TAMBIÉN ME ODIA UN GATO
Ayer no fui buena persona, o a lo mejor podría haber sido mejor persona que la que fui. Lo cierto es que hice lo que pude, por más defraudado de mí que me encuentre.
A las 12 del mediodía mi hermana estaba en su departamento con baja presión o algo parecido, y mucho dolor. Acá en Bs. As. hizo 41 grados de calor y ella estaba mal porque, además, está haciendo reposo porque el lunes la van a operar de la vesícula: tiene piedras. Me llamó, por una descompostura, unos mareos y la obligué a que viniera a casa para tranquilizarla y que estuviera bajo el aire acondicionado. Cuando salí de la oficina, y abrí la puerta, entré al departamento y el olor a mierda era insoportable. Yo no siento..., me dijo ella. Lo que pasa es que te acostumbraste!, le dije. ¿Dónde estás? La encontré tirada en el piso, mirando la cocina, viendo si podía sacar al gatito. Agarré la Lavandina. Sin sacarme el traje, rodeé la heladera, el lavarropas, caminé lento entre los artefactos y rocié y tiré cloro puro por los rincones.
Toda la tarde estuvimos investigando y armando artilugios para que el animal se animara a salir. Nada. Yo estaba decidido a lo que sería el desenlace. Nos tirábamos de a ratos panza al piso para llamarlo como nos fuera posible. Vanesa había logrado afinar la voz y decir miau igual que el animal. Nos reíamos de eso, porque un par de veces yo no pude distinguir si era ella o el gato. Él nos contestaba con unos débiles maullidos que nos hacían saber que estaba vivo ahí adentro. Mi miedo era que muriera. Vanesa inventó con una cinta scotch y 3 palitos de brochettes una especie de caña para pinchar gatos. Los había unido por las puntas y con eso punzaba, pero no había caso, con el cloro había trepado a no se sabía qué lugar específico de la cocina. Lo oíamos como si estuviera ahí mismo, pero no.
Toda la tarde estuvimos investigando y armando artilugios para que el animal se animara a salir. Nada. Yo estaba decidido a lo que sería el desenlace. Nos tirábamos de a ratos panza al piso para llamarlo como nos fuera posible. Vanesa había logrado afinar la voz y decir miau igual que el animal. Nos reíamos de eso, porque un par de veces yo no pude distinguir si era ella o el gato. Él nos contestaba con unos débiles maullidos que nos hacían saber que estaba vivo ahí adentro. Mi miedo era que muriera. Vanesa inventó con una cinta scotch y 3 palitos de brochettes una especie de caña para pinchar gatos. Los había unido por las puntas y con eso punzaba, pero no había caso, con el cloro había trepado a no se sabía qué lugar específico de la cocina. Lo oíamos como si estuviera ahí mismo, pero no.
Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Para qué mierda querías un gato, Sergio?
Yo, tirado al lado de ella: -¿Para qué voy a querer un gato, querida?
Vanesa, tirada en el piso y dolorida: -¿Dónde se metió?, la puta madre. Con los palitos no llego. ¿Eso que está ahí es la colita?
Yo tirado al lado de ella: -Pinchala, a ver...
Yo tirado al lado de ella: -Pinchala, a ver...
Desarmamos esa parte del artefacto, pero no veíamos nada. Yo seguía sin comer y sin sacarme el traje, transpirado a pesar de que el aire acondicionado estaba a 18 grados. Vanesa me pidió que me calmara, que ya iba a salir. Así que me hice algo de comer a las 4 de la tarde (había llegado de la oficina a las 2) y me cambié. Ella se sentía cada vez peor, así que tuvimos que llamar al médico, que le adelantó la operación. Yo tenía que armar la entrevista para la reunión de mañana, atender a mi hermana y al médico, trabajar en unas lecturas, configurar unas fichas y ver de qué modo me deshacía del olor a mierda que nos ahogaba.
