martes, 26 de marzo de 2013



LA CAVERNA



En este país, la semana santa se ha unido al día de los caídos por la guerra. No encuentro una sola ancla -más que la cronológica- para que algo así tenga coherencia. Pero pienso en términos bibliográficos, tengo en la mente a Maquiavelo, y hago contrapeso con los evangelios.
Ayer viajé dos veces a la Ciudad de Buenos Aires, lo que fui a hacer no importa, fui y vine. Me encontré con parte del país pidiendo diezmos, dando bendiciones, frenando peatones en el medio de la calle para que inscribieran sus deseos en cuadernos y hasta con un hombre vestido con una túnica que imponía sus manos sobre la cabeza de otro. El “impuesto” cerraba los ojos, lloraba, pedía ayuda del modo que podía. Yo observaba como si desde adentro de su cabeza fuera a proyectarse una película de su mortalidad y pudiera enterarme de su miseria.
“Quiero ser como él”, pensé. Él es el pobre hombre, él es el pai, él es el pensamiento. Pero continué circulando, a su lado, ajeno a su fuerza centrípeta.
-¿Quiere dejar un pedido? –me preguntó una mujer de pelo rubio y atado, tirante hasta el dolor, que me interceptó sobre el cordón de la calle.
-¿Qué podría pedirle a ud.?
-Lo que quiera, señor –me dijo y fijó su mirada en mi frente.
-¿Lo que quiera?
        -Exacto.
Hice silencio mientras desviaba la mirada para pensar. El semáforo cortó. Crucé la avenida Santa Fe. Creo que le dije “gracias” no bien abordé el asfalto, no lo recuerdo.
Los autos detenidos también sentían curiosidad por la escena del hombre llorando frente a la ferretería. El religioso ahora le cruzaba un brazo por los hombros y una mujer lo sostenía de una mano.
Una cuadra después, me detuvo otra mujer:
-Bendiciones para ud., señor –me dijo dirigiendo las palmas de sus manos hacia mí.
-Gracias –le dije adivinando lo que pretendía hacer con ellas.
-¿Quiere pedir algún deseo?
-¿Y qué podría pedir? –le contesté, y tomé el cuaderno que me alcanzaba.
-Lo que quiera, señor.
       -¿Lo que quiera?
       -Eso mismo. Ud. sabe lo que desea su espíritu.
Pero esa ya era una respuesta que había oído, y no lograba sorprenderme. Dejé el cuaderno en una mesa y partí, antes de que insistiera.
Comencé a bajar las escaleras del túnel que une el tren Mitre con el subte en la estación Ministro Carranza. Ese pasillo es caluroso en cualquier momento del año, se mantiene oscuro y con cientos de insectos que se alimentan de las mercancías de los vendedores, de los desechos que quedan cuando ellos se van. A pesar de la temperatura, que es mucho mayor a la que puede sentirse al sol, los comerciantes se instalan con sus canastas, sus mesas, caballetes y sus cajones de verduras. Saben que es un paso obligado, que siempre los verá una oficinista, una madre apurada, un hombre que lleva frutas para el postre. Aguardan quietos y silenciosos sentados en el piso; cada tanto pasan un trapo por su cara y vuelven a dejarlo sobre sus rodillas. Los oigo hablar bajo en medio del zumbido de las moscas y de las pequeñas langostas que ellos saben espantar. Vaya paciencia, pienso.
-¿Una frutita para la familia? –me preguntó uno de los que yacía en el piso.
       -No tengo familia –le contesté.
-Yo tengo 6 hijos, señor, y más mi mujer somos siete –me dijo hastiado de dar siempre esa respuesta.
       -Si quiere puede pedir un deseo –le respondí. Y me fui señalando a la mujer con el cuaderno en la mano. Pero se quitó un insecto que le rondaba en la cara y volvió a tenderse en el suelo.






La vida nos odia: somos MIL

lunes, 25 de marzo de 2013




UN PEDAZO DE FIELTRO



Hace dos días entendí que mi madre nos había mantenido separados de la Tierra.
Recuerdo que antes de cerrar la puerta e irme para siempre de mi casa, le recriminé que no me hubiera dejado usar la pileta del baño para lavarme las manos. “La dejás hecha un asco”, decía. También le recordé las veces que, harto del trabajo, no había podido dormir la siesta porque las sábanas se rozaban con el cuerpo transpirado. Y le dije que siempre me había dado vergüenza traer amigos a casa y que los hiciera andar sobre patines, para que el piso se mantuviera lustrado y sin marcas.
Luego del episodio estuve casi ocho años sin ver a mi madre. Esa es la conclusión aparente. Pero hay otra más verdadera y exacta: yo aprendí a ser poeta porque ella se interpuso entre yo y los objetos, me desplazó de ellos los centímetros necesarios para que no me rozaran. 
Planeo sobre ellos, los acaricio como si fueran patos, los evoco en mis sueños, y sólo de vez en cuando, me animo a abrir alguna ventana para que entre el sol, y se pose en mi casa algo que no controlo. Una mosca, por ejemplo, llegará volando o se desvanecerá con el insecticida sin que yo comprenda finalmente cómo ha podido conquistar el mundo.


