Al tío Walter lo veíamos dos o tres domingos al
año. Era primo de un primo de mi papá. La tía sufría mucho de los nervios y por
eso no venía; no me gustaba ir a la casa porque a los melli les gritaba todo el
día, si ponían la pelota en la cama, si tocaban la bocina del camión, si
apuntaban con el revolver. La tía los corría con la chinela en la mano y cuando
los agarraba les pegaba donde podía, eso a mí me daba miedo porque mi mamá
decía, ¿viste lo que te va a pasar si te portás mal?
Me acuerdo que un día yo estaba juntando ramitas
para el asado mientras que papá le ponía sal a los chorizos y a la carne, y
cuando vi el camión fui corriendo para adentro a avisarle que había llegado el
tío. Me tocó bocina cuando me vio parado en el terrenito de al lado y yo le
hice hola con la mano.
El tío trabajaba conectando los cables de la luz.
El camión tenía un gancho atrás y él se subía por ahí y ponía los cables en los
palos.
A mí la bocina del camión me encantaba porque me
hacía acordar a la noche en que la tía había retado a los melli y el tío,
cuando ella se fue, nos prometió que un día que no esté ella, él nos iba a
enseñar a andar en el camión.
Muchas veces le dije a papá que me enseñe en el
auto. Porque debe ser más fácil, pero no quiso porque dice que no llego a los
pedales y además ensuciamos todo, tampoco nos dejaba a Caro y a mí comer los
helados arriba del auto, ni terminar los pochoclos. Yo quiero aprender antes
porque así ya va a ser más fácil cuando tenga que ir con el tío.
Atrás del camión venía el auto del tío Marcos, la
tía Alicia, Gasti y Yésica. Así que cuando el tío Walter se estaba bajando del
camión, Gastón lo fue a abrazar. Y yo quise correr más rápido pero desde la
puerta de mi casa era más lejos, y él llegó primero a darle un beso. Ya sabía
que Gasti era el preferido porque él sí manejaba el auto del tío Marcos, hasta
había chocado y contaban que había salido volando por el vidrio. Y yo ni una
vez había chocado ni nada. Y siempre que el tío Marcos contaba eso, Gasti
mostraba la frente y contaba que esa lastimadura era de los puntos que le
habían dado en el hospital.
Cuando bajó, le pedimos que nos muestre cuánta
fuerza tenía. El tío se agachó y puso duro el brazo y se le subieron los
músculos regrandes que tenía. Gasti se colgó con las dos manos y el tío se paró
para que se quedara colgando. Después se soltó y yo le dije que me hiciera lo
mismo. Me trabé con el codo y me subió como si fuera una plumita.
Ahí no le dije que quería andar en el camión para
que no se fuera y que mi papá no se enojara y me dijera rajá de acá hincha
pelotas. Le dije dónde estaban todos. Saludé a Yési y a los tíos y los llevé
adentro.
Papá se puso contento de ver al tío Walter porque
ya hacía un montón que no venía a visitarnos. Después entraron todos y pusimos
la carne en la parrilla. Gasti quería ir a la
República de los niños así que empezó a
pedir que lo llevaran. Yo le dije que no tenía ganas porque, sí tenía ganas,
pero las dos cosas no me iban a dejar. Era mejor que el tío me enseñara a
manejar que ir a la
Repu, además siempre que íbamos, Yési se
ponía a llorar porque nadie le compraban las muñecas que se le antojaban.
Le dije a mamá que quería llevar yo los chorizos
a la parrilla, pero no me dejó porque la fuente estaba muy pesada. Así que fui
al lado de ella para ver cómo se achicharraban en el fuego.
Cuando volví, Gasti ya me había agarrado a
Mazinger Z y había disparado los puños y los había perdido en el parque. No le
dije a mi papá porque si no, me iba a decir que me portara bien y no iba a
poder manejar.
Después Caro y Yési se pusieron a hacer una
casita con tres sillas y las cubrían con las camperas de todos y se metieron
adentro, y Gasti, con uno de los palos que yo había juntado para hacer el
fuego, les rompió el techo. Las chicas le pegaron y Gasti se puso a llorar y yo
me di cuenta de que el tío Walter se había enojado, así que ya no iba a querer
llevarme en el camión.
Me fui a la pieza solo y me encerré. Después
golpearon la puerta y no quise abrir, porque seguro que Gasti venía a querer
usarme la cama y los jueguitos. Pero era el tío Walter que como me vio llorar
me vino a preguntar qué me pasaba. Le dije que yo no había roto la casa de las
chicas y que el palo lo había agarrado Gastón, y que por su culpa ahora no
íbamos a ir a manejar. Entonces el tío Walter me agarró la mano, me dijo que no
llorara más y me llevó con mis papás que estaban en la parrilla. Les dijo: “Yo
me voy con Agustín a manejar en el camión, así que ustedes sigan haciendo la
comida que en un rato nos vemos. Chau”. Lo abracé fuerte y lo tironié del brazo
para que se apurara y Gastón no nos viera salir.
