lunes, 29 de julio de 2013




LOS OJOS EN LA BOCA DE LA BESTIA     



"Antes de ser descubierto, el salvaje fue previamente inventado."
G. Cocchiara




      Es imposible dormir. No es el calor, lo aseguro. No es la noche calma y sin viento, ni la comida preparada con amor y picante. 
      No podemos cerrar los ojos y yo te abrazo y no te abrazo para que duermas. 
      Después giro hasta el acantilado. Cuántas fatalidades se desmantelan en el hueco que va de mi cabeza a las rodillas. No te despiertan esos gritos que se suicidan; aún así sé que tampoco podrás armar la imagen para el sueño. Te imagino recorriendo las grutas que tallaron los esclavos, caminás semidormido por la larga marcha de sus rieles, las bestias no rugen: sueñan, incluso hambrientas. Te entregaría por ofrenda, todo lo haría para evitarte este consentimiento.
      Estos libros, pienso, como efigies de titanio erguidas al ras de la cama. Más allá, el septimontium de la fundación, pequeño como un cántaro de agua, y yo sin beber de allí una gota. Sigamos dentro del recinto, digamos que llegará la primavera -nuevamente-, "todo bien", "no sé", "todo tranquilo".
      Flores marchitas en el jardín de Irina Brichmann, de la colina que no pude visitar; la palabra "marchita" da vueltas como un faro en la garganta, una luz que no permite que el ciego se tumbe en su miseria; si alguien fuera capaz de descansar con una palabra atravesada, eso sería una fotografía de la vida.
       Quién sabe si la idea de "faro" está en vos, es imposible la tregua, a la espera de que deje de aletear la pluma en la boca, para qué, hasta cuándo, por no poder entrar a la pesadilla. 
       Convulsionamos a la hora de los estallidos, los hombres  son desintegrados en medio de la ciudad, corren sobre veredas tumultuosas, y más hombres llevan, aferradas, las estrategias: no decir lo que pienso, o no saber qué pensar. El país se levanta del mapa como una constelación. La zona de fuego tiene un nombre, eso es estrella, es galaxia, es verdad en alguna sitio del mundo para este instante.
       No fuerces el cuerpo, no entres al aire con la respiración, te visitan en la hora oscura, todos mis amores perdidos, y nadie es capaz de descansar en el engaño.



viernes, 26 de julio de 2013



OFICIO DE POETA



Hace dos días entendí que mi madre nos había mantenido separados de la Tierra.
Recuerdo que antes de cerrar la puerta e irme para siempre de mi casa, le recriminé que no me hubiera dejado usar la pileta del baño para lavarme las manos. “La dejás hecha un asco”, me decía. También le recordé las veces que, harto del trabajo, no había podido dormir la siesta porque ella decía que las sábanas se rozaban con el cuerpo transpirado. Y le dije que siempre me había dado vergüenza traer a amigos a casa y que los hiciera andar sobre patines, para que el piso se mantuviera lustrado y sin marcas.
     Luego del episodio estuve casi 8 años sin ver a mi madre. Esa es la conclusión aparente. Pero hay otra más verdadera y exacta: yo soy poeta porque ella se interpuso entre los objetos y yo, me desplazó de ellos los centímetros necesarios como para que no me rozaran. 
Planeo sobre ellos, los acaricio como si fueran a quemarme, los evoco en mis sueños, y sólo de vez en cuando, me animo a abrir alguna ventana para que entre el sol, y se pose en mi casa algo que no controlo. Una mosca, por ejemplo, llegará volando o se desvanecerá con el insecticida sin que yo comprenda finalmente cómo ha podido sobrevolar el mundo.