viernes, 22 de marzo de 2013


COMPAÑEROS



De nuevo sóno el despertador a las 6 de la mañana y lo apagué. La consecuencia fue tener que correr con el cinturón en la mano, la pasta dental en el bolsillo y los papeles del día a punto de caer si no los ponía urgente en una carpeta.
Caminé las 5 cuadras que separan mi departamento de la oficina. No quiero entrar en detalles con eso. Realmente el apuro no me dejó más que fotografías: un gordito fumando mientras baldeaba una vereda, 6 o 7 chicos en la puerta de un colegio, una oficinista apurada, un hombre tapado de cartones y durmiendo como un ángel, y creo que nada más.
Llegué. Las puertas corredizas se abrieron solas. Puse el dedo en la máquina para que el sensor me leyera las huellas digitales: tarde, 2 minutos tarde. En lo que va del mes ya es la cuarta, y eso se castiga con un descuento de casi 2000 pesos restados del presentismo, más una carta que le enviará la gente de recursos humanos a mi jefe. Él la firmará y después va a decirme algo. Tampoco hoy entraré en esos detalles.
Subí los 6 pisos hasta mi oficina. Dejé el bolso, los papeles. Fui a cepillarme los dientes, pero advertí que no había traído lo principal. Me puse el perfume. Me serví un café de las máquinas dispuestas en el corredor central de cada piso. Hice unas gárgaras para no continuar con mal aliento y bajé hasta la panadería a  comprar algo que me llenara el estómago.
Un auto estacionaba en el medio de la cuadra. Por la puerta del acompañante bajaba un niño de aproximadamente 5 años, con su pintor celeste; luego una mujercita de 3 o 4 abrazaba a su papá, le daba un largo beso en la boca, él le acomodaba el pelo, ella sonreía, él la alzaba para que pudiera bajar.
“¡Despacito!”, gritó el hombre que manejaba. El niño la tomó de la mano. Él era quien llevaba la mochila de ella. Vaya a saber en qué consistía el equipaje, imposible que pueda imaginarlo en mi estado. Sí vi la rana verde que bailaba, y tocaba una flauta. El niño la acompañó hasta donde estába la maestra. La mujer lo saludó. Él la abrazó y entregó la mochila. Luego él saludó a su hermana, pasó los brazos por alrededor del cuello de ella y, de la misma manera que había hecho su padre, se despidió con un beso en la boca de la mujercita semidormida.
Lo vi regresar despacio al auto. El padre le abrió la puerta, le dijo algo y partieron
       Los seguí hasta la esquina, doblaron y desaparecieron. Sobre el cordón de la calle, allí mismo, a metros de las escalinatas del palacio del poder judicial, dos mujeres se habían sentado. Tenían anteojos negros, sé que una de ellas lloraba. La otra la rodeaba con un brazo y sé que hubiera querido que viera la rana verde con una flauta en la mano.

jueves, 21 de marzo de 2013


SIN PIEL



Alguna vez en mi vida sentí que mi cuerpo era etéreo. Supuse que, tal vez, la sensación de hoy sería similar, pero, ahora tampoco yo puedo reconocer mi desintegración.

Mi madre vino a visitarme el lunes por la tarde. No quería más que saber de mí, arrancar de mis palabras eso que ella ha cosechado con paciencia, deconstruir alguna idea nueva que anduviera rondándome, problematizar sobre intrascendencias, decirme que estoy descuidado, traerme algo de comida casera y aprovechar mi tiempo de metamorfosis para su provecho.

“Sergio, esto es una conserva con tomates secos que preparé el sábado y esto es una crema que te va a ayudar con la descamación”, me dijo entregándome dos frasquitos de café instantáneo rellenos con sus preparados.

Habitualmente lo que ella trae se cubre en mi heladera con una capa de hongos peludos que forman una tapa blanca. Cuando abro el frasco para saber si la comida se ha podrido, ingresa a ellos una leve ráfaga de viento que ondula esos pelos finísimos. Me siento tentado de pasar la yema del dedo por la pelusa suave. A veces lo hago, y lo acaricio como si fuera un ratón dormido en la palma de mi mano.

Lo que sigue es tirar las mermeladas, las cremas, los higos en almíbar, los tomates y berenjenas. Suele ocurrir que olvido abrir la heladera y cuando ya no tengo más dinero para comprar en Mc Donald, acudo a ver qué hay en mis cajones. Entonces recuerdo la exhibición de obsequios fríos que hay en el segundo estante, como si fueran una exposición de preparados de algún laboratorio. Pero ya es tarde.

El martes pasé la crema debajo del abdomen, en las axilas, tras las rodillas, en la espalda baja y entre los dedos de los pies.

La sensación cada año inicia como una picazón suave en los pliegues de la piel, lugares húmedos que evitan la luz y el aire, el Espadol, y por los que olvido pasar la toalla al ducharme. Rasco y las uñas son como cucharas entrando en la carne, igual que orada una gubia el yeso. Pongo las manos en forma de garra y arrastro. Eso hace circular la sangre con ardor y forma imperceptibles canales que demuestran que allí falta algo. Entonces comienza a arder, un cosquilleo insoportable burbujea como pimienta en la herida.
Al principio comparaba esto con las pestes que me agarraba pisando descalzo el piso de los clubes. Iba al dermatólogo y allí el hombre me informaba de cierto fungi que se había alojado en mi piel y me utilizaba de huésped.

Después del baño unté el preparado de aceite blanquecino, porque imaginé que calmaría el dolor. Lo hice desaparecer frotando con la palma, y pequeños rollitos de piel iban cayendo al piso. Tomé la escoba y barrí esa especie de aserrín. Estoy acostumbrado a estos obsesivos actos de limpieza, mi abuela era psoriásica y cuando se quedaba a dormir en casa, yo por la mañana acumulaba en mi mano los restos de su piel que quedaban en mi cama, delgadísimas capas de almendra que yo contaba hasta perderme. Los desechaba en la basura y volvía a comenzar. A veces los soplaba sobre el campito de al lado, y los veía volar, flotando en el aire. Se pegaban en las plantas, en los yuyos, en mi pelo.
Durante los días restantes, entre miércoles y el jueves, la piel fue levantándose más fácilmente, por suerte para mí, que deseo que todo ocurra de inmediato. Esos suelen ser días de mucha reflexión, de proyección al futuro, de mirar lo que dejo. Soy obsesivo pensando y capaz de convertir un haz de piel en una piedra que caerá por la eternidad, como en el mito Sísifo. Es importante que yo entienda esto que me pasa, no siempre uno sufre transformaciones así de ineludibles y espontáneas. 
Lo primero que ocurre son las ampollitas en la cara y el resto del cuerpo, que separan esa capa de piel de otras. Luego algún movimiento mío las roza con una sábana, una remera o el shampú, y la piel cae. Lo mismo va ocurriendo con las restante microcapas. Yo insistí con la crema de mamá, pero los tejidos de los músculos y los nervios, comenzaron a quedar al descubierto. La llamé para preguntarle qué podría estar ocurriendo, lo más normal es que al proceso le siga el crecimiento inmediato de una superficie robusta y callosa, un tejido más apto, suelo decir yo. “No sé, tendría que funcionar”, me dijo.





miércoles, 20 de marzo de 2013


TELARAÑA


                                  
“…quisiera decirte que no pienso la amistad como una cosa positiva, 
es decir, como un valor, si no mucho más, es decir, como un estado, 
una identificación, por tanto, una multiplicación de la muerte”
Robert Antelme




Dedicado a  B. C.



