viernes, 1 de noviembre de 2013

EL PELIGRO DE UNA HISTORIA ÚNICA, CHIMAMANDO DICCHIE






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Harto de leer siempre lo mismo, harto de llegar al segundo verso de un poema y ya saber el resto, harto de que la creatividad y el estudio sea "para después", harto de la falta de compromiso con la lengua, harto de que la película termine con el beso y la sonrisa falsa, harto de que la industria cultural le diga a los escritores: no pienses, nosotros lo hacemos por vos.

Esta conferencia que comparto con uds., es, tal vez, la más importante que he visto, la que más ha calado en mí. Esta escritora nigeriana nos permite pensar qué es el lenguaje, en qué sentidos se ha usado y se usa, cuánto daño hace y cuánto sana, depende del filo y de qué piel recorte. Todo lenguaje es un cuchillo: vas a matar o morir, pero vas a ser recortado.

Por la sanidad de la palabra, todos debemos entender lo peligroso que es el clisé, el lugar común, el prejuicio, la repetición, el estereotipo, LA COMODIDAD, y todo el resto de estructuras lingüísticas defendidas por la "banda" de los "muchachos" de la industria cultural, que no te ejercitan, y por eso tu obesidad, la grasa que cargás se define por palabras que te has tragado, pero no te pertenecen.

Si hay un subtexto con nombre y apellido aquí, tal vez pueda llamarse Foucault.

Feliz de compartir con ustedes este video. Espero sus comentarios.