Con frecuencia nos arrodillábamos delante de la puerta espejada del horno, quietos, sin decir nada, intentando percibir el más mínimo movimiento, un ligero maullido, las patitas rozando algo. Después, ya cansados de estar en esa posición, volvíamos a apoyar las panzas al piso, y nos mirábamos hasta que comenzábamos a reírnos porque Vanesa maullaba haciendo caras. Después, de nuevo el largo silencio. Quietos, esperando vaya a saber Dios qué.
El gatito para mí había muerto adentro de alguna parte de la cocina y ya no había cómo sacarlo, se confirmaban 3 horas sin oir un sólo movimiento, eran las 7. Golpeábamos despacio, hacíamos ruidos suaves con las uñas, como acariciando la chapa, intentábamos imitar unos quejidos de gato, ruidos de palomas, nada. Yo silbaba bajito y después más fuerte, y Vanesa me decía que eso no parecía un pajarito ni nada. Con las pocas fuerzas de ella, tratamos de tironear y correr la cocina, pero podía desconectarse el caño de gas que daba a la pared y ya sería un nuevo problema para sumar a la lista. La cocina es de esas que van empotradas, así que, por más fuerza que hiciéramos...
Vencidos, debí llamar a Facundo, el gasista, para que desarmara el artefacto. Tuve que rogarle, porque estaba con trabajo hasta las 9 de la noche y quería finalmente irse a su casa con su esposa y su hijita, sé que fue papá hace apenas unas semanas. Le conté que el gato hacía casi 2 días y medio que estaba dentro de la cocina y yo no sabía cómo sacarlo, incluso había intentado prendiendo el horno por breves minutos. Que ya no se lo escuchaba más y que tenía miedo de que hubiera muerto. Rió tímido, pero con la palabra "muerto" apagó toda muestra de burla, y me dijo que pasaría cuando terminara con todo.
A las 9 de la noche estaba en casa. Llegó con las manos negras de grasa, tierra por la obra en la que estaba trabajando y yo miraba el senderito de barro que iba dejando sobre el piso de porcellanato. Debió sacar cuanto tornillo encontró: cuatro de arriba, cuatro de los costados y tres por cada hornalla. Yo sufría por el gato, por si se perdían esos tornillos y no podíamos reconstruir la cocina, por mi hermana, por la mugre que estaba haciendo el gasista y lo que me cobraría por venir por esto y a esta hora. Mi hermana, convaleciente, igualmente hacía algún chiste cada tanto, como: “ahora la comida va a tener un gustito particular”, pero no podía reír de sus propios chistes porque luego tenía que llorar por el dolor; mejor, así se dejaba de decir pelotudeces.
A las 9 de la noche estaba en casa. Llegó con las manos negras de grasa, tierra por la obra en la que estaba trabajando y yo miraba el senderito de barro que iba dejando sobre el piso de porcellanato. Debió sacar cuanto tornillo encontró: cuatro de arriba, cuatro de los costados y tres por cada hornalla. Yo sufría por el gato, por si se perdían esos tornillos y no podíamos reconstruir la cocina, por mi hermana, por la mugre que estaba haciendo el gasista y lo que me cobraría por venir por esto y a esta hora. Mi hermana, convaleciente, igualmente hacía algún chiste cada tanto, como: “ahora la comida va a tener un gustito particular”, pero no podía reír de sus propios chistes porque luego tenía que llorar por el dolor; mejor, así se dejaba de decir pelotudeces.
Al final, llegamos al gato que estaba enmarañado entre los caños de gas, muy cómodo, durmiendo y debió despertar suavemente por los rayos de luz. Imagino que tan cómodo no estaría, puesto que no comía ni bebía nada desde hacía dos días.
Inmediatamente lo llevé a la bañadera envuelto en un trapo (no sé por qué, pero me daba asco) y cerré la puerta del baño como si hubiera puesto una bomba detrás de la cortina de la bañera. Despedí al gasista, le pagué, le hice dos chistes malísimos como para descomprimir y llamé a su exdueña:
Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola.
Yo: -Hola, Alicia. Soy Sergio.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola, ¿qué pasó?