En lo que va del día me he enterado de tres cosas: que B. está siendo operada desde las siete de la mañana, cuando entró al quirófano por su cáncer; que L. espera alguna noticia en algún asiento de esas  salas; y que el mundo hoy para mí es una especie de ceguera parda.
Desperté a las 6.58 de la mañana. He intentado abrir los ojos pero ha resultado imposible. Me prometí que pasaría, que sólo era cuestión de tiempo, que el mal es siempre menor, y el sueño es igual en cualquier lugar del mundo. Me interrogué vanamente sobre el peso de un párpado, de los dos, acerca de la cortina negra de humo y braza tibia.
Voy al baño, el suelo resbala por el polvillo, la humedad en la habitación, la perilla de la luz. Cómo será este rostro ciego bajo mi frente brillante y transpirada. Me cepillo los dientes. Ya habrá oportunidad de despertar... Y froto los ojos con el  jabón de miel.
Camino hacia el comedor con una mano delante de la otra para no golpearme, o tirar la lámpara que está sobre la mesita; es de cristal blanco, el suelo la estallaría. Otra vez la llave de la luz, el cajón de esa pequeña mesa, los papeles que debo ordenar algún día, boletas impagas, vencidas, cartas viejas, llaves sueltas. La tijera, dónde está la tijera, la punta. Acá. No meto los dedos en sus agujeros. Abro sus cuchillas con las dos manos. Las tomo con una. Froto cautamente el filo del borde por donde se une el párpado a mi piel, como si me delineara. Una primera grieta de sangre resbala por mi mejilla, es aceitosa, hace una cosquilla tolerable. Entra por la comisura de mi boca, sabe a sal, no es sal, es algo aceitoso y ácido que se ha salado. Antes de llegar a la tijera, debí haber intentado con una hoja blanca. Tomar el papel a4 por los bordes, estirarlo bien, hacer el mismo movimiento que al encender un fósforo, un solo y único tirón, para que la superficie del borde corte y arda.
No consigo despegar esos tejidos. Me dirijo al pasillo, ahora. Las baldosas estaban heladas, el invierno no acaba de irse. Las plantas huelen bien excepto por esos hongos que expulsan un vaporoso olor amargo, como a café. No tendré tiempo para desayunar. La mesada tiene migas, pequeñas, estrellitas de pan que pinchan en mis dedos. Tiro del cajón. El ruido de los cuchillos tiene algo de espectacular. Recuerdo esas mujeres a punto de ser asesinadas, que antes de morir intentan correr hacia la cocina para buscar el cuchillo. El ruido ya es una tipología del cine. Lo tomo por el mango. Me he asegurado de que tenga una sierra de las nuevas. Compré cuatro la semana pasada. Uno de esos es el que empuño. Apoyo el lado que pincha sobre la grieta de mi ojo. Aprieto y corto. Aprieto y entra, entra, algo parece que se abre. De derecha a izquierda, y algo traba el movimiento y no lo deja fluir. No hay huesos en esa parte. No hay ni un solo hueso, me repito. Pero sí hay venas, sí tengo miedo. Con la punta empiezo a clavar nuevamente, con pequeños golpecitos. Confirmo que la sangre es algo aceitoso, los pies resbalan en el piso de porcellanato. Imagino la mezcla de ocres y bordó. No es un mal cuadro, aunque sí algo patético.

      L. espera en la sala mientras a B. le raspan y le sacan algo de su cuerpo, algo que no le pertenecerá ni siquiera al pensamiento. He puesto mis andamios, he crecido y adorado a B. Y eso es lo único que veré en esta puta mañana. 


lunes, 18 de marzo de 2013




ES PARA MI PADRE 


Últimamente sueño que mato familiares y gente que no conozco. Les he disparado, les he revuelto un cuchillo en la garganta, les he clavado una lapicera bic azul en el brazo, o abro una puerta y ahí está el futuro asesinado, esperando para matarme y antes de que pueda, yo disparo y le deshago la cabeza de un tiro.
Cuando llegue el momento voy a describir la situación en mi sueño, pero lo primero es lo primero, y lo primero esta vez es que ayer fui a comprarme una camisa al shopping, y a unos cuantos pasos, al lado de las prendas de estación, estaba el negocio de armas.
-¿Mirá lo que venden acá? -me dijo G. señalando el costado de la vidriera.
Me acerqué porque estaba sin los anteojos y vi como 20 revólveres muy bien acomodados uno debajo del otro, al lado de cosas de cuero, encendedores, habanos…
-Ni se te ocurra –me dijo.
-Estos son revólveres de verdad…
-Sergio, esto no es joda, ¿para qué carajo querés un arma?
-¿Y con esto qué se mata?
-Son de caza, porque son aires comprimidos.
-Pero este igual mata gente, ¿o no?
No me contestó y siguió caminando. Yo pude imaginarme con uno de esos en la mano, los brazos estirados, cerrando un ojo para hacer foco, de lejos una figura difusa y el dedo latiendo por las pulsaciones del corazón, asustado. Entré.
-Buenos días –dije esperando que no me pidieran licencias o alguna documentación.
-Buen día. ¿Lo puedo ayudar en algo?
-Quería preguntar por esas pistolitas que están allá en la vidriera.
-¿Cuál le interesa?
-No sé, ando con ganas de comprar alguna, pero no sé cuál. La verdad es que no tengo idea de estas cosas.
-Para qué la quiere.
-Para caza... es para mi padre.
-La que está en el medio es una pistola liviana, de gran capacidad de carga. Un Crosman c31.
-Aha, ¿precio?
-599 de contado. La de abajo es una Colt 1911 de 1700 pesos y la que le sigue es una Sig Sauer 2026, esa es semiautomática, completamente de acero, calibre 4,5 mm, y la distancia es bastante discreta, digamos 64 metros.
-¿Y el precio de esa?
-900
No tenía pensado comprar nada. La verdad es que la camisa era necesaria y hacía unos minutos había hecho el trámite del DNI nuevo y la actualización del pasaporte. Con lo que la suma de los primeros 20 minutos en el shopping ascendía ya a 535 pesos. Y de la camisa todavía no había noticias.
-Bueno, la llevo.
-¿Cuál?
-La última. Es la más liviana de todas las que me dijo, ¿no?
-Exactamente. ¿La paga en efectivo? Se lleva un cargador de regalo.
-No, con tarjeta Visa. En 2 cuotas.
Cuando la tuve en la mano sentí que no era el mismo. De alguna manera, me temía. Pensé en las historias con mi pasado, con la gente que se me mete adelante en la cola del supermercado, en el papa frita de Bergoglio, en lo que es verdad y en lo que me parecía una broma. Y todo era un posible chiste que podría hacerle a G. cuando llegara hasta donde estaba esperándome. Pero el asunto podía asustar en serio, así que me limité a lo obvio.
-¿Mirá lo que tengo? -Le dije a G., que esperaba en un cafecito dentro del patio de comidas.
-Sacá eso, Sergio. Metelo en el bolso que lo van a ver y nos van a meter presos, la reputa madre que te parió, lo único que me faltaba. ¿Para qué mierda la querés?
Se había puesto mal y por eso lo guardé en su caja. Seguimos ahí sentados unos minutos sin decir ni una palabra. Ahora tengo un revolver, pensé. Eso no era una pavada más.