martes, 22 de octubre de 2013



LA FORMA DE LAS NUBES




-¿Vamos al cielo de verdad? ¿Por el agujero grande o por el agua? –pregunta Catita mientras papá Andrés termina de ponerle el pijama y enciende la linterna.
-Hay que encender la luz. A ver… -dice papá Andrés, mientras apaga la lámpara que está al costado de la cama de su hija.
-Pero que no caiga ni una nieve –dice Catita.
-Primero nos ponemos las antiparras. Y tenés que llevar las alas de paloma para subir cuando lleguemos. ¿Ya las pintaste? –pregunta papá Andrés.
-Sí, y almohadas de los brazos y las piernas para no golpearse –responde Catita.
-¿Entonces yo me pongo la campera de alas también? –pregunta papá.
-Sí –dice Catita.
-Y después te pongo tu camperita para que cuando nos suba el viento no te dé frío.
-Para que no me haga frío. Y patas de pato para salpicar. Pero en la mochila.
-Patas de rana verde para mí. Después te pongo tu pantalón suavecito que hace cosquillas. Y por último, tu gorrito de minero.
-¿Pero está oscuro? –pregunta Catita
-No sabemos, puede estar. ¿Nos falta algo? –pregunta papá.
-No sé...
-¡Hay que llevar la brújula que nos dio el abuelo! No podemos perdernos. La cargamos en tu mochila –dice papá Andrés.
-No me acuerdo qué es la brújula –dice Catita.
-Es un reloj que nos dice dónde ir. Pero también le podemos preguntar a algún animal.
-Por qué tenía brújula el abuelo –pregunta Catita.
-Porque te la quería regalar para que no nos perdiéramos cuando viajamos al cielo –contesta papá Andrés.
-Ah, sí…, cierto. ¿Y la brújula tiene una boca que te dice? –dice Catita.
-Sí, es como un teléfono pero habla sola. Ella sabe si estamos perdidos. ¿Y ahora? –Pregunta papá.
-Salimos –contesta Catita.
-Hay que llevar un pan y lechuga por si algún animalito tiene hambre, o por si lo queremos llamar y que nos diga por dónde es el camino.
-Yo lo agarro, y lo guardamos en mi mochila –dice Catita.
-Muy bien. Ya tenemos todo. Ahora sí. ¿Preparada? –pregunta papá Andrés.
-Sí –dice Catita.
-Entonces te agarro de la mano y yo también me pongo mi gorrito. Voy a abrir la puerta y vamos a salir.
-¿Hoy es la mañana o la tarde? –pregunta Catita.
- Hay mosquitas en la higuera, y si mirás el pasto que está lejos, se mueve y te marea. Así que debe ser la tarde. Vamos a caminar por una calle. Chau, señora de la canasta –dice papá Andrés.
-¿Le damos un poquito de pan?
-Le damos si nos pide –dice papá Andrés.
- Ah, sí –recuerda Catita.
-¿Vamos a cruzar la calle? Creo que del otro lado vi un pasadizo –susurra papá Andrés.
-Sí, pero no quiero que haya un tiburón –contesta Catita.
-¿Pero qué hay que hacer antes de cruzar? –pregunta papá Andrés.
-Ver si hay un auto –dice Catita
-Miramos para acá. Para allá. No vienen autos. Te agarro la mano. Y sí... ahí está el agujero grande, adentro de la tierra –dice papá Andrés en voz baja.
-¿Se mete por abajo de la tierra? –susurra Catita.
-Sí. Tenemos que bajar con muuucho cuidado.
-Despacito. ¿Y tenemos que prender la luz? –pregunta Catita.
-Eso mismo. Vamos a prender la de tu gorrita. ¿Vos vas alumbrando?
-Sí –contesta Catita.
-¿Y qué vemos? –pregunta papá Andrés.
-Un barco –murmura Catita.
-¡Es un barco! No me había dado cuenta –dice papá Andrés- ¿Cómo habrá llegado hasta abajo de la tierra?
-Porque antes había agua y se rompió –responde Catita.
-Pasamos por al lado del barco. ¿Hay piratas? –pregunta papá Andrés.
-Sí, pero algunos están dormidos y otro que llora –dice Catita.
-Hay muchas lágrimas y se están formando charquitos. Plaf plaf plaf.
-Sí, porque está triste por el barco. Y también hay un pescado con los ojos salidos –dice Catita.
-Pobre pirata. Nosotros tenemos que nadar –dice papá Andrés.
-¡No!, ¡no hay tanta agua! –dice Catita.
-Ah, qué susto. Yo pensé que sus lágrimas nos iban a llenar de agua. ¿Y qué va a pasar con el pescado? ¿Cómo es? –susurra papá Andrés.
-Tiene granitos. Y chorrea un poquito de jugo.
- Pobre pescado. Me da un poco de miedo… –dice papá Andrés.
- No, porque es así, es bueno, no te hace nada me dijo el abuelo –contesta Catita.
-El pirata nos está sonriendo, parece que te escuchó y nos saluda… Chau, pirata. Hay que seguir el camino, Cati, así llegamos más rápido. Seguí alumbrando que está oscuro –dice papá Andrés.
-¿Y si me asusto? –pregunta Catita.
-Ya falta poquito para salir. Me parece que allá veo algo. Qué será –pregunta papá Andrés.
-No sé –dice Catita
-No hay que tener miedo. Debe ser un amigo.
-Sí, un pájaro que yo dibujé un día –dice Catita.
-No puede volar como hacemos nosotros –dice papá con cara triste-. Tenemos que llevarlo afuera y que use las alas.
-Sí, pero yo le hice alas grandes como mariposas –dice Catita.
-Mirá esa luz allá, ¡como una luna al final! Me parece que veo la salida. Vamos. Vos agarrás al pajarito. Lo ponemos en mi mano. Vamos a llevarlo afuera para que vuele –dice papá Andrés.
- ¿Es grande?
-No, es chiquito como una mano cerrada. Estamos saliendo por un agujero lleno de sol. Apagamos la linterna. ¡Es un bosque! –dice papá Andrés.
-¿Y qué hay? –pregunta Catita.
-Tenemos que averiguarlo, porque es muy grande. Pero por acá se llega me parece. ¡Hora de mirar con nuestras antiparras! ¿Qué ves, Cati? –pregunta papá.
-Árboles y hojas para dibujar -dice Catita.