Yo: -Te llamo por el gato. No sabés lo que fueron estos días.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Qué pasó?!
Yo: -¿Lo querrán las nenas de al lado de tu casa, todavía? Te lo mando en un remisse, en una caja.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¿Pero qué pasó?, tan entusiasmado que estabas.
Yo: -No nos elegimos, Alicia. Dejalo ahí. Recién logro que el gasista lo saque de adentro de la cocina. Está sin comer. Muerto de miedo y yo no lo quiero ni ver.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Pero cómo que se metió ahí?!
Yo: -¿Y cómo se va a meter, Alicia? ¡Qué se yo! Sin palabras. Hace dos días que no duermo, por el quilombo que hizo, el olor a mierda que sale de todos lados, y en realidad porque me la paso pensando en el gato, me lo imaginaba muerto ahí atrás. Necesito dormir y ver mi casa limpia de nuevo. Tengo una reunión mañana y esto parece Hiroshima.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Bueno, mandalo que se lo damos a las nenas de al lado. Al otro dicen que lo perdieron. ¿Viste que la gata había tenido dos? Se les debe haber escapado.
Yo: -Ok. Mil gracias y disculpame. Pero mi casa está llena de cosas que se rompen y acá parece que no hay lugar para mascotas.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Y, no, si éste es un salvaje. Bueno, mandalo.
Yo: -Va para allá. Chau.
Inmediatamente lo llevé a la bañadera envuelto en un trapo (no sé por qué, pero me daba asco) y cerré la puerta del baño como si hubiera puesto una bomba detrás de la cortina de la bañera. Despedí al gasista, le pagué, le hice dos chistes malísimos como para descomprimir y llamé a su exdueña:
Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola.
Yo: -Hola, Alicia. Soy Sergio.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Hola, ¿qué pasó?
Yo: -Te llamo por el gato. No sabés lo que fueron estos días.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Qué pasó?!
Yo: -¿Lo querrán las nenas de al lado de tu casa, todavía? Te lo mando en un remisse, en una caja.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¿Pero qué pasó?, tan entusiasmado que estabas.
Yo: -No nos elegimos, Alicia. Dejalo ahí. Recién logro que el gasista lo saque de adentro de la cocina. Está sin comer. Muerto de miedo y yo no lo quiero ni ver.
Alicia, la exdueña del susodicho: -¡¿Pero cómo que se metió ahí?!
Yo: -¿Y cómo se va a meter, Alicia? ¡Qué se yo! Sin palabras. Hace dos días que no duermo, por el quilombo que hizo, el olor a mierda que sale de todos lados, y en realidad porque me la paso pensando en el gato, me lo imaginaba muerto ahí atrás. Necesito dormir y ver mi casa limpia de nuevo. Tengo una reunión mañana y esto parece Hiroshima.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Bueno, mandalo que se lo damos a las nenas de al lado. Al otro dicen que lo perdieron. ¿Viste que la gata había tenido dos? Se les debe haber escapado.
Yo: -Ok. Mil gracias y disculpame. Pero mi casa está llena de cosas que se rompen y acá parece que no hay lugar para mascotas.
Alicia, la exdueña del susodicho: -Y, no, si éste es un salvaje. Bueno, mandalo.
Yo: -Va para allá. Chau.
Abrí la puerta del baño, suavemente, temí que se hubiera subido al barral de la cortina del baño y desde allí me saltara sobre un ojo o la cabeza. Primero encendí la luz, ingresé una pierna y entré. Cerré la puerta y le dije: de acá no te movés. Ya había trepado por la cortina que cubre la bañera, la había dejado hecha girones, estaba como mordisqueada y con las garras había hecho una especie de agujeros en la parte alta. Extendí las manos hacia delante, como un zombi, para protegerme. Lo tomé con la derecha del lomo y gruñó. Apreté el puño como si pesara 10 kilos eso que llevaba. Lo metí en una caja de zapatos viejos. Le hice 6 perforaciones rápidas con un cuchillo tramontina –clave como si el cartón se resistiera como el hueso de un humano-. Llamé a la remisería, expliqué la situación y allá fue, hacia lo de Alicia, la cajita con 6 profundas perforaciones alrededor.