jueves, 14 de marzo de 2013


MATAR A UN NIÑO


(parte 2)



Y entonces toqué el timbre como si hubiera apretado un gatillo. Y lo hice por largo tiempo, para que los vecinos de arriba y de abajo y los de los costados supieran que era mi turno, tal vez con la secreta esperanza de ser una especie de héroe de edificio, de esta pequeña porción de tierra que nos tocó habitar. No tendré rayos equis pero tengo una calentura que vuelo, me dije. Soledad abrió la puerta
-Sergio, discupanos –me susurró-. Nos debés odiar…
Yo tenía una zapatilla en la mano, a pesar de que estaba descalzo. Había tenido la precaución de ponerme la bata azul de polar, que me quemaba en el cuerpo. Ella tenía su camisón vomitado, el pelo revuelto, el maquillaje negro del día anterior esfumado en la cara y un aro de perlas desarmado entre los dedos. Matías iba y venía con la inmundicia en brazos, lento, pero sin pausa, podría estar eligiendo el lugar para tirarlo al piso y ver si rebotaba como una pelota de básquet. Pero era precavido, no sabía en qué momento el alacrán daría por fin la última estocada: un manotazo en un ojo con sus uñas de acero quirúrgico, un alarido de onda expansiva o el viejo truco del vómito a repetición compuesto de puro ácido estomacal.
Sé que en un momento me vio. Hizo silencio, una pausa en la que nos miramos como los contendientes que éramos. Y sé que intentó que me sintiera miserable. No se lo permití. Con un rápido pestañeo le cerré mi alma, cualquier puerta a mi espíritu que estuviera intentando abrir con esa mirada azul y pulcra como el cielo.
-Chicos, yo entiendo todo hace un año. Pero las cosas así no pueden seguir. Así no es posible seguir viviendo.
Soledad miró el piso. Matías intentó decir algo que no entendí. Luego él también se quedó sin palabras. Los noté devastados, sin fuerzas. Ellos no sólo entendían lo que les estaba diciendo, y lo que les decía es que se fueran o que envolvieran a la inmundicia de 50 centímetros en vendas como una momia inmovilizada, lo rociaran con alcohol y lo tiraran a alguna planta recicladora del Ceamse, hecho cenizas, hecho polvo.
-No sabemos lo que le pasa –me dijo Soledad sin mirarme, probablemente avergonzada por la impericia-. No es la pancita, no es hambre, no son los pañales, no es el calor…
Pero no me nombraba la perversidad del jabalí que Matías acunaba creyendo que era un niño, no me nombraba su conciencia del mal, la verdadera responsabilidad. Ellos, tal vez, sí entendían, pero no iban a desamparar a su tirano. Ellos, vasallos del amo, también habían aprendido a ser alguien de ese modo. Los humanos tienen niños como se tienen los objetos. No tienen hijos: tienen el poder de un capital. No han hecho un ser humano: han intentado constituirse y completarse culturalmente. Pero no soportan las consecuencias que su desmadrado deseo ha engendrado. Querían ser ciudadanos correctos, seriados, uniformes, cumplir con el mandato; querían continuar la especie; querían mejorar el destino de sus vidas o al menos intentar tener uno; dar a su matrimonio la vuelta de tuerca para el deseo sexual evaporado, con sus restos ácidos, como si se hubiera hervido vinagre; querían encontrar el sentido del que carecen sus vida; pero la historia se complace en devolverles a los miserables, egoístas, su miseria. Y eso obtuvieron: una miseria de 50 centímetros.
“Éguio”, escucho. “Éeegiiio”, se repite desde algún lugar del dormitorio.
-Te está llamando. Quiere decir “Sergio” –me dice Soledad, imitando una sonrisa llena de ternura que su cansancio obtura endureciendo cada uno de los músculos faciales.
Allá venía Matías, con la basurita en sus brazos, aún sin dormirse, vomitada por tercera vez y con un olor a mierda sólo comparable con la caca de perro mojada al baldear la vereda, o el olor de las gallinas cuando las hierven para arrancarles las plumas.
-¿Lo escuchaste?
Matías continuó acercándose hasta que el brazo regordete de la misería humana logró tocarme. Los estiraba como los extiende un soberano que se dirige a su pueblo desde un balcón. Estiró esas dos pinzas de cangrejo y se prendió de mi bata azul de polar.
“Éegiiio…”, repitió. Me miró. Intenté cerrar los ojos, pero su mirada era intensa. Ya lo tenía sobre mi pecho y ahora pasaba un dedo por mi oreja. Suficiente, me detuve en su piel, era tierna, era tan clara y límpida e indefensa. Bastó que me acercara un poco para notarlo.
No volvió a hacer esos sonidos con su boca, pero dentro de mí algo resonaba por primera vez, algo que nunca había sido dicho en mi nombre se expandía como una tarde, como un campo recién cultivado, era un eco nuevo que me definía para siempre: “égio”.


