lunes, 25 de marzo de 2013




UN PEDAZO DE FIELTRO



Hace dos días entendí que mi madre nos había mantenido separados de la Tierra.
Recuerdo que antes de cerrar la puerta e irme para siempre de mi casa, le recriminé que no me hubiera dejado usar la pileta del baño para lavarme las manos. “La dejás hecha un asco”, decía. También le recordé las veces que, harto del trabajo, no había podido dormir la siesta porque las sábanas se rozaban con el cuerpo transpirado. Y le dije que siempre me había dado vergüenza traer amigos a casa y que los hiciera andar sobre patines, para que el piso se mantuviera lustrado y sin marcas.
Luego del episodio estuve casi ocho años sin ver a mi madre. Esa es la conclusión aparente. Pero hay otra más verdadera y exacta: yo aprendí a ser poeta porque ella se interpuso entre yo y los objetos, me desplazó de ellos los centímetros necesarios para que no me rozaran. 
Planeo sobre ellos, los acaricio como si fueran patos, los evoco en mis sueños, y sólo de vez en cuando, me animo a abrir alguna ventana para que entre el sol, y se pose en mi casa algo que no controlo. Una mosca, por ejemplo, llegará volando o se desvanecerá con el insecticida sin que yo comprenda finalmente cómo ha podido conquistar el mundo.


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