El gato me salió: 100$ para ir a buscarlo, 150$ para sacarlo de la cocina y 50$ para mandárselo a Alicia y todavía no había tenido tiempo para la desparasitación y las vacunas. Claro, para entonces me daba lo mismo si lo fagocitaba una horda de bacterias.
El gato me salió: 100$ para ir a buscarlo, 150$ para sacarlo de la cocina y 50$ para mandárselo a Alicia y todavía no había tenido tiempo para la desparasitación y las vacunas. Claro, para entonces me daba lo mismo si lo fagocitaba una horda de bacterias.
Vanesa había decidido irse, ya más tranquila y un poco menos dolorida, porque el calor había sido sofocado por una restauradora brisa que anunciaba lluvia.
Cuando el gato se fue con el remissero, pasé cloro por el piso. Pensé en llamar a la chica que viene a limpiar a casa, pero no podía seguir molestando gente a cualquier hora. ¿La llamo?, me dije. No atendió. Y yo no iba aguantar otro día con la casa en ese estado. Desinfecté con Cif: el lavadero que había albergado al gato unos segundos; la cocina por donde toqueteó el gasista: heladera, mesada, microondas, puertas, bajomesada, picaportes; la bañera donde lo puse hasta que el hombre se fuera... Llevé cada objeto a su lugar. Vidrios y mesas volvieron a sus marcas. La casa olía como una nube blanca de nuevo. Puse toda mi ropa a lavar, para que el jabón quitara los malos olores, y cada pelo adherido a mí, o cualquier cosa que me lo recordara. Me bañé y salí de la ducha envuelto en el toallón y dije: esta sí es mi casa. Respiré profundo el aire limpio, ausente de objetos extraños. Recordé a María Elena Walsh, en una poesía y repetí: "Es tiempo de que las cosas y yo nos entendamos". Me tiré en el sillón, como siempre hago luego de ducharme. Abrí el libro que estaba leyendo. Fijé la vista en las páginas de Cristian Alarcón, la historia cuenta la vida de unos chicos que viven en la Villa 25, calles pequeñas y de barro, madres muertas, hijos adictos, familias numerosas que se aman a su modo. Empecé a hacerme invisible como suele pasarme cuando leo. Pude estar en otro lado, y por eso entendí que nunca había intentado ponerme en su lugar.
Cuando el gato se fue con el remissero, pasé cloro por el piso. Pensé en llamar a la chica que viene a limpiar a casa, pero no podía seguir molestando gente a cualquier hora. ¿La llamo?, me dije. No atendió. Y yo no iba aguantar otro día con la casa en ese estado. Desinfecté con Cif: el lavadero que había albergado al gato unos segundos; la cocina por donde toqueteó el gasista: heladera, mesada, microondas, puertas, bajomesada, picaportes; la bañera donde lo puse hasta que el hombre se fuera... Llevé cada objeto a su lugar. Vidrios y mesas volvieron a sus marcas. La casa olía como una nube blanca de nuevo. Puse toda mi ropa a lavar, para que el jabón quitara los malos olores, y cada pelo adherido a mí, o cualquier cosa que me lo recordara. Me bañé y salí de la ducha envuelto en el toallón y dije: esta sí es mi casa. Respiré profundo el aire limpio, ausente de objetos extraños. Recordé a María Elena Walsh, en una poesía y repetí: "Es tiempo de que las cosas y yo nos entendamos". Me tiré en el sillón, como siempre hago luego de ducharme. Abrí el libro que estaba leyendo. Fijé la vista en las páginas de Cristian Alarcón, la historia cuenta la vida de unos chicos que viven en la Villa 25, calles pequeñas y de barro, madres muertas, hijos adictos, familias numerosas que se aman a su modo. Empecé a hacerme invisible como suele pasarme cuando leo. Pude estar en otro lado, y por eso entendí que nunca había intentado ponerme en su lugar.
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