LOS OJOS EN LA BOCA DE LA BESTIA
"Antes de ser descubierto, el salvaje fue previamente inventado."
G. Cocchiara
No podemos cerrar los ojos y yo te abrazo y no te abrazo para que duermas.
Después giro hasta el acantilado. Cuántas fatalidades se desmantelan en el hueco que va de mi cabeza a las rodillas. No te despiertan esos gritos que se suicidan; aún así sé que tampoco podrás armar la imagen para el sueño. Te imagino recorriendo las grutas que tallaron los esclavos, caminás semidormido por la larga marcha de sus rieles, las bestias no rugen: sueñan, incluso hambrientas. Te entregaría por ofrenda, todo lo haría para evitarte este consentimiento.
Estos libros, pienso, como efigies de titanio erguidas al ras de la cama. Más allá, el septimontium de la fundación, pequeño como un cántaro de agua, y yo sin beber de allí una gota. Sigamos dentro del recinto, digamos que llegará la primavera -nuevamente-, "todo bien", "no sé", "todo tranquilo".
Flores marchitas en el jardín de Irina Brichmann, de la colina que no pude visitar; la palabra "marchita" da vueltas como un faro en la garganta, una luz que no permite que el ciego se tumbe en su miseria; si alguien fuera capaz de descansar con una palabra atravesada, eso sería una fotografía de la vida.
Quién sabe si la idea de "faro" está en vos, es imposible la tregua, a la espera de que deje de aletear la pluma en la boca, para qué, hasta cuándo, por no poder entrar a la pesadilla.
Convulsionamos a la hora de los estallidos, los hombres son desintegrados en medio de la ciudad, corren sobre veredas tumultuosas, y más hombres llevan, aferradas, las estrategias: no decir lo que pienso, o no saber qué pensar. El país se levanta del mapa como una constelación. La zona de fuego tiene un nombre, eso es estrella, es galaxia, es verdad en alguna sitio del mundo para este instante.
No fuerces el cuerpo, no entres al aire con la respiración, te visitan en la hora oscura, todos mis amores perdidos, y nadie es capaz de descansar en el engaño.