miércoles, 13 de marzo de 2013




EL REGRESO


Le decían el venezolano     porque gritaba        pero lo hacía de una manera apacible      arrastrando el paso de las letras     como un animal herido    Yo había ido a esa jornada en Buenos Aires porque un poema de los míos iba a leerse. Recuerdo ahora      que hago el esfuerzo      unos mandalas      unas rosas en un mantel       un hospital en Budapest      o en Mali       El hombre    fuera de la sala de operaciones        se sentaba a la mesa en un bar        pedía un café pequeño        Tomaba una lapicera       y comenzaba a hacer un círculo alrededor de cada una de las pequeñas flores del mantel        Luego unía los círculos con líneas que iban desde el sur al norte         y hasta cualquier confín       El mapa quedaba configurado        como el universo          recuerdo la idea de una inmensidad blanca repleta de relaciones         algo así como una escalera        como un laberinto         De pronto, una rama del árbol que daba sombra        a la ventana       se corría por el viento y proyectaba un haz de luz         sobre esa totalidad        Y ahora         se preguntaba el hombre que lo había configurado todo          quién era su dios         el que daba la vida o la quitaba        el que lo hacía esperar          y lo obligaba a pasar ese líquido negro y caliente         por su cuerpo            para saciar con un golpe el dolor          La luz había caído sobre una de esas flores         y sin embargo no la hacía crecer           sino abrir como una llave el tesoro de lo que se guarda en una espera así       Esa manera de estar en el mundo me gusta           pienso ahora             No la del venezolano            que era un poeta             que gritaba               que se paró para recitar con tanta fuerza que rozó sin querer con sus manos el florero que estaba sobre el escritorio central en el acto             al que casi vuelca en aquel ademán cuando dijo la palabra           “madre”          cuando sintió las uñas           en la garganta           raspándolo           como un bisturí               cuando hizo silencio               cuando nos obligó a mirar la rosa           que casi cae            que casi casi muere de sed sin su círculo             sin su luz               sin ningún tesoro oculto         en la inmensidad de ningún universo


martes, 12 de marzo de 2013



MATAR A UN NIÑO 


(Primera parte)


Hace un año que tengo de vecino a una inmundicia de 50 centímetros que se arrastra y babea, grita y larga de sus entrañas un olor cloacal y pregnante, rompe y devasta seres humanos al otro lado de la pared de mi departamento y se llama Lorenzo.
Me da exactamente lo mismo que ya no podamos reproducirnos nunca más, que la raza humana procree por generación espontánea. Es un atraso mundial irreparable, ante semejante avance de la tecnología, que aún sigan existiendo los niños.
Me daría lo mismo que de un hueco profundísimo de la tierra saliera un humano, educado, perfecto, dócil, capaz de expresarse; que de una cueva saliera el hombre modelo y bregara por ser el homo-ideal: el hombre que nace sin la imperfecta manifestación de ser niño, sin traumas, sin historia, sin el inaugural recuerdo de haber sido todo lo perverso que le dio la gana.
¿Como es que esas inmundicias de 50 centímetros existen? Ni un solo padre no pensó en comerlos, arrancarles las entrañas y tirarlas al infierno, deglutirlas, o untarlas en el pan de la mañana y masticar lento el resto de su hijo. Todos han querido gritar: "¡Que vivan los egipcios y sus matanzas!" Y por fin decir, sí, este es el mundo que deseamos: sin gritos de cerdos carneados o gatos apareándose a las 3 de la mañana; sin seres incontinentes que miran hacia abajo y mean cualquier vereda, las camas, los sillones de paño, los asientos de los autos. Y detesto sus miradas llenas de videncia, una mirada que nos hace sentir miserables, pobres en lo más profundo del espíritu.
Mientras uno ve hacia el suelo porque el engendro nos hostiga con sus ojos, pensamos: "si no estuviera tu padre, te mordería la lengua y te la arrancaría como Hannibal, mocoso". Pero por respeto a su siervo, ese ser que ya no quiere más que su sacrificio con veneno para ratas, decimos: "ajooo", porque el mundo nos dio para que ellos pudieran prosperar: la culpa. 
Muchas veces he pensado cuáles son las fotos mentales que tengo de Jesús: naciendo y crucificado. ¿Y en el medio? ¿Nunca se cagó nuestro Señor? ¿Nunca vomitó sobre la tersa carita de María inmaculada? ¿Nunca le robó una tabla de una mesa a José o se infectó por pincharse con un clavo? ¿Por qué no gritó hasta volver loco a todo Jerusalén a las 3 de la mañana? ¿Acaso María no quiso sacrificarlo antes que Dios, con una pequeña crucecita y pequeños clavitos, y pequeños azotes con pequeños espolones y encenderlo en una pequeña hoguera para que dejara de llorar? 
Yo me pregunto por qué las ciudades nos dan inmundicias tales como mi vecinito y no como Jesús. Qué feliz habría sido yo si la inmundicia de 50 centímetros hubiera nacido e inmediatamente hubiera sido crucificada.