ES PARA MI PADRE



Últimamente sueño que mato familiares y gente que no conozco. Les he disparado, les he revuelto un cuchillo en la garganta, les he clavado una lapicera bic azul en el brazo, o abro una puerta y ahí está el futuro asesinado, esperando para matarme y antes de que pueda, yo disparo y le deshago la cabeza de un tiro.
Cuando llegue el momento voy a describir la situación en mi sueño, pero lo primero es lo primero, y lo primero esta vez es que ayer fui a comprarme una camisa al shopping, y a unos cuantos pasos, al lado de las prendas de estación, estaba el negocio de armas.
-¿Mirá lo que venden acá? -me dijo G. señalando el costado de la vidriera.
Me acerqué porque estaba sin los anteojos y vi como 20 revólveres muy bien acomodados uno debajo del otro, al lado de cosas de cuero, encendedores, habanos…
-Ni se te ocurra –me dijo.
-Estos son revólveres de verdad…
-Sergio, esto no es joda, ¿para qué carajo querés un arma?
-¿Y con esto qué se mata?
-Son de caza, porque son aires comprimidos.
-Pero este igual mata gente, ¿o no?
No me contestó y siguió caminando. Yo pude imaginarme con uno de esos en la mano, los brazos estirados, cerrando un ojo para hacer foco, de lejos una figura difusa y el dedo latiendo por las pulsaciones del corazón, asustado. Entré.
-Buenos días –dije esperando que no me pidieran licencias o alguna documentación.
-Buen día. ¿Lo puedo ayudar en algo?
-Quería preguntar por esas pistolitas que están allá en la vidriera.
-¿Cuál le interesa?
-No sé, ando con ganas de comprar alguna, pero no sé cuál. La verdad es que no tengo idea de estas cosas.
-Para qué la quiere.
-Para caza... es para mi padre.
-La que está en el medio es una pistola liviana, de gran capacidad de carga. Un Crosman c31.
-Aha, ¿precio?
-599 de contado. La de abajo es una Colt 1911 de 1700 pesos y la que le sigue es una Sig Sauer 2026, esa es semiautomática, completamente de acero, calibre 4,5 mm, y la distancia es bastante discreta, digamos 64 metros.
-¿Y el precio de esa?
-900
No tenía pensado comprar nada. La verdad es que la camisa era necesaria y hacía unos minutos había hecho el trámite del DNI nuevo y la actualización del pasaporte. Con lo que la suma de los primeros 20 minutos en el shopping ascendía ya a 535 pesos. Y de la camisa todavía no había noticias.
-Bueno, la llevo.
-¿Cuál?
-La última. Es la más liviana de todas las que me dijo, ¿no?
-Exactamente. ¿La paga en efectivo? Se lleva un cargador de regalo.
-No, con tarjeta Visa. En 2 cuotas.
Cuando la tuve en la mano sentí que no era el mismo. De alguna manera, me temía. Pensé en las historias con mi pasado, con la gente que se me mete adelante en la cola del supermercado, en el papa frita de Bergoglio, en lo que es verdad y en lo que me parecía una broma. Y todo era un posible chiste que podría hacerle a G. cuando llegara hasta donde estaba esperándome. Pero el asunto podía asustar en serio, así que me limité a lo obvio.
-¿Mirá lo que tengo? -Le dije a G., que esperaba en un cafecito dentro del patio de comidas.
-Sacá eso, Sergio. Metelo en el bolso que lo van a ver y nos van a meter presos, la reputa madre que te parió, lo único que me faltaba. ¿Para qué mierda la querés?





jueves, 11 de julio de 2013



MAMUSHKA



Vivo pegado a un tiburón, dentro del útero y esta intromisión trae a mí dos imágenes que atesoro: una es la de mi madre dentro de otra, como si las secuencias no pudieran evitar añadirse.
Eso me ha hecho pensar que el mundo funciona con una lógica carcelaria: si guardo algo dentro de la heladera, eso ya era leche, bacterias dentro de la olla, manteca dentro del papel, dentro de la mantequera, dentro de baúl de los lácteos, dentro del primer estante; luego, un tiburón como mi madre, abre la heladera y come, e incluso así alimenta a la madre que la engendra. Luego, yo abro los cajones y hay estuches, dentro hay lapiceras y más adentro cartuchos, tinta, partículas -negras, rojas o azules- e ínfimos organismos recubiertos de organismos. Y entonces escribo, esos seres ruedan por la extremidad del bolígrafo que los descarga sobre el papel y cada letra es una roca inmensa que los desmembra, un cementerio policromático que se alínea con el trazo. Imagino el papel como una zona blanca y pura hecha de médanos como los del desierto, por los que rueda, sube y baja, la tinta, valles de líquido estancado sobre los que flotan los cadáveres de las víctimas. En ese trazo yo me siento a esperar a que pase por mí la palabra. Aguardo ante los cadáveres que flotan como hombres que descansan sobre la línea del agua, un tour de algunas horas en un río de tinta. Los observo a la luz del papel, el brillo blanco es el estímulo suficiente para la imagen. 
Mi madre dice claramente que yo era un tiburón, y eso es lo que soy o al menos orbito en una realidad menos crítica. Entonces, tal vez cumpla mi función y, en lugar de aguardar pasivamente la oleada en medio de un médano, deba zambullirme y deglutir cada pequeño punto de la carroña. Lo importante es la incorporación de un cuerpo a otro. Son modelos de la naturaleza, me convenzo. 
Entonces es cuando llega la segunda imagen: se han encontrado úteros de tiburón –seguramente en pescas científicas o clandestinas-, dentro de los cuales estaban creciendo tres o cuatro crías. Los pescadores han hecho su esfuerzo para extraer a la madre, con sus redes. La han tajeado por el vientre para quitar las vísceras y allí han encontrado los pequeños que engendraba. Los han llevado a la cocina para que el chef los reboce –adviértase que éstos son cubiertos por harina-, luego los prepare, y, al abrirlos para extraer sus entrañas, han encontrado que ya estos contenían en sus vientres, pequeños tiburones, antes de nacer. Es sabido que nacen con dos hileras de dientes que les permiten cazar y alimentarse dentro del útero.
Los verdaderos tiburones sabemos que las paredes están hechas de sangre. Abro la boca y muerdo al que se me había adelantado. No era hambre verdadero, sino la oportunidad de que mi madre se sienta orgullosa: soy el único devorador que ha quedado en su vientre. El otro, ahora, se mueve en mí, tiene por qué vivir, incluso podrá alimentarse de los otros que han nacido dentro de mi universo visceral; dentro de todo se crean especies de mundos, engendros que prohíben y permiten al arbitrio de sus propias reglas.
Voy a dormir, todos tenemos la ilusión de la gran presa mañana: iré por la membrana que me engendra, comenzaré desde adentro, muy lentamente, royendo para no alertarla, si muere tan de pronto, es seguro que la soledad me mate.





