jueves, 9 de mayo de 2013

DESEO




Yo quiero ser una mujer así. Fue lo primero que pensé al verla.
Andaba por las cañerías de la ciudad, como suelo hacer en las tardes cuando me da hambre y destripar a mi madre no alcanza.
Decía que me movía por la pena, con dolor, con ganas de que al fin, las uñas que rascan mi cráneo cuando no comprendo, penetren y saquen lo que obtura.
Casi me animo a decir que la pena es lo único que mueve a los caminantes, qué más, qué si no: el arco da forma a nuestra espalda, un hilo transparente ata nuestros pies a 10, 20 centímetros del piso.
En mi caso, del pecho se sujeta un hilo de alambre. El gancho tiene la forma de una mano. Alguien, mientras dormía -vaya a saber dios cuándo-, me ha sujetado a él; y eso que traba mi esternón, esa tarde, tiraba hasta las alcantarillas, las multitudinarias tuberías, donde se erige una subciudad de excremento.
Entonces, la vi. Me pregunté por qué no nos unía el mismo cordón que perfora, porque yo no tengo la posibilidad hoy de embellecer y gritar, y ser inmundo, una mujer cualquiera, al fin ser cualquiera.
Escribo con mis dedos en la humedad de la pared sobre la que nos asentamos varios: la muerte puede ser así, una mujer desatada, al fin libre de culpa.

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