Ayer la miserable comadreja de 50 centímetros llegó de sus vacaciones con sus esclavos. Los oí cuando bajaron del ascensor. Los pasos atorados, las maletas, el carruaje en el que lo trasladan de un lado a otro, serviles, vasallos de sus deseos. Se atoraban. Recordé las películas en las que se relatan invasiones así. Lo imaginé mirando mi pared, la del comedor y la del baño, rozando con su dedito lleno de saliva y dulce, mi pared blanca, que da al pasillo. Ellos, rayándola con las ruedas, y la inmundicia contemplando cada centímetro cuadrado, planificando de nuevo sus ataques.
Ya no sé la cantidad de noches que la cucaracha arremete con su ponzoña devastadora, durante la noche, durante la cena, durante una lectura profunda. Sé que el alienígena advierte perfectamente cuándo es el mejor momento para embestir, acecha porque él sí tiene tiempo, tiene todo el tiempo que le plazca para pensar cómo eliminarnos. Ha comenzado por sus padres.
Cuando la conocí a Soledad, era una mujer alegre, sensata, cuidadosa de los modales. No sé cómo puede haber accedido a acarrear entre sus vísceras a la inmundicia. Pero lo concreto es que lo ha hecho. Un día me tocó la puerta y vi cómo su cuerpo deformado era fagocitado desde adentro. “Te va a matar, Soledad”, le dije. Pero su cara de resignación fue la única respuesta que obtuve. Ya era demasiado tarde. “Falta poco para que se nos termine la paz”, me dijo consternada, sabia de lo que iba a depositar en este mundo, conocedora del poder de la basurita.
Fue extirpado, según supe, con muchísimos problemas. El engendro quería llevarse con él partes del cuerpo de Soledad. Se había aferrado a los intestinos, que usaba como collares, como rehenes de su poder. Matías, su esposo, lloraba en la sala de espera y tuvo que entrar para calmarla.
Sé, que nadie deseó la vida de esa cosa, sé que cada alma del edificio de departamento donde vivo intentó matarlo, pero que sus ojos cristalinos y videntes fueron paralizándolos a su turno.
Pero dije “¡Basta!”, ayer fue la última vez que esa miseria regordeta gritó a las 2 de la mañana. Fui hasta el corral donde lo tienen, alimentan y veneran  y toqué timbre…



Continuará...


lunes, 11 de marzo de 2013






LA VUELTA AL MUNDO EN 50 MINUTOS


      Yo que me quejo de cualquier ser humano que ose escuchar música sin auriculares en el micro, que me quejo si un niño grita como una hiena y la madre no le tapa la boca con una  bolsa, si un gordo ronca como una cloaca tapada, yo que desmiento a los gritos si la señora de más de 50 empieza a hacerse la reumática por tener que viajar parada porque el chofer sube más pasajeros que los que podrían ir a un partido de Boca-Chacarita, me tomé el Plaza a Retiro con 9 orangutanes sentados atrás.
Subí en 13 y 44. Me dolía tanto la cabeza que no me hubiera importado que me levantaran la tapa de los sesos para buscar qué era lo que cortaba y seccionaba ahí adentro. Pero fiel a mis culpas, viajaba con un libro de William Burroughs en el que el tipo ya no es adicto al alcohol, sino al crack, a las anfetaminas, a la heroína, a la cocaína, a los tipos y a todo lo que le permita revivir sus miserias. Intenté empezar con el libro 3 veces en estos últimos meses, pero no termino de familiarizarme con la terminología de los adictos y vuelvo a dejarlo, tentado por perderme en el universo del éxtasis alguna vez.
Me pareció raro que viniera lleno. Fui caminando por el pasillo del centro hasta el final y entonces me vieron. Me miraron confinándome a los infiernos y esperaron pacientemente a que me sentara. Quedaban libres sólo dos asientos, ambos pegados a ellos. Me acomodé y vi que dos chicas de 25 años con sus libros en mano, venían siguiéndome. Elegí el lado derecho, ellas, el izquierdo y se sentaron una sobre la otra.
Las vieron, pensé. Pobres pibas.
-¡Uh, mamita...! –dijo uno alto con la cerveza en la mano.
-¡Cuánta lechita que traé en esa tetitas! –dijo el de al lado, gordo, lleno de granos.
-¡Vamo-vamo-vamooo!, ¡tooo da moooviendo las tetiiitas y largando la lechiiita!. ¡E-e-e-eeeesaaaaaaa! –cantaban con el estribillo de la cumbia sonando hasta reventar el pobre parlante del celular.
Las chicas quisieron pararse para ir hacia delante. Y no sé por qué no lo hicieron.
-¡Felí día, hermosa! ¡No te enojé!. ¡Vení que acá te hacemo 9!
Las chicas comenzaron a hablar a los gritos sobre el procedimiento para la promulgación de una ley. Estudiantes de derecho, imaginé. 
La música del celular de uno -al que le decían el chancho- seguía sonando con los parlantes a punto de reventar. Ellos levantaban la mano y decían subiendo la voz: ¡E!–¡e!-¡e!-¡eeeeeeeeeeeeeeeee!
Intenté iniciar por cuarta vez el libro de WB cuando oí el ruido de un chorrito que caía al suelo. El chancho empezó a los gritos y parado sobre el asiento le preguntaba a otro si era enfermo. Se escuchó un manotazo. Otro manotazo y más gritos:
-¡Recatate, guacho, eh! ¿No ve que el chofer nos dejó subir sin pagar? –decía el chancho, unos 45 años, gordo y desdentado, encías negras, ya casi en cuero.  
-¡E! –¡e!-¡e!, ¡eeeeeeeeeeeeeeeeee! –era otro estribillo de la canción que escuchaban.
-¿Mami, no queré que te haga uno o do hijito?
Las chicas intentaban seguir discutiendo si la comisión de presupuesto tenía que aprobar o no, el informe antes de que el proyecto pasara a una de las Cámaras.
-¡Eh!, ¡hermosa!, ¿no te gusta él? –el chancho señalaba a uno de los orangutanes que meneaba y meneaba la cintura arrodillado en el asiento.
Comencé a sentir olor a cerveza y a pis, algo ácido y amargo se extendía en el aire. Me acordé del ruido de lo que caía sobre el piso hacía unos minutos. Miré hacia abajo sin mover demasiado la cabeza, para que no notaran mi asombro: un charco enorme de meo me inundaba los zapatos y empezaba a mojarme las medias.





