MATAR A UN NIÑO
(parte 2)
Y entonces toqué el timbre como si hubiera
apretado un gatillo. Y lo hice por largo tiempo, para que los vecinos de arriba
y de abajo y los de los costados supieran que era mi turno, tal vez con
la secreta esperanza de ser una especie de héroe de edificio, de esta pequeña
porción de tierra que nos tocó habitar. No tendré rayos equis pero tengo una
calentura que vuelo, me dije. Soledad abrió la puerta
-Sergio, discupanos –me susurró-. Nos debés
odiar…
Yo tenía una zapatilla en la mano, a pesar de
que estaba descalzo. Había tenido la precaución de ponerme la bata azul de
polar, que me quemaba en el cuerpo. Ella tenía su camisón vomitado, el pelo
revuelto, el maquillaje negro del día anterior esfumado en la cara y un aro de
perlas desarmado entre los dedos. Matías iba y venía con la inmundicia en
brazos, lento, pero sin pausa, podría estar eligiendo el lugar para tirarlo al
piso y ver si rebotaba como una pelota de básquet. Pero era precavido, no sabía
en qué momento el alacrán daría por fin la última estocada: un manotazo en un
ojo con sus uñas de acero quirúrgico, un alarido de onda expansiva o el viejo
truco del vómito a repetición compuesto de puro ácido estomacal.
Sé que en un momento me vio. Hizo silencio, una
pausa en la que nos miramos como los contendientes que éramos. Y sé que intentó
que me sintiera miserable. No se lo permití. Con un rápido pestañeo le cerré mi
alma, cualquier puerta a mi espíritu que estuviera intentando abrir con esa
mirada azul y pulcra como el cielo.
-Chicos, yo entiendo todo hace un año. Pero las
cosas así no pueden seguir. Así no es posible seguir viviendo.
Soledad miró el piso. Matías intentó decir algo
que no entendí. Luego él también se quedó sin palabras. Los noté devastados,
sin fuerzas. Ellos no sólo entendían lo que les estaba diciendo, y lo que les
decía es que se fueran o que envolvieran a la inmundicia de 50 centímetros en
vendas como una momia inmovilizada, lo rociaran con alcohol y lo tiraran a
alguna planta recicladora del Ceamse, hecho cenizas, hecho polvo.
-No sabemos lo que le pasa –me dijo Soledad sin
mirarme, probablemente avergonzada por la impericia-. No es la pancita, no es
hambre, no son los pañales, no es el calor…
Pero no me nombraba la perversidad del jabalí
que Matías acunaba creyendo que era un niño, no me nombraba su conciencia del
mal, la verdadera responsabilidad. Ellos, tal vez, sí entendían, pero no iban a
desamparar a su tirano. Ellos, vasallos del amo, también habían aprendido a ser
alguien de ese modo. Los humanos tienen niños como se tienen los objetos. No
tienen hijos: tienen el poder de un capital. No han hecho un ser humano: han
intentado constituirse y completarse culturalmente. Pero no soportan las
consecuencias que su desmadrado deseo ha engendrado. Querían ser ciudadanos
correctos, seriados, uniformes, cumplir con el mandato; querían continuar la
especie; querían mejorar el destino de sus vidas o al menos intentar tener uno;
dar a su matrimonio la vuelta de tuerca para el deseo sexual evaporado, con sus restos ácidos, como si se hubiera hervido vinagre;
querían encontrar el sentido del que carecen sus vida; pero la historia se
complace en devolverles a los miserables, egoístas, su miseria. Y eso
obtuvieron: una miseria de 50 centímetros .
“Éguio”, escucho. “Éeegiiio”, se repite desde algún
lugar del dormitorio.
-Te está llamando. Quiere decir “Sergio” –me dice
Soledad, imitando una sonrisa llena de ternura que su cansancio obtura
endureciendo cada uno de los músculos faciales.
Allá venía Matías, con la basurita en sus
brazos, aún sin dormirse, vomitada por tercera vez y con un olor a mierda sólo
comparable con la caca de perro mojada al baldear la vereda, o el olor de las
gallinas cuando las hierven para arrancarles las plumas.
-¿Lo escuchaste?
Matías continuó acercándose hasta que el brazo
regordete de la misería humana logró tocarme. Los estiraba como los extiende un
soberano que se dirige a su pueblo desde un balcón. Estiró esas dos pinzas de
cangrejo y se prendió de mi bata azul de polar.
“Éegiiio…”, repitió. Me miró. Intenté cerrar los
ojos, pero su mirada era intensa. Ya lo tenía sobre mi pecho y ahora pasaba un
dedo por mi oreja. Suficiente, me detuve en su piel, era tierna, era tan clara y
límpida e indefensa. Bastó que me acercara un poco para notarlo.
No volvió a hacer esos sonidos con su boca, pero
dentro de mí algo resonaba por primera vez, algo que nunca había sido dicho en
mi nombre se expandía como una tarde, como un campo recién cultivado, era un eco nuevo que me definía para siempre: “égio”.
Lo del olor de la gallinas es asi!!! jeje
ResponderEliminarSublime! Me encantó ,y no creas que me gusta todo lo que leo, pero es precioso..
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