THE MACHINE
Franz Kafka
Con
mi psicóloga pusimos el cuerpo semivivo de mi padre, sobre una mesa, hace ya varios años.
Recuerdo que el galpón se erigía sobre un descampado de esos tan famosos en los relatos decimonónicos. Lo llevamos con la excusa de hablar un poco de nuestra
vida, de los buenos tiempos, de los regulares. Él entró como un meteorito,
como suele hacer, rompiendo la estela celeste de un planeta que daba vueltas a
duras penas sobre su eje. Así me sentía yo por aquellos tiempos: en una órbita
anodina, sin eje, gravitando sin saber porqué o en relación a qué, en una
lentitud burocrática.
Mariela
me había recomendado que empezáramos por sosegar al objeto candente, por eso lo recostamos sobre el
tablón, para enfriarlo. Yo, entonces, pensé cómo lograr eso con mi padre, un
hombre fornido, vehemente, repitente de sí. Así que caí con el codo sobre su nuca. El
hueso hizo un ruido corto y seco y el cuerpo se desplomó al instante. Para
cuando despertó, ya lo habíamos acomodado sobre la camilla.
Ella
le preguntó si se sentía bien. Pero él no respondió.
Fui
a buscar la máquina que habíamos armado durante las sesiones, casi 2 años
dedicados a perfeccionar la ingeniería, bastante simple, pero, a nuestro
criterio, sumamente efectiva. Tenía un parecido bastante reglamentario al de
las máquinas de los odontólogos. Contaba con un espacio central para que el
paciente entrara ya atado a los extremos de la camilla y alrededor todo era acero
y engranajes, agujas y rotatores, espolones y ganchos, cierras y rastras.
Mi
padre despertó, decía hace un rato, a los segundo del golpe. Le comentamos que
la máquina tenía una lógica infalible, debía ser paciente si con sinceridad quería colaborar, sólo unos segundos, hasta que
comenzáramos a leer el manual, para evitar sorpresas.
Intentó
zafar la mano derecha; la pulsera de hierro hizo clic y algo dio inicio al
funcionamiento de todo el sistema. La máquina había comenzado a responder autónomamente según
lo esperado. No encendimos el pequeño visor desde el cual los pacientes podían enterarse de lo que la máquina les sugería, así que yo tomé el instructivo, e
iría leyendo conforme fuera posible.
Con
el primer intento de zafar la mano derecha, la máquina clavó una primera aguja
al borde del esternón. Mi padre gritó, yo leí: “no es curioso que el paciente
se esfuerce por desentender las instrucciones”.
Le
comenté que había casi 30 agujas sobre su cuerpo y que si intentaba desencadenar otro proceso verbal o
moverse, la máquina –la inteligencia de la máquina- sabría dónde ubicarlas. Cada
aguja tenía dentro, un pequeño tambor vacío capaz de cargarse con cualquier líquido del
cuerpo: sangre, excrementos, orina, bilis, saliva, etc., luego -en tanto fuera conveniente- podría expulsarlo fuera
de la camilla, sobre los canales que lo recuperaban para suministrarlo en caso de
que el paciente tuviera una repentina deshidratacón.
Mi
padre intentó decir algo. Ni Mariela ni yo entendimos. Pero no pudimos evitar
que dos agujas bajaran directo a los globos oculares. Recuerdo que cuando las
puntas comenzaron a perforar la membrana, mi padre aún así, seguía rotando
nerviosamente los ojos, por lo que, además de absorber, cortaban. Imaginé
revolver la clara de un huevo con un alfiler, la dificultad me hizo reír. Por
otro lado, era imposible cerrarlos, porque antes que las agujas, dos óvalos de
acero habían trabado los párpados, para inmovilizarlos.
-No
es posible que hablemos así con tu padre, Sergio –me decía Mariela-. Menos aún,
si no deja que la máquina se detenga o haga un trabajo a la vez.
Le
hice un gesto con la cara y alcé los hombros. Era verdad, nunca había sabido
qué decir ante los actos de mi padre.
-Ya
ha vaciado los ojos –dijo ella-. No sé cómo haré para tomar nota de sus gestos
y de su mirada. Estamos perdiendo el tiempo.
Le
pedí por favor que tuviera confianza en mí. Luego me aseguré de que las agujas
hubieran extraído todo el líquido de sus ojos: acerqué muy suavemente mi dedo
índice a las membranas ya comprimidas. Resbalaban y no supe si se debería a los aceites
que contenía la sangre o por el ácido tranexámico con el que la máquina iba suturando las heridas.
-Me
asombra la delicadeza con la que se mueven las púas –reflexioné ante Mariela-. Es un trabajo simililar al de la mano de una mujer muy cauta.
-Vamos
a ver, sr. –dijo ella-. Recién estábamos hablando…
Pero
antes de que Mariela concluyera la pregunta, mi padre tironeó con las piernas.
Un ruido ahogado comenzó a sentirse de los rotatores ubicados debajo de la
camilla. Dos especies de brazos comenzaron a desplegarse a derecha e izquierda,
como si mi padre tuviera alas metálicas y de su espalda se elevaran tentáculos de acero.
Cada uno de los brazos desplegó dos hojas afiladas. Las observé mientras leía
en el manual lo que la máquina había interpretado. Las hojas se acercaron a la
línea del intestino, debajo del esternón, al centro de las costillas. Se
ubicaron paralelas y comenzaron a bajar. Entraron en el vientre y yo leí: “La
resolución debe quebrar la tentación de inmiscuirse en cualquier circunstancia,
incluso las de apremio”.
Mariela
hizo el gesto de haber recordado esa parte del manual, así que descansé
tranquilo al resguardo de su lógica: todo estaba bajo control, al menos hasta ahora.
Las
palas de acero ya habían desaparecido entre los huesos de la cadera y ahora
comenzaban a separarla.
Supuse
que las agujas restantes vendrían en seguida. Algo haría esta maravillosa
máquina para no derramar tanta sangre.
-¿Esto
tiene algún significado para vos, Sergio?
Yo
debí pensar un poco. No era tan fácil saber lo que mi padre quería decirnos en momentos como estos.
Una buena metáfora del lenguaje descuartizado.
ResponderEliminarDuro, pero muy claro.
Un abrazo, querido SAergio
experimento para buscar una verdad que se aloja/que vive en el progenitor/una consideración genética (genoma), y que amenaza al personaje principal -como hijo en conflicto- exigiéndole la razón del entendimiento, la belleza de la libertad animal en beneficio su propio yo, la inteligencia emocional natural, no importando su forma ni contenido ni sus consecuencias, para perpetuarse a sí mismo... no cabe duda, que el experimento es una excursión riesgosa/hostil, porque ninguno de los dos cederá, de acuerdo a lo que se visualiza en el remate abierto del relato. MAGNÍFICO ejercicio escritural-mente-estético, Sergio, despierta el animal que todos/as llevamos dentro. Ro
ResponderEliminar