-Escuchá el ruido de las ramas… hace como el mar… Son árboles de muchos colores. Y está todo lleno de hojas. Se puede dibujar con las ramas, con los animales, con un pasto, con una piedra.
-Y con los dedos –dice Catita.
- Sí. ¿Ponemos al pajarito en el pasto o sobre una hoja para dibujar? -dice papá Andrés.
-Ahora quiere volar. ¿Podemos ir con él? –dice Catita.
-¿Lista para subir a un árbol? –pregunta papá Andrés.
-Lista. Pero no nos soltamos la mano –dice Catita.
-No, claro. Vamos cerrando los ojos. Esperamos un poquito a que venga el viento. Y vamos subiendo des… pa… ci… to… -susurra papá-. No nos soltamos. Vamos a dibujar frutas. ¿Cuál querés?
-Peras. ¿Yo hago dos naranjas para la abuela? –pregunta Cati.
-Claro. Agarramos una pera para vos, una manzana para mí y dos naranjas para la abuela. ¿Las dibujaste? ¿Las ponemos en tu mochila? –pregunta papá Andrés.
-Sí, listo. Pero una no me salió como pera –dice Catita.
-¿Y qué gusto tendrá? Debe ser como mermelada. Entonces abrimos tu mochilita. Ponemos las naranjas. Y nos sentamos en una rama a comer tu pera y mi manzana –dice papá Andrés.
-Sí –dice Catita.
-¡El cielo también es de hoja de dibujar! Agarremos una flor y pintemos, Catita –dice papá Andrés.
-Las nubes con formas de pelota… una nena arriba de un globo… ¿Ya estamos más cerquita de las nubes? –pregunta Catita.
-Hay muchas nubes, es verdad. Pero falta caminar un poquito más para llegar a las verdaderas. Pero… ¿por dónde tendremos que ir? ¿Será ese camino de allá abajo? –pregunta papá Andrés.
-No sabemos… -dice Catita.
-Y yo veo un animalito. Me parece que es un venado. Tenemos que bajar a preguntarle –dice papá Andrés.
-¿Cómo es un venado? –pregunta Catita.
-Tiene la nariz de topo y la piel de pelusa. Cuando corre se le enredan las patas, pero no hay que subirse arriba porque le duele la cintura –dice papá Andrés.
-Como la tía Beba. Y yo le voy a dar lechuga –dice Catita.
-Dame la mano. Vamos a esperar que el viento venga. Esperamos quietitos en la rama… ¡Ahí viene!, nos va llevando suavecito para abajo. Qué suaveeciiito… y llegamos hasta el pasto –dice papá Andrés.
-No hay que subirse porque no es caballo como Manchi. ¿Tiene hambre? –Pregunta Catita.
-Tenés que agarrar un pedacito de lechuga de tu mochila y acercárselo para que coma.
-Yo lo hago.
-Sí. Hablemos bajito. Nos acercamos con pasos chiquitos, con mucho cuidado porque no hay que asustarlo. Somos amigos. El venado viene con cuidado, porque tiene miedo –susurra papá Andrés.
-Pero no nos vamos a subir –susurra Catita.
-No. Pero igual viene despacio y se acerca a tus dedos –susurra papá-. No tengas miedo. Estirá el bracito que él con su hocico lo va a oler.
-¿Qué es un hocico? –susurra Catita.
-La boca de los animales. Entonces con la boca lo agarra de tus dedos y lo come y nos dice “gracias amigos” –dice papá Andrés.
-Pero las naranjas no se las podemos dar porque son para la abuela Mema -dice Catita.
-Claro. Pero nos quiere decir algo. ¿Vos lo oís? Yo no puedo porque habla bajito… -dice papá Andrés.
-Dice que él sabe dónde es el cielo de verdad –dice Catita en voz de secreto.
-¡Vamos! ¡Ya estamos por llegar, parece! Hay que seguir por este camino de tierra que dibujaste. A los costados está lleno de árboles de colores, y puertas y comida, y nubes –dice papá Andrés-. ¡Cuántas cosas que dibujaste!
-Y grillos y un caballo.
-¿Te gustaría que llamemos al caballo, así le preguntamos si nos quiere llevar? –pregunta papá Andrés.
-Sí. Tengo que cortar un pedacito de pan para que venga.
- Muy bien. Sacamos el pan de tu mochi. Lo cortamos. Y el caballo viene porque tiene hambre y no llega a comer las frutas que están arriba de los árboles.
-Es Manchita del abuelo. ¡Vení Manchita! (pero bajito lo digo…)
-Sí, tiene manchitas de muchos colores. ¿Serán de caramelo? ¿Nos subimos?
-¡No son caramelo! Son de pelusa de venado –susurra Catita.
-Él nos dice gracias por el pan que le dimos y nos deja subir a su lomo. Nos agarramos fuerte de la soga porque corre rapidísimo. El viento nos da frío en la cara. Qué fuerte que corre –dice papá Andrés.
-¿Tiene sed?
-Donde vamos hay mucha agua, así que él va a poder beber allá. No nos soltamos de las sogas porque ¡va muy rápido! ¡Yo te agarro fuerte, Catita, no te preocupes! ¿Te gusta el viento fuerte? –pregunta papá Andrés.
-¡Sí! –grita Catita.
-Pasamos una casa muy alta con una torre. Un elefante sin pintar… solamente con sus rayitas negras. Saltamos por adentro del elefante transparente.
-¡Chau, elefante! –dice Catita.
- Tenemos que frenar porque ¡ya llegamos! Decile que frene –dice papá Andrés.
-¡Frená, Manchita! –dice Catita.
-Ya está. Nos tenemos que bajar. ¡Llegamos! Qué linda es esta montaña petisa, qué suavecito que es el pasto. ¿Todo esto dibujaste vos?
-Sí, con la señorita -dice Cati.
-Y más allá hay mucha agua para que tome Manchita. Los árboles se ven lejos, atrás. Ya los pasamos. Mirá qué cerquita tenemos el cielo –dice papá Andrés.
-¿Acá hay viento para subir hasta las nubes de verdad y ver a mamá? –pregunta Catita.
-Sí, mi amor. Llegamos. Ahora… tenemos que ir cerrando los ojos… y esperar un poquito…  –dice papá Andrés mientras apaga la linterna de la mano de Catita. Él también esperará a que mamá venga a darles el beso, por el que viajan todas las noches, antes de cerrar los ojos y dormir.




