preguntar qué me pasaba. Le dije que yo no había roto la casa de las chicas y que el palo lo había agarrado Gastón, y que por su culpa ahora no íbamos a ir a manejar. Entonces el tío Walter me agarró la mano, me dijo que no llorara más y me llevó con mis papás que estaban en la parrilla. Les dijo: “Yo me voy con Agustín a manejar en el camión, así que ustedes sigan haciendo la comida que en un rato nos vemos. Chau”. Lo abracé fuerte y lo tironié del brazo para que se apurara y Gastón no nos viera salir.
Cerré el portón. Me subí y me senté al lado del tío. Sacó el camión marcha atrás y agarró derecho por una calle finita de tierra. Frenó y me dijo que me subiera arriba suyo. Fui y me dijo que los pedales los usaba él y que yo usaba la palanca y el volante, pero primero el volante. Yo le dije si era difícil doblar y él me dijo que no, porque tenía dirección hidráulica.
-¿Arrancamos? ¿Listo?
-Sí –le dije yo-. ¡Listo!
El camión empezó a moverse despacito y yo agarré bien fuerte el volante porque así era como manejaba el tío.
-¿Doblamos en la esquina?
-No, seguimos derecho.
-Pero acá está lleno de pozos.
Me encantaba ir por los pozos y ver cómo el camión pasaba todo, rompía piedras, y se metía fácil por cualquier lado. Y si quería podía matar un perrito que se cruzaba.
El tío puso sus manos arriba de mis brazos y desde ahí me ayudaba a manejar. Después abrió un poco las piernas, para que yo me sentara en ese pedacito del asiento.
-Ahora vamos por allá.
Era una calle de asfalto que yo conocía porque mamá nos llevaba por ahí a mi colegio.
-Vos solo con el volante –me dijo, y me puso la mano en la palanca de cambio.
El tío me agarró fuerte de la cintura y me tocó las costillas.
-Qué flaquito que estás, vos –me dijo-. Tenés que comer más.
No le quise decir que cada vez que comía vomitaba todo y que mi mamá me obligaba a tomar vitaminas, porque yo quería tener los músculos grandes como él. Ahí me agarró más fuerte y me apretó contra su cuerpo. Hacía calor, así que se sacó la remera y me tuvo fuerte por los tambaleos.
-¿Vamos por allá? -señaló una casa marrón que había en la esquina.
-Este es mi colegio –le dije-.
-¿Y tenés novia?
-Sí. Se llama Laura Gómez y es la más linda de segundo.
Con las manos me apretó las piernas para que me acomodara mejor y me pidió que me sentara bien atrás, agarrándome de la cintura. Yo me corrí bien y le dije si ya podía manejar la palanca. Me dijo que a esa velocidad íbamos perfecto, así que no iba a ser necesario.
Yo quería agarrar por otra calle con pozos, así que, sin decirle nada, doblé.
Las ruedas del camión eran muy grandes, podían ir por todos lados. Nosotros saltábamos en el asiento y el tío me agarraba fuerte de la cintura para que no me cayera.
-Doblá por acá, paisano –me dijo, y para ver de más cerca se puso al lado de mi oído y yo le pude sentir el olor a chicle de tutifruti. Después se acomodó mejor, me apretó las piernas fuerte para que yo estuviera quieto y salimos de la calle con pozos.
Era lindo también andar por las calles asfaltadas porque el camión se quedaba quietito y podíamos ir tranquilos.
Le pregunté por qué no habían venido los melli y me dijo que se habían quedado en la casa de la abuela. Le pregunté si ellos manejaban el camión también, y me dijo que no, porque eran muy distraídos, no como yo. Y entonces me di vuelta para abrazarlo y él agarró el volante. Me dijo que por nada tenía que soltar el volante y volví a mirar para la calle.
-Yo te abrazo a vos -me dijo y metió sus brazos por adentro de mi remera y me apretó fuerte con las manos abiertas y así se quedó, con las piernas haciendo fuerza en las mías, su boca casi pegada a mi oído. Me dio un beso chiquito en la cara. Y me dijo que ya estaba grande y que tenía que aprender a manejar camiones.
Cuando quise decirle por dónde seguir, me di cuenta de que estábamos en la cuadra de mi casa. No entendía cómo habíamos hecho, pero estábamos ahí.
Me hizo bajar. Yo lo esperé y me dijo que fuera yendo, que él se iba a quedar un ratito arriba, que todavía no podía bajar. Así que entré a los gritos diciéndole a mi papá que había manejado el camión del tío. Mamá me pidió que me lavara las manos porque ya estaban los chorizos. Y me preguntó por el tío Walter.
-Ya viene –le dije, seguro se estaba poniendo la remera para almorzar, a mamá no le gustaba que nos sentemos a comer sin ropa.





