jueves, 21 de marzo de 2013


SIN PIEL



Alguna vez en mi vida sentí que mi cuerpo era etéreo. Supuse que, tal vez, la sensación de hoy sería similar, pero, ahora tampoco yo puedo reconocer mi desintegración.

Mi madre vino a visitarme el lunes por la tarde. No quería más que saber de mí, arrancar de mis palabras eso que ella ha cosechado con paciencia, deconstruir alguna idea nueva que anduviera rondándome, problematizar sobre intrascendencias, decirme que estoy descuidado, traerme algo de comida casera y aprovechar mi tiempo de metamorfosis para su provecho.

“Sergio, esto es una conserva con tomates secos que preparé el sábado y esto es una crema que te va a ayudar con la descamación”, me dijo entregándome dos frasquitos de café instantáneo rellenos con sus preparados.

Habitualmente lo que ella trae se cubre en mi heladera con una capa de hongos peludos que forman una tapa blanca. Cuando abro el frasco para saber si la comida se ha podrido, ingresa a ellos una leve ráfaga de viento que ondula esos pelos finísimos. Me siento tentado de pasar la yema del dedo por la pelusa suave. A veces lo hago, y lo acaricio como si fuera un ratón dormido en la palma de mi mano.

Lo que sigue es tirar las mermeladas, las cremas, los higos en almíbar, los tomates y berenjenas. Suele ocurrir que olvido abrir la heladera y cuando ya no tengo más dinero para comprar en Mc Donald, acudo a ver qué hay en mis cajones. Entonces recuerdo la exhibición de obsequios fríos que hay en el segundo estante, como si fueran una exposición de preparados de algún laboratorio. Pero ya es tarde.

El martes pasé la crema debajo del abdomen, en las axilas, tras las rodillas, en la espalda baja y entre los dedos de los pies.

La sensación cada año inicia como una picazón suave en los pliegues de la piel, lugares húmedos que evitan la luz y el aire, el Espadol, y por los que olvido pasar la toalla al ducharme. Rasco y las uñas son como cucharas entrando en la carne, igual que orada una gubia el yeso. Pongo las manos en forma de garra y arrastro. Eso hace circular la sangre con ardor y forma imperceptibles canales que demuestran que allí falta algo. Entonces comienza a arder, un cosquilleo insoportable burbujea como pimienta en la herida.
Al principio comparaba esto con las pestes que me agarraba pisando descalzo el piso de los clubes. Iba al dermatólogo y allí el hombre me informaba de cierto fungi que se había alojado en mi piel y me utilizaba de huésped.

Después del baño unté el preparado de aceite blanquecino, porque imaginé que calmaría el dolor. Lo hice desaparecer frotando con la palma, y pequeños rollitos de piel iban cayendo al piso. Tomé la escoba y barrí esa especie de aserrín. Estoy acostumbrado a estos obsesivos actos de limpieza, mi abuela era psoriásica y cuando se quedaba a dormir en casa, yo por la mañana acumulaba en mi mano los restos de su piel que quedaban en mi cama, delgadísimas capas de almendra que yo contaba hasta perderme. Los desechaba en la basura y volvía a comenzar. A veces los soplaba sobre el campito de al lado, y los veía volar, flotando en el aire. Se pegaban en las plantas, en los yuyos, en mi pelo.
Durante los días restantes, entre miércoles y el jueves, la piel fue levantándose más fácilmente, por suerte para mí, que deseo que todo ocurra de inmediato. Esos suelen ser días de mucha reflexión, de proyección al futuro, de mirar lo que dejo. Soy obsesivo pensando y capaz de convertir un haz de piel en una piedra que caerá por la eternidad, como en el mito Sísifo. Es importante que yo entienda esto que me pasa, no siempre uno sufre transformaciones así de ineludibles y espontáneas. 
Lo primero que ocurre son las ampollitas en la cara y el resto del cuerpo, que separan esa capa de piel de otras. Luego algún movimiento mío las roza con una sábana, una remera o el shampú, y la piel cae. Lo mismo va ocurriendo con las restante microcapas. Yo insistí con la crema de mamá, pero los tejidos de los músculos y los nervios, comenzaron a quedar al descubierto. La llamé para preguntarle qué podría estar ocurriendo, lo más normal es que al proceso le siga el crecimiento inmediato de una superficie robusta y callosa, un tejido más apto, suelo decir yo. “No sé, tendría que funcionar”, me dijo.





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