sábado, 9 de marzo de 2013




HARTO DE LOS ENAMORADOS EN EL MAR


   El mar había crecido hasta la calle. Las olas y los ruidos de los autos por primera vez se reunían en el paisaje y eso ya era suficiente para tomar la fotografía. La espuma blanqueaba las hojas de los tamariscos, los dos primeros escalones de la pasarela. Los abuelos y sus nietos hacían algo con el yodo y yo me preguntaba si los tablones resistirían la oleada.
   Había llevado 3 poemas de Leónidas Lamborghini en la mochila, un paquete de galletitas, los anteojos para leer y algo de plata. Me senté en el cuarto escalón de lo que suele ser la rampa para llegar a la arena en una de las entradas. Pero esta vez el agua había tapado el segundo, salpicaba el tercero y amenazaba al cuarto.
   Tomé la foto del mar pasando por debajo de mí. La vibración de las maderas golpeadas por las olas era una buena excusa para dejar de mirar y entrar a los poemas como si fuera un navegante. No puedo asegurar que fuera miedo lo que sentía, más bien era como estar siempre sobre aviso, a la espera.
   Entonces él me toca el hombro y me pregunta si podría tomarles una foto.
   A ella le brillaba un ojo, el otro había sido fagocitado por una especie de lobreguez somnolienta. Sería la sombra de un árbol que la dividía.
   Tomé la Canon que me dieron. Ellos se alejaron hasta el otro extremo de la pasarela de madera sobre la que estábamos. Me dijeron: acá, nosotros frente al sol y vos allá donde está la sombra.
   Él cruzó su brazo por la cintura de ella. El viento hizo que la chalina y el cabello de la mujer se vieran alegres, brillantes de espíritu, tan livianos. Se miraron. Pensé que algo se prometían, no era tan sólo una palabra indecible, ni una promesa por estar allí, juntos, fuera de sus rutinas laborales, familiares, cotidianas. No lo sabré.
   La veo por la lente: el sol le aclara los ojos a la vez que los va cerrando; emerge una sonrisa.
   Lo veo por la lente: el brazo cruzado tras la espalda de ella, cierta presión para fusionar los cuerpos. La línea que los divide va desapareciendo y los vuelve uno.
   -Ya estamos… -dicen.
   Sin embargo, me inmortalizo en esa imagen: mi cuerpo traslúcido al ras del piso, soportando el peso en mi pierna izquierda. He bajado para evitar que mi sombra les deje una imagen de mí en el centro, justo donde ellos se unen para decir que están listos para soportar el disparo.

  






TAMBIÉN ME ODIA UN GATO


         Ayer no fui buena persona, o a lo mejor podría haber sido mejor persona que la que fui. Lo cierto es que hice lo que pude, por más defraudado de mí que me encuentre.
         A las 12 del mediodía mi hermana estaba en su departamento con baja presión o algo parecido, y mucho dolor. Acá en Bs. As. hizo 41 grados de calor y ella estaba mal porque, además, está haciendo reposo porque el lunes la van a operar de la vesícula: tiene piedras. Me llamó, por una descompostura, unos mareos y la obligué a que viniera a casa para tranquilizarla y que estuviera bajo el aire acondicionado. Cuando salí de la oficina, y abrí la puerta, entré al departamento y el olor a mierda era insoportable. Yo no siento..., me dijo ella. Lo que pasa es que te acostumbraste!, le dije. ¿Dónde estás? La encontré tirada en el piso, mirando la cocina, viendo si podía sacar al gatito. Agarré la Lavandina. Sin sacarme el traje, rodeé la heladera, el lavarropas, caminé lento entre los artefactos y rocié y tiré cloro puro por los rincones.
   
      Toda la tarde estuvimos investigando y armando artilugios para que el animal se animara a salir. Nada. Yo estaba decidido a lo que sería el desenlace. Nos tirábamos de a ratos panza al piso para llamarlo como nos fuera posible. Vanesa había logrado afinar la voz y decir miau igual que el animal. Nos reíamos de eso, porque un par de veces yo no pude distinguir si era ella o el gato. Él nos contestaba con unos débiles maullidos que nos hacían saber que estaba vivo ahí adentro. Mi miedo era que muriera. Vanesa inventó con una cinta scotch y 3 palitos de brochettes una especie de caña para pinchar gatos. Los había unido por las puntas y con eso punzaba, pero no había caso, con el cloro había trepado a no se sabía qué lugar específico de la cocina. Lo oíamos como si estuviera ahí mismo, pero no.
         Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Para qué mierda querías un gato, Sergio?
         Yo, tirado al lado de ella: -¿Para qué voy a querer un gato, querida?
         Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Dónde se metió?, la puta madre. Con los palitos no llego. ¿Eso que está ahí es la colita?
   
      Yo tirado al lado de ella: -Pinchala, a ver...
         Desarmamos esa parte del artefacto, pero no veíamos nada. Yo seguía sin comer y sin sacarme el traje, transpirado a pesar de que el aire acondicionado estaba a 18 grados. Vanesa me pidió que me calmara, que ya iba a salir. Así que me hice algo de comer a las 4 de la tarde (había llegado de la oficina a las 2) y me cambié. Ella se sentía cada vez peor, así que tuvimos que llamar al médico, que le adelantó la operación. Yo tenía que armar la entrevista para la reunión de mañana, atender a mi hermana y al médico, trabajar en unas lecturas, configurar unas fichas y ver de qué modo me deshacía del olor a mierda que nos ahogaba.
         Con frecuencia nos arrodillábamos delante de la puerta espejada del horno, quietos, sin decir nada, intentando percibir el más mínimo movimiento, un ligero maullido, las patitas rozando algo. Después, ya cansados de estar en esa posición, volvíamos a apoyar las panzas al piso, y nos mirábamos hasta que comenzábamos a reírnos porque Vanesa maullaba haciendo caras. Después, de nuevo el largo silencio. Quietos, esperando vaya a saber Dios qué. 
         El gatito para mí había muerto adentro de alguna parte de la cocina y ya no había cómo sacarlo, se confirmaban 3 horas sin oir un sólo movimiento, eran las 7. Golpeábamos despacio, hacíamos ruidos suaves con las uñas, como acariciando la chapa, intentábamos imitar unos quejidos de gato, ruidos de palomas, nada. Yo silbaba bajito y después más fuerte, y Vanesa me decía que eso no parecía un pajarito ni nada. Con las pocas fuerzas de ella, tratamos de tironear y correr la cocina, pero podía desconectarse el caño de gas que daba a la pared y ya sería un nuevo problema para sumar a la lista. La cocina es de esas que van empotradas, así que, por más fuerza que hiciéramos...
         Vencidos, debí llamar a Facundo, el gasista, para que desarmara el artefacto. Tuve que rogarle, porque estaba con trabajo hasta las 9 de la noche y quería finalmente irse a su casa con su esposa y su hijita, sé que fue papá hace apenas unas semanas. Le conté que el gato hacía casi 2 días y medio que estaba dentro de la cocina y yo no sabía cómo sacarlo, incluso había intentado prendiendo el horno por breves minutos. Que ya no se lo escuchaba más y que tenía miedo de que hubiera muerto. Rió tímido, pero con la palabra "muerto" apagó toda muestra de burla, y me dijo que pasaría cuando terminara con todo.
    
