DESEO
Yo quiero
ser una mujer así. Fue lo primero que pensé al verla.
Andaba por
las cañerías de la ciudad, como suelo hacer en las tardes cuando me da hambre y
destripar a mi madre no alcanza.
Decía que me
movía por la pena, con dolor, con ganas de que al fin, las uñas que rascan mi
cráneo cuando no comprendo, penetren y saquen lo que obtura.
Casi me
animo a decir que la pena es lo único que mueve a los caminantes, qué más, qué
si no: el arco da forma a nuestra espalda, un hilo transparente ata nuestros
pies a 10, 20 centímetros
del piso.
En mi
caso, del pecho se sujeta un hilo de alambre. El gancho tiene la forma de una mano. Alguien,
mientras dormía -vaya a saber dios cuándo-, me ha sujetado a él; y eso que
traba mi esternón, esa tarde, tiraba hasta las alcantarillas, las multitudinarias
tuberías, donde se erige una subciudad de excremento.
Entonces,
la vi. Me pregunté por qué no nos unía el mismo cordón que perfora, porque yo
no tengo la posibilidad hoy de embellecer y gritar, y ser inmundo, una mujer
cualquiera, al fin ser cualquiera.
Escribo
con mis dedos en la humedad de la pared sobre la que nos asentamos varios: la
muerte puede ser así, una mujer desatada, al fin libre de culpa.

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