HARTO DE LOS ENAMORADOS EN EL MAR
El mar había crecido hasta la calle. Las olas y los ruidos de los autos por primera vez se reunían en el paisaje y eso ya era suficiente para tomar la fotografía. La espuma blanqueaba las hojas de los tamariscos, los dos primeros escalones de la pasarela. Los abuelos y sus nietos hacían algo con el yodo y yo me preguntaba si los tablones resistirían la oleada.
Había llevado 3 poemas de Leónidas Lamborghini en la mochila, un paquete de galletitas, los anteojos para leer y algo de plata. Me senté en el cuarto escalón de lo que suele ser la rampa para llegar a la arena en una de las entradas. Pero esta vez el agua había tapado el segundo, salpicaba el tercero y amenazaba al cuarto.
Tomé la foto del mar pasando por debajo de mí. La vibración de las maderas golpeadas por las olas era una buena excusa para dejar de mirar y entrar a los poemas como si fuera un navegante. No puedo asegurar que fuera miedo lo que sentía, más bien era como estar siempre sobre aviso, a la espera.
Entonces él me toca el hombro y me pregunta si podría tomarles una foto.
A ella le brillaba un ojo, el otro había sido fagocitado por una especie de lobreguez somnolienta. Sería la sombra de un árbol que la dividía.
Tomé la Canon que me dieron. Ellos se alejaron hasta el otro extremo de la pasarela de madera sobre la que estábamos. Me dijeron: acá, nosotros frente al sol y vos allá donde está la sombra.
Él cruzó su brazo por la cintura de ella. El viento hizo que la chalina y el cabello de la mujer se vieran alegres, brillantes de espíritu, tan livianos. Se miraron. Pensé que algo se prometían, no era tan sólo una palabra indecible, ni una promesa por estar allí, juntos, fuera de sus rutinas laborales, familiares, cotidianas. No lo sabré.
La veo por la lente: el sol le aclara los ojos a la vez que los va cerrando; emerge una sonrisa.
Lo veo por la lente: el brazo cruzado tras la espalda de ella, cierta presión para fusionar los cuerpos. La línea que los divide va desapareciendo y los vuelve uno.
-Ya estamos… -dicen.
Sin embargo, me inmortalizo en esa imagen: mi cuerpo traslúcido al ras del piso, soportando el peso en mi pierna izquierda. He bajado para evitar que mi sombra les deje una imagen de mí en el centro, justo donde ellos se unen para decir que están listos para soportar el disparo.

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