martes, 26 de marzo de 2013



LA CAVERNA



En este país, la semana santa se ha unido al día de los caídos por la guerra. No encuentro una sola ancla -más que la cronológica- para que algo así tenga coherencia. Pero pienso en términos bibliográficos, tengo en la mente a Maquiavelo, y hago contrapeso con los evangelios.
Ayer viajé dos veces a la Ciudad de Buenos Aires, lo que fui a hacer no importa, fui y vine. Me encontré con parte del país pidiendo diezmos, dando bendiciones, frenando peatones en el medio de la calle para que inscribieran sus deseos en cuadernos y hasta con un hombre vestido con una túnica que imponía sus manos sobre la cabeza de otro. El “impuesto” cerraba los ojos, lloraba, pedía ayuda del modo que podía. Yo observaba como si desde adentro de su cabeza fuera a proyectarse una película de su mortalidad y pudiera enterarme de su miseria.
“Quiero ser como él”, pensé. Él es el pobre hombre, él es el pai, él es el pensamiento. Pero continué circulando, a su lado, ajeno a su fuerza centrípeta.
-¿Quiere dejar un pedido? –me preguntó una mujer de pelo rubio y atado, tirante hasta el dolor, que me interceptó sobre el cordón de la calle.
-¿Qué podría pedirle a ud.?
-Lo que quiera, señor –me dijo y fijó su mirada en mi frente.
-¿Lo que quiera?
        -Exacto.
Hice silencio mientras desviaba la mirada para pensar. El semáforo cortó. Crucé la avenida Santa Fe. Creo que le dije “gracias” no bien abordé el asfalto, no lo recuerdo.
Los autos detenidos también sentían curiosidad por la escena del hombre llorando frente a la ferretería. El religioso ahora le cruzaba un brazo por los hombros y una mujer lo sostenía de una mano.
Una cuadra después, me detuvo otra mujer:
-Bendiciones para ud., señor –me dijo dirigiendo las palmas de sus manos hacia mí.
-Gracias –le dije adivinando lo que pretendía hacer con ellas.
-¿Quiere pedir algún deseo?
-¿Y qué podría pedir? –le contesté, y tomé el cuaderno que me alcanzaba.
-Lo que quiera, señor.
       -¿Lo que quiera?
       -Eso mismo. Ud. sabe lo que desea su espíritu.
Pero esa ya era una respuesta que había oído, y no lograba sorprenderme. Dejé el cuaderno en una mesa y partí, antes de que insistiera.
Comencé a bajar las escaleras del túnel que une el tren Mitre con el subte en la estación Ministro Carranza. Ese pasillo es caluroso en cualquier momento del año, se mantiene oscuro y con cientos de insectos que se alimentan de las mercancías de los vendedores, de los desechos que quedan cuando ellos se van. A pesar de la temperatura, que es mucho mayor a la que puede sentirse al sol, los comerciantes se instalan con sus canastas, sus mesas, caballetes y sus cajones de verduras. Saben que es un paso obligado, que siempre los verá una oficinista, una madre apurada, un hombre que lleva frutas para el postre. Aguardan quietos y silenciosos sentados en el piso; cada tanto pasan un trapo por su cara y vuelven a dejarlo sobre sus rodillas. Los oigo hablar bajo en medio del zumbido de las moscas y de las pequeñas langostas que ellos saben espantar. Vaya paciencia, pienso.
-¿Una frutita para la familia? –me preguntó uno de los que yacía en el piso.
       -No tengo familia –le contesté.
-Yo tengo 6 hijos, señor, y más mi mujer somos siete –me dijo hastiado de dar siempre esa respuesta.
       -Si quiere puede pedir un deseo –le respondí. Y me fui señalando a la mujer con el cuaderno en la mano. Pero se quitó un insecto que le rondaba en la cara y volvió a tenderse en el suelo.




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