viernes, 22 de marzo de 2013


COMPAÑEROS



De nuevo sóno el despertador a las 6 de la mañana y lo apagué. La consecuencia fue tener que correr con el cinturón en la mano, la pasta dental en el bolsillo y los papeles del día a punto de caer si no los ponía urgente en una carpeta.
Caminé las 5 cuadras que separan mi departamento de la oficina. No quiero entrar en detalles con eso. Realmente el apuro no me dejó más que fotografías: un gordito fumando mientras baldeaba una vereda, 6 o 7 chicos en la puerta de un colegio, una oficinista apurada, un hombre tapado de cartones y durmiendo como un ángel, y creo que nada más.
Llegué. Las puertas corredizas se abrieron solas. Puse el dedo en la máquina para que el sensor me leyera las huellas digitales: tarde, 2 minutos tarde. En lo que va del mes ya es la cuarta, y eso se castiga con un descuento de casi 2000 pesos restados del presentismo, más una carta que le enviará la gente de recursos humanos a mi jefe. Él la firmará y después va a decirme algo. Tampoco hoy entraré en esos detalles.
Subí los 6 pisos hasta mi oficina. Dejé el bolso, los papeles. Fui a cepillarme los dientes, pero advertí que no había traído lo principal. Me puse el perfume. Me serví un café de las máquinas dispuestas en el corredor central de cada piso. Hice unas gárgaras para no continuar con mal aliento y bajé hasta la panadería a  comprar algo que me llenara el estómago.
Un auto estacionaba en el medio de la cuadra. Por la puerta del acompañante bajaba un niño de aproximadamente 5 años, con su pintor celeste; luego una mujercita de 3 o 4 abrazaba a su papá, le daba un largo beso en la boca, él le acomodaba el pelo, ella sonreía, él la alzaba para que pudiera bajar.
“¡Despacito!”, gritó el hombre que manejaba. El niño la tomó de la mano. Él era quien llevaba la mochila de ella. Vaya a saber en qué consistía el equipaje, imposible que pueda imaginarlo en mi estado. Sí vi la rana verde que bailaba, y tocaba una flauta. El niño la acompañó hasta donde estába la maestra. La mujer lo saludó. Él la abrazó y entregó la mochila. Luego él saludó a su hermana, pasó los brazos por alrededor del cuello de ella y, de la misma manera que había hecho su padre, se despidió con un beso en la boca de la mujercita semidormida.
Lo vi regresar despacio al auto. El padre le abrió la puerta, le dijo algo y partieron
       Los seguí hasta la esquina, doblaron y desaparecieron. Sobre el cordón de la calle, allí mismo, a metros de las escalinatas del palacio del poder judicial, dos mujeres se habían sentado. Tenían anteojos negros, sé que una de ellas lloraba. La otra la rodeaba con un brazo y sé que hubiera querido que viera la rana verde con una flauta en la mano.

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