viernes, 17 de mayo de 2013




CONTROL REMOTO



No me pregunten porqué de adolescente asustaba tanto a mi hermana. Eran tiempos en los que nos pegábamos mucho. Vanesa tenía las uñas largas y se defendía clavándomelas en las venas de los nudillos. Sin embargo, nunca lo dije, pero me llamaba la atención que fuera tan asustadiza, que creyera tanto en mí. Sólo con mirarla raro, o hablarle de cierto modo ya comenzaba a lloriquear o a sentirse culpable.
Por esos años yo era un pendejo de mierda que leía todo el día y de chicas, nada. Cada tanto bajaba alguna foto porno de Internet y la ponía en una carpeta dentro de otra carpeta, dentro de otra carpeta. De la misma manera funcionaba la cabeza de mi madre, como una caja china implacable que me sometía a las más terribles normas de vigilancia.
Vanesa hacía los deberes en el comedor y yo en mi dormitorio. Como a las 8 iba descalzo hasta su pieza, abría la puerta muy despacio para que el pestillo no saltara y eso le advirtiera la intrusión. Lo que tenía que hacer, era, primero traer la puerta hacia mí, luego bajar el picaporte suavemente y entrar.
La pieza casi siempre estaba en penumbras. La casa estaba ubicada de tal modo que por la tarde el sol incendiaba la pared de la ventana de Vanesa y eso la obligaba a mantener cerrado para que el ambiente estuviera fresco. Agarraba el control remoto del televisor y me tiraba en el piso alfombrado de negro. De espalda, reptaba hasta quedar totalmente cubierto por los tirantes que sostenían su colchón. Luego bajaba el cubrecamas, cuyos flecos llegaban hasta la alfombra y allí encendía el aparato y la esperaba.
Para el verano, mamá nos había comprado unos cubrecamas Alcoyana que eran casi transparentes, así que nada me impedía mirar televisión tranquilo mientras estaba tirado. Bajaba el volumen hasta casi no oír y hacía un zapping rápido, hasta que encontraba algo que me interesara. Generalmente me detenía en Discovery Channel. Por esos años yo tenía una conciencia ecológica insoportable; increpaba a quienes tiraban colillas de cigarrillos en la calle, a quienes mantenían atadas a sus mascotas, a quienes dejaban las canillas abiertas o tiraban pilas a la basura. Y participaba de seminarios y escribía proyectos que mandaba por Internet. Recuerdo que el de las pilas recargables lo tratamos en la comisión de jóvenes de la Municipalidad y tardé semanas en darle forma. Se lo mandé al Gobernador de Buenos Aires, tal como habíamos quedado con la Comisión de reciclaje. No dormí tranquilo por 15 días, chequeaba el correo 3 o 4 veces cada media hora. Jamás obtuve respuesta, y con el tiempo dejé de pensar que yo era trascendente para el planeta.
Sentí los pasos de Vanesa que se acercaba por el pasillo. Apagué el televisor. La luz roja del aparato apareció justo en el momento en el que ella abrió la puerta. La sangre me llegó en un cosquilleo a la cabeza, el corazón me latía como si fuera a darme un paro. Escondí el control remoto entre mi espalda y el suelo. Y respiré profundo. La puerta se cerró. Vi las piernas de mi hermana ir hasta el pequeño escritorio. Dejó los papeles. Comenzó a ir de acá para allá. “Está buscando el control remoto, la puta madre”, pienso. Me lo saco de la espalda y lo pongo al borde la cama. Veo su mano que lo toma. Ahora tengo que esperar que apague la luz. Encuentre su programa preferido y se distraiga.