lunes, 1 de julio de 2013



ES HORA DE IR A LA PLAYA


"Imitando los actos ejemplares de un dios o de un héroe mítico, o simplemente 
refiriendo sus aventuras, el hombre de las sociedades arcaicas se desliga del tiempo profano 
y alcanza mágicamente el Gran Tiempo, el tiempo sagrado".
Mircea Eliade


Se lo consulté a Sam. 
       Sam es un pintor que conocí en uno de los recorridos más sinceros que nos permiten las lecturas. Ambos estábamos sentados al borde de un acantilado sobre la palabra “buenos-días” en el momento de hablarnos. Bien, le dije, quién hablará primero. Ya lo hiciste, dijo y sonreímos. Dos meses después pude ver mis almejas muertas en sus cuadros, incluso allí estaban las lengüitas entre sus dedos, una baba agradable que llevaba hasta los pies de mis abuelos cuando viajábamos hacia las costas del Atlántico.
Sam sabía todo lo que había que saber sobre almejas: las pintaba como líneas que se unían en forma de ciudad, las derretía como velas sobre un lienzo y allí encendía algunas para que tuviera algo que decir al respecto. Las calles de Sam en sus cuadros eran verdaderas reliquias, al menos para mí, que me constituí como un nostálgico maldito hace varios años.
Sam tiene motivos para estar enojado conmigo. Ya hace algunas semanas que no nos llamamos por teléfono, exactamente desde que abrí sus cajas con pinceles y moví las cerdas sobre lienzos, y golpeé esos trapos sobre las maderas. Confieso que esos golpes dolieron sólo por unos segundos, pero sé que serán recordados toda la vida. Yo tenía la llave de su cuarto de trabajo, porque solía poner música a sus rayones para oír el mar, eso si la noche no tenía la claridad con la que nos es tan difícil imaginar.
Tantas noches han sido así de claras, y extrañé salir semidesnudo hacia la habitación secreta de Sam, a ver si estaba como dormido moviendo sus manos frente a las imágenes. Eran noches de muchísima luz, tiempos en las que hubiera preferido que Sam estuviera enfermo, o que nada de esta oscuridad fuera tan cierto. Pero las hay… desde pequeño sé que existen noches verdaderas.
Vuelvo a esa vez cuando abrí las cajas de mi amigo y utilicé sus pinceles, entonces me introduje en su cabeza y obré como su imaginación. Sam es hermoso por dentro, sabe que pienso en las almejas cuando escarban y ondulan al tiempo que el mar se condensa. Cómo es posible que sean tan parecidas a las raíces, esa es la eterna pregunta. Pero basta que las olas se retiren para que mi universo se dé vuelta y la capa de arena se invierta como una media. Nos miran y tal vez se pregunten porqué aguardamos toda la vida, enterrados, tras esa tripa de la tierra, sin más futuro que el de una ola esporádica que nos lave y nos quite las secreciones.
Sam se cierra y eso lo ha hecho enojar conmigo, no ha sido que yo me entrometa en sus pinturas en una noche creíblemente inverosímil, no ha sido eso... Sam se cierra.
Por qué no permite que le consulte si ha conseguido lo que quería de su vida, porque yo sí estuve abriendo las cajas y sé que allí no hay más que almejas. Vaya incongruencia; le diré que han muerto esos animales que no quiere ver sostenidos al mundo.
Ok, Sam, suficiente por ahora. Todo lo que puedo decirte es que hoy o cuando sea, tus líneas son un sitio en el que nos encontraremos toda la vida. Bien, lo he dicho. Lo dije y lo seguiré diciendo.