EL REGRESO
Le decían
el venezolano porque gritaba pero lo hacía de una manera apacible arrastrando
el paso de las letras como un animal herido Yo había ido a esa jornada en Buenos Aires porque un poema de
los míos iba a leerse. Recuerdo ahora que hago el esfuerzo unos
mandalas unas rosas en un mantel un hospital en
Budapest o en Mali El hombre fuera de la sala de operaciones se sentaba a la mesa
en un bar pedía un café pequeño Tomaba una lapicera y comenzaba a hacer un círculo
alrededor de cada una de las pequeñas flores del mantel Luego unía los círculos
con líneas que iban desde el sur al norte y hasta cualquier confín El mapa quedaba configurado como el
universo recuerdo la idea de una inmensidad blanca repleta de relaciones algo así como una escalera como un laberinto De pronto, una rama del árbol que daba sombra a la ventana se corría por el viento y proyectaba un haz de luz sobre esa totalidad Y ahora se preguntaba el hombre que lo había configurado todo quién era su dios el que daba la vida o la quitaba el que lo hacía esperar y lo obligaba a pasar ese líquido negro y caliente por su cuerpo para saciar con un golpe el dolor La luz había caído sobre una de esas flores y sin embargo no la hacía crecer sino abrir como una
llave el tesoro de lo que se guarda en una espera así Esa manera de estar en el mundo me gusta pienso
ahora No la del venezolano que era un poeta que gritaba que se paró para
recitar con tanta fuerza que rozó sin querer con sus manos el florero que estaba sobre el escritorio central en el acto al que casi vuelca en aquel ademán cuando dijo
la palabra “madre” cuando sintió las uñas en la garganta raspándolo como un bisturí cuando hizo silencio cuando nos obligó a mirar la rosa que casi
cae que casi casi muere de sed sin su círculo sin su luz sin ningún tesoro oculto en la inmensidad de ningún universo
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