     A las 9 de la noche estaba en casa. Llegó con las manos negras de grasa, tierra por la obra en la que estaba trabajando y yo miraba el senderito de barro que iba dejando sobre el piso de porcellanato. Debió sacar cuanto tornillo encontró: cuatro de arriba, cuatro de los costados y tres por cada hornalla. Yo sufría por el gato, por si se perdían esos tornillos y no podíamos reconstruir la cocina, por mi hermana, por la mugre que estaba haciendo el gasista y lo que me cobraría por venir por esto y a esta hora. Mi hermana, convaleciente, igualmente hacía algún chiste cada tanto, como: “ahora la comida va a tener un gustito particular”, pero no podía reír de sus propios chistes porque luego tenía que llorar por el dolor; mejor, así se dejaba de decir pelotudeces. 
         Al final, llegamos al gato que estaba enmarañado entre los caños de gas, muy cómodo, durmiendo y debió despertar suavemente por los rayos de luz. Imagino que tan cómodo no estaría, puesto que no comía ni bebía nada desde hacía dos días.
   
      Inmediatamente lo llevé a la bañadera envuelto en un trapo (no sé por qué, pero me daba asco) y cerré la puerta del baño como si hubiera puesto una bomba detrás de la cortina de la bañera. Despedí al gasista, le pagué, le hice dos chistes malísimos como para descomprimir y llamé a su exdueña:
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola. 
    
     YO: -Hola, Alicia. Soy Sergio. 
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola, ¿qué pasó?
    
     YO: -Te llamo por el gato. No sabés lo que fueron estos días.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Qué pasó?!
    
     YO: -¿Lo querrán las nenas de al lado de tu casa, todavía? Te lo mando en un remisse, en una caja.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¿Pero qué pasó?, tan entusiasmado que estabas.
    
     YO: -No nos elegimos, Alicia. Dejalo ahí. Recién logro que el gasista lo saque de adentro de la cocina. Está sin comer. Muerto de miedo y yo no lo quiero ni ver. 
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Pero cómo que se metió ahí?!
    
     YO: -¿Y cómo se va a meter, Alicia? ¡Qué se yo! Sin palabras. Hace dos días que no duermo, por el quilombo que hizo, el olor a mierda que sale de todos lados,  y en realidad porque me la paso pensando en el gato, me lo imaginaba muerto ahí atrás. Necesito dormir y ver mi casa limpia de nuevo. Tengo una reunión mañana y esto parece Hiroshima.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Bueno, mandalo que se lo damos a las nenas de al lado. Al otro dicen que lo perdieron. ¿Viste que la gata había tenido dos? Se les debe haber escapado.
    
     YO: -Ok. Mil gracias y disculpame. Pero mi casa está llena de cosas que se rompen y acá parece que no hay lugar para mascotas.
    
     Alicia, la exdueña del susodicho: -Y, no, si éste es un salvaje. Bueno, mandalo. 
    
     YO: -Va para allá. Chau.
        
         Abrí la puerta del baño, suavemente, temí que se hubiera subido al barral de la cortina del baño y desde allí me saltara sobre un ojo o la cabeza. Primero encendí la luz, ingresé una pierna y entré. Cerré la puerta y le dije: de acá no te movés. Ya había trepado por la cortina que cubre la bañera, la había dejado hecha girones, estaba como mordisqueada y con las garras había hecho una especie de agujeros en la parte alta. Extendí las manos hacia delante, como un zombi, para protegerme. Lo tomé con la derecha del lomo y gruñó. Apreté el puño como si pesara 10 kilos eso que llevaba. Lo metí en una caja de zapatos viejos. Le hice 6 perforaciones rápidas con un cuhcillo tramontina –clave como si el cartón se resistiera como el hueso de un humano-. Llamé a la remisería, expliqué la situación y allá fue, hacia lo de Alicia, la cajita con 6 profundas perforaciones alrededor.
     
    El gato me salió: 100$ para ir a buscarlo, 150$ para sacarlo de la cocina y 50$ para mandárselo a Alicia y todavía no había tenido tiempo para la desparasitación y las vacunas. Claro, para entonces me daba lo mismo si lo fagocitaba una horda de bacterias.
         Vanesa había decidido irse, ya más tranquila y un poco menos dolorida, porque el calor había sido sofocado por una restauradora brisa que anunciaba lluvia.
    
     Cuando el gato se fue con el remissero, pasé cloro por el piso. Pensé en llamar a la chica que viene a limpiar a casa, pero no podía seguir molestando gente a cualquier hora. ¿La llamo?, me dije. No atendió. Y yo no iba aguantar otro día con la casa en ese estado. Desinfecté con Cif: el lavadero que había albergado al gato unos segundos; la cocina por donde toqueteó el gasista: heladera, mesada, microondas, puertas, bajomesada, picaportes; la bañera donde lo puse hasta que el hombre se fuera... Llevé cada objeto a su lugar. Vidrios y mesas volvieron a sus marcas. La casa olía como una nube blanca de nuevo. Puse toda mi ropa a lavar, para que el jabón quitara los malos olores, y cada pelo adherido a mí, o cualquier cosa que me lo recordara. Me bañé y salí de la ducha envuelto en el toallón y dije: esta sí es mi casa. Respiré profundo el aire limpio, ausente de objetos extraños. Recordé a María Elena Walsh, en una poesía y repetí: "Es tiempo de que las cosas y yo nos entendamos". Me tiré en el sillón, como siempre hago luego de ducharme. Abrí el libro que estaba leyendo. Fijé la vista en las páginas de Cristian Alarcón, la historia cuenta la vida de unos chicos que viven en la Villa 25, calles pequeñas y de barro, madres muertas, hijos adictos, familias numerosas que se aman a su modo. Empecé a hacerme invisible como suele pasarme cuando leo. Pude estar en otro lado, y por eso entendí que nunca había intentado ponerme en su lugar.