miércoles, 11 de septiembre de 2013





PREMIO ÚNICO II CONCURSO NACIONAL JAVIER ADÚRIZ DE POESÍA


para el libro


Fenómeno natural
de Ricardo Costa




Primera mención para el libro

Bailar solo
de Sergio Guerrieri










  


Concurso de Poesía "Alejandro G. Roemmers 2013"
Jurado integrado por: Jorge Aulicino, Rafael Felipe Oteriño,
María del Mar Estrella y Alejandro G. Roemmers.



Muy agradecido por el premio y honrado ante
semejante jurado.
Gracias.
Sergio G.



jueves, 22 de agosto de 2013

LA MÁCULA







-¿Nunca le preguntaste si había tenido antojos por tu embarazo?

-La verdad que nunca me había visto eso.

Mi madre me confirmó varias cosas: que nunca supo el nombre de lo que la había sometido en San Pablo, y que extrañamente mi padre tenía la misma mancha de nacimiento color ocre, también a un costado de la ingle.

Si no era una noche calurosa, qué era; si no era una bebida refrescante a orillas del mar, a qué sabría; si no tenía una definición, cuál sería el tamaño de su antojo.

Comencé a rozar la mancha en mi cuerpo con las yemas de mis dedos una madrugada, y, sin saber si era cierto o un probable invento para intervenir mi piel, accedí a la confirmación de que esa porción era más blanda que otras partes y de la palabra mancha, surgió “mansa” de mí.

Por las noches bordeaba la mansa hasta dormirme pensando en la construcción de las zonas erógenas que describía Freud, el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre. La mano de la madre hurgando, como una vara sucia por las vísceras, el ave recién nacida; rama muerta de la madre depositando un brote de su antojo.

Si yo tenía en el cuerpo un "olvido" de mi madre, probablemente mi padre llevara en su cuerpo una evasión de la suya; esto permitía pensar que, si mi padre y yo llevábamos la misma marca, eso era la hegemonía del deseo de mi abuela por sobre el de mi madre. La mano de la mujer se superponía con otra mano y ahora lo que horadaba era inclemente y casi garra.

Con el tiempo fui descubriendo que cuando me tocaban la mancha, una tensión sobre los acontecimientos se deslizaba por el abdomen, no de un modo fotográfico y convencional, sino de un modo diacrónico e intermitente: sobre la piel, un gato rozaba su lengua áspera dentro de mí; sobre el pensamiento, yo era indescifrable ante cualquiera, al mismo tiempo impronunciable para mis predecesores.

Luego de un verano, la mancha se expandió, no de un modo preocupante, pero sentía que sus bordes, más claros e imperceptibles, se configuraban como un mapa nuevo. Era un circuito no repetido en la zona del resto mi piel. 
      Eso sin nombre ¿se habría agrandado también en mi sosía?, ¿sería lamido por una hembra desde adentro como un gato? 
     Uní mi cuerpo al de mi gemelo, nuestras ingles juntas, la mancha se abría como un rastro o un surco pequeño, la lengua de mi madre -lengua materna- a punto de pronunciar algo primordial allí, el antojo como una boca bien dentada, parasitaria; para que se oiga que el deseo puede no siempre convertirse en palabras. 

Sin embargo, cuál era el acto por el cual la omisión coincidía con la de las demás mujeres del clan, cuál era la génesis del orificio. Nunca se había hablado de los rastros de los hombres anteriores, pero de eso no podía inferirse que ellos no los tuvieran. Uní los cuerpos, el del hombre que me había engendrado, al mío; el del hombre que lo había engendrado, al suyo; los tres fuimos traspasados por el mismo torpe antojo, el mismo infinito. Eso sin nombre era como un anzuelo, nosotros vivíamos en el río revuelto, donde la forma del gancho era igual que la de un signo de pregunta.








lunes, 29 de julio de 2013




LOS OJOS EN LA BOCA DE LA BESTIA     



"Antes de ser descubierto, el salvaje fue previamente inventado."
G. Cocchiara




      Es imposible dormir. No es el calor, lo aseguro. No es la noche calma y sin viento, ni la comida preparada con amor y picante. 
      No podemos cerrar los ojos y yo te abrazo y no te abrazo para que duermas. 
      Después giro hasta el acantilado. Cuántas fatalidades se desmantelan en el hueco que va de mi cabeza a las rodillas. No te despiertan esos gritos que se suicidan; aún así sé que tampoco podrás armar la imagen para el sueño. Te imagino recorriendo las grutas que tallaron los esclavos, caminás semidormido por la larga marcha de sus rieles, las bestias no rugen: sueñan, incluso hambrientas. Te entregaría por ofrenda, todo lo haría para evitarte este consentimiento.
      Estos libros, pienso, como efigies de titanio erguidas al ras de la cama. Más allá, el septimontium de la fundación, pequeño como un cántaro de agua, y yo sin beber de allí una gota. Sigamos dentro del recinto, digamos que llegará la primavera -nuevamente-, "todo bien", "no sé", "todo tranquilo".
      Flores marchitas en el jardín de Irina Brichmann, de la colina que no pude visitar; la palabra "marchita" da vueltas como un faro en la garganta, una luz que no permite que el ciego se tumbe en su miseria; si alguien fuera capaz de descansar con una palabra atravesada, eso sería una fotografía de la vida.
       Quién sabe si la idea de "faro" está en vos, es imposible la tregua, a la espera de que deje de aletear la pluma en la boca, para qué, hasta cuándo, por no poder entrar a la pesadilla. 
       Convulsionamos a la hora de los estallidos, los hombres  son desintegrados en medio de la ciudad, corren sobre veredas tumultuosas, y más hombres llevan, aferradas, las estrategias: no decir lo que pienso, o no saber qué pensar. El país se levanta del mapa como una constelación. La zona de fuego tiene un nombre, eso es estrella, es galaxia, es verdad en alguna sitio del mundo para este instante.
       No fuerces el cuerpo, no entres al aire con la respiración, te visitan en la hora oscura, todos mis amores perdidos, y nadie es capaz de descansar en el engaño.