Cerré el portón. Me subí y me senté al lado del
tío. Sacó el camión marcha atrás y agarró derecho por una calle finita de
tierra. Frenó y me dijo que me subiera arriba suyo. Fui y me dijo que los pedales
los usaba él y que yo usaba la palanca y el volante, pero primero el volante.
Yo le dije si era difícil doblar y él me dijo que no, porque tenía dirección
hidráulica.
-¿Arrancamos? ¿Listo?
-Sí –le dije yo-. ¡Listo!
El camión empezó a moverse despacito y yo agarré
bien fuerte el volante porque así era como manejaba el tío.
-¿Doblamos en la esquina?
-No, seguimos derecho.
-Pero acá está lleno de pozos.
Me encantaba ir por los pozos y ver cómo el
camión pasaba todo, rompía piedras, y se metía fácil por cualquier lado. Y si
quería podía matar un perrito que se cruzaba.
El tío puso sus manos arriba de mis brazos y
desde ahí me ayudaba a manejar. Después abrió un poco las piernas, para que yo
me sentara en ese pedacito del asiento.
-Ahora vamos por allá.
Era una calle de asfalto que yo conocía porque
mamá nos llevaba por ahí a mi colegio.
-Vos solo con el volante –me dijo, y me puso la
mano en la palanca de cambio.
El tío me agarró fuerte de la cintura y me tocó
las costillas.
-Qué flaquito que estás, vos –me dijo-. Tenés que
comer más.
No le quise decir que cada vez que comía vomitaba
todo y que mi mamá me obligaba a tomar vitaminas, porque yo quería tener los
músculos grandes como él. Ahí me agarró más fuerte y me apretó contra su
cuerpo. Hacía calor, así que se sacó la remera y me tuvo fuerte por los tambaleos.
-¿Vamos por allá? -señaló una casa marrón que
había en la esquina.
-Este es mi colegio –le dije-.
-¿Y tenés novia?
-Sí. Se llama Laura Gómez y es la más linda de
segundo.
Con las manos me apretó las piernas para que me
acomodara mejor y me pidió que me sentara bien atrás, agarrándome de la
cintura. Yo me corrí bien y le dije si ya podía manejar la palanca. Me dijo que
a esa velocidad íbamos perfecto, así que no iba a ser necesario.
Yo quería agarrar por otra calle con pozos, así
que, sin decirle nada, doblé.
Las ruedas del camión eran muy grandes, podían ir
por todos lados. Nosotros saltábamos en el asiento y el tío me agarraba fuerte
de la cintura para que no me cayera.
-Doblá por acá, paisano –me dijo, y para ver de
más cerca se puso al lado de mi oído y yo le pude sentir el olor a chicle de
tutifruti. Después se acomodó mejor, me apretó las piernas fuerte para que yo
estuviera quieto y salimos de la calle con pozos.
Era lindo también andar por las calles asfaltadas
porque el camión se quedaba quietito y podíamos ir tranquilos.
Le pregunté por qué no habían venido los melli y
me dijo que se habían quedado en la casa de la abuela. Le pregunté si ellos
manejaban el camión también, y me dijo que no, porque eran muy distraídos, no
como yo. Y entonces me di vuelta para abrazarlo y él agarró el volante. Me dijo
que por nada tenía que soltar el volante y volví a mirar para la calle.
-Yo te abrazo a vos -me dijo y metió sus brazos
por adentro de mi remera y me apretó fuerte con las manos abiertas y así se
quedó, con las piernas haciendo fuerza en las mías, su boca casi pegada a mi
oído. Me dio un beso chiquito en la cara. Y me dijo que ya estaba grande y que
tenía que aprender a manejar camiones.
Cuando quise decirle por dónde seguir, me di
cuenta de que estábamos en la cuadra de mi casa. No entendía cómo habíamos
hecho, pero estábamos ahí.
Me hizo bajar. Yo lo esperé y me dijo que fuera
yendo, que él se iba a quedar un ratito arriba, que todavía no podía bajar. Así
que entré a los gritos diciéndole a mi papá que había manejado el camión del
tío. Mamá me pidió que me lavara las manos porque ya estaban los chorizos. Y me
preguntó por el tío Walter.
-Ya viene –le dije, seguro se estaba poniendo la
remera para almorzar, a mamá no le gustaba que nos sentemos a comer sin ropa.