Tengo menos de media hora porque mi mamá va a entrar para avisarle que la comida ya está lista. Y después va a ir por mí, y no me va a ver y va a empezar a los gritos. Tal vez se duerma, ahora que lo pienso.
Pasa canal tras canal, se queda en Sony. Están dando The nanny. Ella es fanática de esa serie pero son capítulos repetidos, deja el control remoto en el piso. Veo que su mano baja exhausta y cae. El plástico hace un ruido sordo en los pequeños pelos de la alfombra: es el momento.
La cabecera de su cama tiene un espacio  de casi 60 centímetros. Eso la divide de las puertas del placard. Repto suavemente para salir por allí. Tengo que sacar todo el cuerpo, pero no puedo respirar fuerte, no debo dejar que mi piel raspe la alfombra porque ella conoce cada ruido de este lugar. Tengo 10 minutos para salir. Tranquilo, es suficiente. Me muevo como una anguila en un balde, lento. Marta las pelaba vivas, y hace chupin. Son ricas, me gusta chuparles los huesitos. Ya casi tengo la mitad del cuerpo fuera, es la parte más difícil, porque estoy mitad abajo y mitad expuesto y si gira la cabeza por algo, me va a ver, aunque sea de perfil, podría.
Voy sentándome. No tengo que arrodillarme rápido. Me hago una bolita y espero a que pase la agitación. Lo siguiente es ponerme en posición fetal. Me duele la piel porque fui arañandome; no entiendo cómo mi cuerpo de 1 metro 80 entra en 60 centímetros, pero lo logro. Me arrodillo, listo para saltar como los payasos en las cajas de sorpresa. Tengo que saltar y voy a gritarle fuerte para que llore y no se olvide más de esto. Tengo que encerrarle la cara con mi cuerpo como si la atrapara.
Salto y grito ¡Aaaaaaaaah! (Forra de mierda, mirá cómo me dejaste las manos en la última pelea, ¡te vas a cagar llorando!). Vanesa salta de la cama. Grita. Grita un grito que jamás había escuchado. Tiene los ojos abiertos y sé que no logra verme. En su cara es obvio que ve algo que no soy. Grita y es tanto lo que siente que no hace tiempo a llorar. Continúa gritando a pesar de que yo ya tengo los brazos abajo, el cuerpo quieto. Ahora llora. Llora espantosamente y sé que no puede salir de su pesadilla. “Vane soy yo, ya está, era un chiste”, le digo y trato de tocarle la cara pero no lo hago. Se cubre el rostro con las manos y llora tanto que me da miedo. Ya no logra verme. No entiendo entonces qué le ocurre, pero desde entonces ella me mira y noto que sus uñas están cortas. Sabe que no puede defenderse.


martes, 14 de mayo de 2013


VIVIR EN MARTE





“Se me cayó el mundo, sólo tengo malas noticias” escribe Ana desde Italia, hoy, a las 11hs de Argentina.
Yo en ese momento pensaba en qué significa “lo importante”, dónde radica su médula, qué confiere a cada circunstancia la esencia de particular para tener que vivir en Marte; cómo sería recordar para siempre la palabra Marte, la vida fuera de estas razones que conocemos, de estas dimensiones.
Las cifras publicadas en los diarios más cuestionadores del proyecto holandés destacan que ochenta mil personas han pensado en no regresar a este planeta, nunca más; dejar a sus madres, sus mascotas, dejar hijos, empleos, el smog, dejar a Bach, dejar la espuma del mar, la posibilidad de una cena inesperada.