viernes, 26 de julio de 2013



OFICIO DE POETA



Hace dos días entendí que mi madre nos había mantenido separados de la Tierra.
Recuerdo que antes de cerrar la puerta e irme para siempre de mi casa, le recriminé que no me hubiera dejado usar la pileta del baño para lavarme las manos. “La dejás hecha un asco”, me decía. También le recordé las veces que, harto del trabajo, no había podido dormir la siesta porque ella decía que las sábanas se rozaban con el cuerpo transpirado. Y le dije que siempre me había dado vergüenza traer a amigos a casa y que los hiciera andar sobre patines, para que el piso se mantuviera lustrado y sin marcas.
     Luego del episodio estuve casi 8 años sin ver a mi madre. Esa es la conclusión aparente. Pero hay otra más verdadera y exacta: yo soy poeta porque ella se interpuso entre los objetos y yo, me desplazó de ellos los centímetros necesarios como para que no me rozaran. 
Planeo sobre ellos, los acaricio como si fueran a quemarme, los evoco en mis sueños, y sólo de vez en cuando, me animo a abrir alguna ventana para que entre el sol, y se pose en mi casa algo que no controlo. Una mosca, por ejemplo, llegará volando o se desvanecerá con el insecticida sin que yo comprenda finalmente cómo ha podido sobrevolar el mundo.











ES PARA MI PADRE



Últimamente sueño que mato familiares y gente que no conozco. Les he disparado, les he revuelto un cuchillo en la garganta, les he clavado una lapicera bic azul en el brazo, o abro una puerta y ahí está el futuro asesinado, esperando para matarme y antes de que pueda, yo disparo y le deshago la cabeza de un tiro.
Cuando llegue el momento voy a describir la situación en mi sueño, pero lo primero es lo primero, y lo primero esta vez es que ayer fui a comprarme una camisa al shopping, y a unos cuantos pasos, al lado de las prendas de estación, estaba el negocio de armas.
-¿Mirá lo que venden acá? -me dijo G. señalando el costado de la vidriera.
Me acerqué porque estaba sin los anteojos y vi como 20 revólveres muy bien acomodados uno debajo del otro, al lado de cosas de cuero, encendedores, habanos…
-Ni se te ocurra –me dijo.
-Estos son revólveres de verdad…
-Sergio, esto no es joda, ¿para qué carajo querés un arma?
-¿Y con esto qué se mata?
-Son de caza, porque son aires comprimidos.
-Pero este igual mata gente, ¿o no?
No me contestó y siguió caminando. Yo pude imaginarme con uno de esos en la mano, los brazos estirados, cerrando un ojo para hacer foco, de lejos una figura difusa y el dedo latiendo por las pulsaciones del corazón, asustado. Entré.
-Buenos días –dije esperando que no me pidieran licencias o alguna documentación.
-Buen día. ¿Lo puedo ayudar en algo?
-Quería preguntar por esas pistolitas que están allá en la vidriera.
-¿Cuál le interesa?
-No sé, ando con ganas de comprar alguna, pero no sé cuál. La verdad es que no tengo idea de estas cosas.
-Para qué la quiere.
-Para caza... es para mi padre.
-La que está en el medio es una pistola liviana, de gran capacidad de carga. Un Crosman c31.
-Aha, ¿precio?
-599 de contado. La de abajo es una Colt 1911 de 1700 pesos y la que le sigue es una Sig Sauer 2026, esa es semiautomática, completamente de acero, calibre 4,5 mm, y la distancia es bastante discreta, digamos 64 metros.
-¿Y el precio de esa?
-900
No tenía pensado comprar nada. La verdad es que la camisa era necesaria y hacía unos minutos había hecho el trámite del DNI nuevo y la actualización del pasaporte. Con lo que la suma de los primeros 20 minutos en el shopping ascendía ya a 535 pesos. Y de la camisa todavía no había noticias.
-Bueno, la llevo.
-¿Cuál?
-La última. Es la más liviana de todas las que me dijo, ¿no?
-Exactamente. ¿La paga en efectivo? Se lleva un cargador de regalo.
-No, con tarjeta Visa. En 2 cuotas.
Cuando la tuve en la mano sentí que no era el mismo. De alguna manera, me temía. Pensé en las historias con mi pasado, con la gente que se me mete adelante en la cola del supermercado, en el papa frita de Bergoglio, en lo que es verdad y en lo que me parecía una broma. Y todo era un posible chiste que podría hacerle a G. cuando llegara hasta donde estaba esperándome. Pero el asunto podía asustar en serio, así que me limité a lo obvio.
-¿Mirá lo que tengo? -Le dije a G., que esperaba en un cafecito dentro del patio de comidas.
-Sacá eso, Sergio. Metelo en el bolso que lo van a ver y nos van a meter presos, la reputa madre que te parió, lo único que me faltaba. ¿Para qué mierda la querés?





