miércoles, 20 de marzo de 2013


TELARAÑA


                                  
“…quisiera decirte que no pienso la amistad como una cosa positiva, 
es decir, como un valor, si no mucho más, es decir, como un estado, 
una identificación, por tanto, una multiplicación de la muerte”
Robert Antelme




Dedicado a  B. C.



En lo que va del día me he enterado de tres cosas: que B. está siendo operada desde las siete de la mañana, cuando entró al quirófano por su cáncer; que L. espera alguna noticia en algún asiento de esas  salas; y que el mundo hoy para mí es una especie de ceguera parda.
Desperté a las 6.58 de la mañana. He intentado abrir los ojos pero ha resultado imposible. Me prometí que pasaría, que sólo era cuestión de tiempo, que el mal es siempre menor, y el sueño es igual en cualquier lugar del mundo. Me interrogué vanamente sobre el peso de un párpado, de los dos, acerca de la cortina negra de humo y braza tibia.
Voy al baño, el suelo resbala por el polvillo, la humedad en la habitación, la perilla de la luz. Cómo será este rostro ciego bajo mi frente brillante y transpirada. Me cepillo los dientes. Ya habrá oportunidad de despertar... Y froto los ojos con el  jabón de miel.
Camino hacia el comedor con una mano delante de la otra para no golpearme, o tirar la lámpara que está sobre la mesita; es de cristal blanco, el suelo la estallaría. Otra vez la llave de la luz, el cajón de esa pequeña mesa, los papeles que debo ordenar algún día, boletas impagas, vencidas, cartas viejas, llaves sueltas. La tijera, dónde está la tijera, la punta. Acá. No meto los dedos en sus agujeros. Abro sus cuchillas con las dos manos. Las tomo con una. Froto cautamente el filo del borde por donde se une el párpado a mi piel, como si me delineara. Una primera grieta de sangre resbala por mi mejilla, es aceitosa, hace una cosquilla tolerable. Entra por la comisura de mi boca, sabe a sal, no es sal, es algo aceitoso y ácido que se ha salado. Antes de llegar a la tijera, debí haber intentado con una hoja blanca. Tomar el papel a4 por los bordes, estirarlo bien, hacer el mismo movimiento que al encender un fósforo, un solo y único tirón, para que la superficie del borde corte y arda.
No consigo despegar esos tejidos. Me dirijo al pasillo, ahora. Las baldosas estaban heladas, el invierno no acaba de irse. Las plantas huelen bien excepto por esos hongos que expulsan un vaporoso olor amargo, como a café. No tendré tiempo para desayunar. La mesada tiene migas, pequeñas, estrellitas de pan que pinchan en mis dedos. Tiro del cajón. El ruido de los cuchillos tiene algo de espectacular. Recuerdo esas mujeres a punto de ser asesinadas, que antes de morir intentan correr hacia la cocina para buscar el cuchillo. El ruido ya es una tipología del cine. Lo tomo por el mango. Me he asegurado de que tenga una sierra de las nuevas. Compré cuatro la semana pasada. Uno de esos es el que empuño. Apoyo el lado que pincha sobre la grieta de mi ojo. Aprieto y corto. Aprieto y entra, entra, algo parece que se abre. De derecha a izquierda, y algo traba el movimiento y no lo deja fluir. No hay huesos en esa parte. No hay ni un solo hueso, me repito. Pero sí hay venas, sí tengo miedo. Con la punta empiezo a clavar nuevamente, con pequeños golpecitos. Confirmo que la sangre es algo aceitoso, los pies resbalan en el piso de porcellanato. Imagino la mezcla de ocres y bordó. No es un mal cuadro, aunque sí algo patético.

      L. espera en la sala mientras a B. le raspan y le sacan algo de su cuerpo, algo que no le pertenecerá ni siquiera al pensamiento. He puesto mis andamios, he crecido y adorado a B. Y eso es lo único que veré en esta puta mañana. 


2 comentarios:

  1. Cuanta vida, cuantas ganas de vivir.
    Yo creo que en esta hora, que solo constituye una de millonésimas, haz vivido mas de lo que la humanidad toda se ha animado a percibir a lo largo de su evolución.
    Que es la vida sino?, ese instante, en el que el mundo circundante, nuestras sensaciones mas imperceptibles corpóreas y nuestro mundo de emociones interior confluyen en un mismo momento.
    Esa es la gran telaraña en la que vivimos cada día, solo que muchos vagamos por ella sin comprender su magnitud.
    Gracias, por perpetuar este estado que revivimos en su permanente contradicción.
    B.

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