Cuando Ana se fue a Bérgamo, ya hace 11 años, sin la ciudadanía, sin dinero, sin que la esperara un futuro, contaba sólo con que alguien al otro lado del océano la esperaba para confirmarle que era insustituible. Suelo relatar esta historia porque la admiro desde entonces, como se puede admirar a un héroe en el siglo XXI.
Su voz al teléfono y saltando como si fuera una niña en un pelotero, me dijo: “Sergio, me dijo te amo antes de subir al avión y me preguntó si quería irme con él”.
Ana le contestó que ella sentía lo mismo -mientras se confesaban en el aeropuerto-, que por nadie lloraría tanto como por extrañarlo. Y un año después, cuando además la crisis nos dejaba descalzos, y anémicos de cualquier esperanza, ella tomó un avión que nos despidió para siempre.
Nos vio morir un poco a todos: a mí, que temí que mis brazos ya no fueran a estirarse tantos kilómetros; a su madre, que recorrería un camino pequeño desde entonces en cada rincón de la casa; a sus sobrinitos, que crecieron sólo a la sombra transparente de la palabra “tía”. Este era un mundo injusto y por eso Ana partía, ésta era la superficie árida de la que debía olvidarse para que lo que crece, pudiera hacerlo incluso sin mayores dificultades.
En todos estos años, Ana me ha llamado cuando sueña que muero ahogado en la laguna de Venecia y salto en su pesadilla de una torre. Otro día manda mensajes a su madre temiendo que haya muerto Nerón, el perro viejo que la recibía al llegar. Llama porque tiene que decirle feliz cumpleaños a su sobrina que llegó a los 15. Se enoja cuando no le informamos que tal ha caído enfermo, o que tal ha conseguido salir de un mal trabajo. La vida tiene una palabra para cada instante, y cada instante es inmenso en esa palabra, entonces ese eco de tan distante, la vuelve indecible.
Hoy la palabra es martes. Ana siente esa muerte cerebral como una nada que viaja de su amor al mismo infinito. “Estoy sola” me escribe en su mail, y posiblemente llora con el cigarrillo convulsionando en la mano. “Y tengo nada aquí”.
Pienso en este día, en la palabra por la que viajo hasta sus ojos como si fueran otro planeta, como si fuera ella otra mujer, otra sombra huyendo de todo lo que conoce, otra vez en un mundo donde tampoco es seguro que la espere el amor.

jueves, 9 de mayo de 2013

DESEO




Yo quiero ser una mujer así. Fue lo primero que pensé al verla.
Andaba por las cañerías de la ciudad, como suelo hacer en las tardes cuando me da hambre y destripar a mi madre no alcanza.
Decía que me movía por la pena, con dolor, con ganas de que al fin, las uñas que rascan mi cráneo cuando no comprendo, penetren y saquen lo que obtura.
Casi me animo a decir que la pena es lo único que mueve a los caminantes, qué más, qué si no: el arco da forma a nuestra espalda, un hilo transparente ata nuestros pies a 10, 20 centímetros del piso.
En mi caso, del pecho se sujeta un hilo de alambre. El gancho tiene la forma de una mano. Alguien, mientras dormía -vaya a saber dios cuándo-, me ha sujetado a él; y eso que traba mi esternón, esa tarde, tiraba hasta las alcantarillas, las multitudinarias tuberías, donde se erige una subciudad de excremento.
Entonces, la vi. Me pregunté por qué no nos unía el mismo cordón que perfora, porque yo no tengo la posibilidad hoy de embellecer y gritar, y ser inmundo, una mujer cualquiera, al fin ser cualquiera.
Escribo con mis dedos en la humedad de la pared sobre la que nos asentamos varios: la muerte puede ser así, una mujer desatada, al fin libre de culpa.

miércoles, 8 de mayo de 2013


Plumas


Celda de una cárcel. En la pared frente a él, está escrita con piedra la palabra “plumas”.