jueves, 11 de julio de 2013



MAMUSHKA



Vivo pegado a un tiburón, dentro del útero y esta intromisión trae a mí dos imágenes que atesoro: una es la de mi madre dentro de otra, como si las secuencias no pudieran evitar añadirse.
Eso me ha hecho pensar que el mundo funciona con una lógica carcelaria: si guardo algo dentro de la heladera, eso ya era leche, bacterias dentro de la olla, manteca dentro del papel, dentro de la mantequera, dentro de baúl de los lácteos, dentro del primer estante; luego, un tiburón como mi madre, abre la heladera y come, e incluso así alimenta a la madre que la engendra. Luego, yo abro los cajones y hay estuches, dentro hay lapiceras y más adentro cartuchos, tinta, partículas -negras, rojas o azules- e ínfimos organismos recubiertos de organismos. Y entonces escribo, esos seres ruedan por la extremidad del bolígrafo que los descarga sobre el papel y cada letra es una roca inmensa que los desmembra, un cementerio policromático que se alínea con el trazo. Imagino el papel como una zona blanca y pura hecha de médanos como los del desierto, por los que rueda, sube y baja, la tinta, valles de líquido estancado sobre los que flotan los cadáveres de las víctimas. En ese trazo yo me siento a esperar a que pase por mí la palabra. Aguardo ante los cadáveres que flotan como hombres que descansan sobre la línea del agua, un tour de algunas horas en un río de tinta. Los observo a la luz del papel, el brillo blanco es el estímulo suficiente para la imagen. 
Mi madre dice claramente que yo era un tiburón, y eso es lo que soy o al menos orbito en una realidad menos crítica. Entonces, tal vez cumpla mi función y, en lugar de aguardar pasivamente la oleada en medio de un médano, deba zambullirme y deglutir cada pequeño punto de la carroña. Lo importante es la incorporación de un cuerpo a otro. Son modelos de la naturaleza, me convenzo. 
Entonces es cuando llega la segunda imagen: se han encontrado úteros de tiburón –seguramente en pescas científicas o clandestinas-, dentro de los cuales estaban creciendo tres o cuatro crías. Los pescadores han hecho su esfuerzo para extraer a la madre, con sus redes. La han tajeado por el vientre para quitar las vísceras y allí han encontrado los pequeños que engendraba. Los han llevado a la cocina para que el chef los reboce –adviértase que éstos son cubiertos por harina-, luego los prepare, y, al abrirlos para extraer sus entrañas, han encontrado que ya estos contenían en sus vientres, pequeños tiburones, antes de nacer. Es sabido que nacen con dos hileras de dientes que les permiten cazar y alimentarse dentro del útero.
Los verdaderos tiburones sabemos que las paredes están hechas de sangre. Abro la boca y muerdo al que se me había adelantado. No era hambre verdadero, sino la oportunidad de que mi madre se sienta orgullosa: soy el único devorador que ha quedado en su vientre. El otro, ahora, se mueve en mí, tiene por qué vivir, incluso podrá alimentarse de los otros que han nacido dentro de mi universo visceral; dentro de todo se crean especies de mundos, engendros que prohíben y permiten al arbitrio de sus propias reglas.
Voy a dormir, todos tenemos la ilusión de la gran presa mañana: iré por la membrana que me engendra, comenzaré desde adentro, muy lentamente, royendo para no alertarla, si muere tan de pronto, es seguro que la soledad me mate.





lunes, 1 de julio de 2013



ES HORA DE IR A LA PLAYA


"Imitando los actos ejemplares de un dios o de un héroe mítico, o simplemente 
refiriendo sus aventuras, el hombre de las sociedades arcaicas se desliga del tiempo profano 
y alcanza mágicamente el Gran Tiempo, el tiempo sagrado".
Mircea Eliade


Se lo consulté a Sam. 
       Sam es un pintor que conocí en uno de los recorridos más sinceros que nos permiten las lecturas. Ambos estábamos sentados al borde de un acantilado sobre la palabra “buenos-días” en el momento de hablarnos. Bien, le dije, quién hablará primero. Ya lo hiciste, dijo y sonreímos. Dos meses después pude ver mis almejas muertas en sus cuadros, incluso allí estaban las lengüitas entre sus dedos, una baba agradable que llevaba hasta los pies de mis abuelos cuando viajábamos hacia las costas del Atlántico.
Sam sabía todo lo que había que saber sobre almejas: las pintaba como líneas que se unían en forma de ciudad, las derretía como velas sobre un lienzo y allí encendía algunas para que tuviera algo que decir al respecto. Las calles de Sam en sus cuadros eran verdaderas reliquias, al menos para mí, que me constituí como un nostálgico maldito hace varios años.
Sam tiene motivos para estar enojado conmigo. Ya hace algunas semanas que no nos llamamos por teléfono, exactamente desde que abrí sus cajas con pinceles y moví las cerdas sobre lienzos, y golpeé esos trapos sobre las maderas. Confieso que esos golpes dolieron sólo por unos segundos, pero sé que serán recordados toda la vida. Yo tenía la llave de su cuarto de trabajo, porque solía poner música a sus rayones para oír el mar, eso si la noche no tenía la claridad con la que nos es tan difícil imaginar.
Tantas noches han sido así de claras, y extrañé salir semidesnudo hacia la habitación secreta de Sam, a ver si estaba como dormido moviendo sus manos frente a las imágenes. Eran noches de muchísima luz, tiempos en las que hubiera preferido que Sam estuviera enfermo, o que nada de esta oscuridad fuera tan cierto. Pero las hay… desde pequeño sé que existen noches verdaderas.
Vuelvo a esa vez cuando abrí las cajas de mi amigo y utilicé sus pinceles, entonces me introduje en su cabeza y obré como su imaginación. Sam es hermoso por dentro, sabe que pienso en las almejas cuando escarban y ondulan al tiempo que el mar se condensa. Cómo es posible que sean tan parecidas a las raíces, esa es la eterna pregunta. Pero basta que las olas se retiren para que mi universo se dé vuelta y la capa de arena se invierta como una media. Nos miran y tal vez se pregunten porqué aguardamos toda la vida, enterrados, tras esa tripa de la tierra, sin más futuro que el de una ola esporádica que nos lave y nos quite las secreciones.
Sam se cierra y eso lo ha hecho enojar conmigo, no ha sido que yo me entrometa en sus pinturas en una noche creíblemente inverosímil, no ha sido eso... Sam se cierra.
Por qué no permite que le consulte si ha conseguido lo que quería de su vida, porque yo sí estuve abriendo las cajas y sé que allí no hay más que almejas. Vaya incongruencia; le diré que han muerto esos animales que no quiere ver sostenidos al mundo.
Ok, Sam, suficiente por ahora. Todo lo que puedo decirte es que hoy o cuando sea, tus líneas son un sitio en el que nos encontraremos toda la vida. Bien, lo he dicho. Lo dije y lo seguiré diciendo.


viernes, 14 de junio de 2013



ES UNA CREACIÓN ANTINATURAL



Nos besamos; boca y labios, lengua, saliva y dientes se convierten en el escenario de la criatura que comienza a integrarse. Nos besamos; en el hilo transparente tejemos primero una pierna, sus venas microscópicas e infinitesimales. Es antinatural, e imposible que sea concreto. Pero nos besamos, simplemente, y los movimientos profundos de las bocas logran ese olor a tierra recién removida, a piedra en el aire, a semilla asomada al agua.
Nos besamos; y en el hilo de saliva ya son dos las extremidades, dos más los latidos. Es desprolijo, eso es así en término de lo que se engendra. Pero debemos dejar de pensar en términos de qué es lógico o que no, más ahora, que nos desequilibra una criatura en la boca y es demasiado temprano para dejarla caer.
Nos besamos y es necesario alimentarla: sangre, sarro, restos de comida, cualquier material es útil para la integración. Nos besamos porque ahora el motivo nos excede, se consolida más allá de lo que supusimos como un simple fantasma; incluso es rotundo el parpadeo de sus ojos, la mirada posada tal vez en nuestros paladares, no podríamos saberlo, como es rotunda la sensación del cosquilleo cuando sus uñas crecen y al descuido las roza en las encías.
Nos besamos; y en el orificio ya no hay lugar para nosotros, para nuevos movimientos. Nos besamos casi inmóviles y debemos tener un cuidado excesivo con las contracciones de la garganta que intenta tragar en un automático acto reflejo. Nos conminamos a no regatear esfuerzos. Nos besamos con mínimos movimientos y, sin embargo, sobreviene el ahogo. Es un instante raro, en el que podríamos morir, quisiera decir “morir”, pero tampoco es posible hablar, el deshago, eso que obtura es también como un cuerpo y ocupa espacio.
Nos besamos; nos damos el derrotero para librarnos. No es simple aceptar la muerte, nada ha sido simple jamás, por qué pensar que esto debería serlo. Nos besamos, y tal vez sin haber tomado juntos esa copa de vino, sintiendo que nos roza como la arena. Nos besamos y es imposible pero oímos la voz, es seguro que entre los espasmos la oímos, por qué no aceptar el miedo, por qué no aceptar que quisiéramos cortar esta línea imaginaria que nos asfixia. 
Nos besamos; emerge, primero, como un nadador, luego aceptamos que sea sólo una lágrima, un pequeño trazo de ángel, lejos de su oasis. 