André –(Parado sobre las puntas de los piés, las manos alzadas hacia el cielo y con la cara hacia arriba. Luz desde el piso hacia su rostro. Habla con el español afrancesado) Eran las 7, Marguerite… y París había dejado de arder. (Señala una nube) Son pájaros, en vez de bombas, insististe, en que no habíamos volado y debíamos irnos… y yo te sostuve porque ya era imposible seguir huyendo. Y te toqué… la cara… Berlín era una turba de piedra. (Toma la piedra y escribe “Berlín”.) Nos tomamos de la cintura y vimos esos patos, regresando desde Saint Martin, Daumesnil. (Vuelve a mirar el cielo con los brazos en alto). Abrimos los brazos, porque, de sus alas, caían, gotas, piojos y nosotros hacía varios días, que no bebíamos, dentro de la zanja en la que nos ocultábamos. Nos aprovechamos de esa agua, como si fuera lluvia, Marguerite. Abrimos la boca, solos, en medio de la calle, como si fuéramos ciegos (Escribe la palabra “agua”.) Y a nuestro alrededor, plumas, ¡tantas plumas!, por esas aves que al fin regresaban. Te vi, ir hacia una de ellas. Tus manos, atrapaban, todo lo que, había, en el aire. El agua continuaba cayendo, como en un sueño. Te vi…  en el piso, entre escombros y excrementos, estiraste la mano para alcanzarme… una. (Escribe la palabra “aire” y toma la pluma que está en la mesa.) Y ahora… ya todo, es nuestro, y yo te veo, Marguerite, en esta luna, ¡esta luna miserable!. Y hoy… hoy… Ya no logro darle nombre a nada de lo que nos une. (La luz se va de su cara y se apaga).

viernes, 3 de mayo de 2013

Mountain of garbage


 It´s nap time and Julia is not going to sleep, she just arrived from the geriatric where her mother is being taken care of by Marita for the past months, she was the nurse who used to stayed with her on alternate days.
Julia’s bony fingers, the same ones grandmother used to twist when she lied, graze the wall at the height of her hip, they go along the edge of the black line that constrains every wall of the house as a strap. It smells like dark mould, it’s sweet, in a certain way like cinnamon. She drops the backpack over the floor, carpeted in mud. She gets closer to the bookcases. She massages her neck, she’s tired, it´s because the 9 hours she must spend on La Plata’s bus station announcing arrivals and departures. She bends down, that fallen photo frame had her father’s picture. They were on San Martín’s square swings. Now the transparent layer over the paper has an air bubble inside. Julia presses it, and very slowly her child’s face appears, like a circular stain left by a rusted coin in a pocket, or the unintelligible shapes that dry petals leave inside books. It’s like a half-moon, and also like a smile. Julia softly runs her fingertip along, what’s white, what’s gone below her hand, it’s the spirit that takes care of her when there is no more strength.
Up on the bookcase, on the third shelve, without her clothes and sure of herself, a Barbie doll awaits sitting by a Dickens’ book, Hard Times – For these Times. She still remembers when she stripped it to see what was beneath the clothes. When her mother was not watching, she untied its blonde hair and slowly crawled her fingers through it but when she arrived from school, and by noon, everything was in an inexplicable order.
Behind her, the fridge has fallen, the stove has fallen, the table, the cups, the washing machine, the 78’s records grandfather used to keep: Addio, mia bella, addio/ l'armata se ne va/ se non partissi anch'io/ sarebbe una viltà.
Julia leaves those wet records over the same mud cover that´s covering them. She is going to open a window so air can get in from some corner. The yellowy fabric make slow heavy moves, but seems like dancing, shy. The light is a velvety layer that stretches over everything in there, with very thin hairs casting shadows over the surfaces. The air thickens in flying infinite white dots. Julia stares at them shinning each one at its own turn and draw their gaze to the little woman sitting on the third shelve of the bookcase. It has the hair untied as Julia likes it and it stands, naked, patient, over the peak of the words.