viernes, 7 de junio de 2013



SI ALGUIEN TE REGALA LA LUZ



Nos conocimos en una de las calles que cruza la avenida Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires. Él pasó un cuchillo por la palma de mi mano: esa manera de mirar fue oportuna y, ahora tengo que aceptarlo, también fue decisiva.
Se acercó a mí, me tomó del cuello con los 5 dedos, pero sin demasiada presión. Se aproximó a mi cara -pude oler su aliento neutro y dejado al azar- y me dijo, señalando la calle: vamos.
Yo entonces recordé la vez que un profesor que tuve, pasaba las hojas de un libro de Bourdieu al otro lado de la mesa, mientras me tomaba el examen, y una leve brisa me hizo llegar el olor de su saliva adherida a la punta de esas páginas. Cerré los ojos y respiré profundo: lo que flotaba en ese aire entraba como un saber que yo aceptaba como un beso.
Y algo del aire que respirábamos ahora me devolvía ese momento. Por eso me dejé abrazar y me condujo, mientras en la calle muchos nos miraban y no nos miraban. Fue entonces que me dijo que lo que iba a contarme podía parecer una locura, pero que no debía juzgarlo antes de terminar de oír.
Nos detuvimos en el medio de la vereda. Me sugirió que no lo comparara con ningún otro hombre y me repitió que no estaba loco, ni por hacer estas cosas, ni por amar de esta manera, y seguimos caminando de la mano, no muy rápido, porque el andar no debía ser más importante que lo que teníamos para decirnos.
Empezó explicándome que desde pequeño su padre había venido de Japón (imaginé que huyendo de la guerra o el hambre) y entonces se había instalado en Perú, donde después había conocido a su madre y que por eso más de la mitad de los sucesos de su vida estaban embarcados, anclados, o relacionados con el agua.
Esa tarde, me dijo, su padre había dicho en su casa que quería caminar solo por la playa de Laredo, pero él había insistido en acompañarlo. Cuando bajaron hasta la orilla, su padre le pidió que no se moviera de allí, que debía caminar sin su compañía (entonces me di cuenta de que aún no sabía su nombre, pero tampoco era importante, luego llegaría el momento de preguntárselo).
Insistió en que él, entonces era un niño de nueve y su padre un hombre que pasaba los cuarenta. Se alejaba y la bruma iba difuminándolo (como si sobre esa fotografía alguien pasara pinceles de gris aguado, eso imaginé).
Supuse que ahora caminaba por Buenos Aires, de la mano de un niño abandonado, a la espera de su padre; eso en qué me convertía.
Me tomó fuerte y continuamos sin apurarnos. Le pedí que prosiga, y especificó que en ese otoño la playa estaba desierta, corría un viento frío y muy húmedo, y él esperaba a su padre a que llegara de ese paseo.
Entonces fue que vio el pelícano. De inmediato notó su ala rota, su pata herida. Fue acercándose al animal muy suavemente, para no asustarlo. Con las mínimas fuerzas, el ave despegó unos pocos centímetros de la arena, dio dos o tres saltos y subió a la roca. Me prometió que no caería en el enigma de un sueño, y me explicó que, sin saber cómo, él y el ave estaban en medio del desierto en ese instante. El agua que hasta hace segundos carreteaba la playa, ya no estallaba en las rocas. La arena que antes era densa y mojada, ahora era volátil, casi blanca. Caminó alrededor de la piedra en la que yacía el ave, pero ni el mar, ni la bruma, ni la foto en la que desaparecía su padre estaban ya, sólo el pelícano herido, la breve roca y él, en el inmenso desierto de algún lugar del mundo, donde el sol no le temía a nada.
El pelícano lo miró por largas horas, luego, cuando dejó de temerle, recogió sus alas, más tarde se apoyó en la roca y se tumbó cansado (la posición no era digna, pero sí acorde a las circunstancias, pensé). Su carne, todavía agónica, sobre todo por el calor insoportable, había empezado a ser devorada por la roca, tal vez, por prolijas alimañas, invisibles y eficaces. Él se había quedado allí, observando cómo cada pluma se desprendía de la carne, y como la carne se podría y hedía al calor de la superficie caliente. Me confesó que sin acercarse había estirado la mano para tomar una pluma, pero la había retirado, más que por el asco o por la compasión, por el temor a que su culpa cambiara algo de todo lo que estaba ocurriendo con tanta naturalidad.
Vio cómo los huesos blancos y huecos del ave resbalaron por la piedra, uno a uno, y se dispersaron por la arena. Luego el polvo los sepultó, con una voluntad prolija. Pero extrañamente, sobre la roca persistió una de sus alas; sus gelatinosos tendones se secaron y se adhirieron a la piedra como si fuera un cuerpo.
Por toda la noche, el viento batió inútilmente el ala, batió sin entender que podemos imaginar un ave, la más bella, pero no hacerla volar.
Entonces, solté su mano, rocé con la yema de mi dedo su piel quemada como si pudiera tocar la palabra "volar". Y la gente nos miró y no nos miró. 




Basado en un poema de José Watanabe