MONTAÑA DE BASURA
Es la hora
de la siesta y Julia no va a dormir, acaba de regresar del
geriátrico donde su madre es atendida hace meses por Marita, la enfermera que
antes se quedaba con ella día por medio.
Los dedos
huesudos de Julia, los mismos que la abuela retorcía cuando decía una mentira,
rozan la pared a la altura de su cadera, bordean la línea negra que constriñe
como una faja cada pared de la casa. Huele el moho oscuro, es dulce, en cierto
modo parece canela. Deja caer la mochila sobre el piso, alfombrado de barro. Se
acerca a la biblioteca. Se masajea la nuca, está cansada, es por las 9 horas
que debe cumplir en la cabina de la terminal de La Plata anunciando arribos y
partidas. Se agacha, ese portarretratos caído tenía la foto de su padre.
Estaban en la hamaca de la plaza San Martín. Ahora el papel transparente tiene
una burbuja de aire dentro. Julia la presiona, y surge muy suave su cara de
niña, como una mancha circular que ha dejado una moneda oxidada en un bolsillo,
o las figuras inentendibles que forman los pétalos secos dentro de los libros.
Es como una media luna, y a su vez como una sonrisa. Julia pasa la yema del
dedo con suavidad, eso que es blanco, eso que se ha ido bajo su mano, es el espíritu
que la cuida cuando siente que no hay más fuerzas.
Más arriba,
en el tercer estante del mueble, sin su ropa y segura de sí,
la Barbie aguarda sentada sobre el libro de Dickens, Tiempos difíciles. Aún
recuerda cuando la desnudó para saber qué había abajo. Cuando su madre no la
observaba, le desataba el pelo rubio y lo arrastraba despacio entre sus dedos
pero luego llegaba del colegio, y para el medio día, todo estaba en un orden
inexplicable.
Detrás
de ella, la heladera ha caído, la cocina ha caído, la mesa, las tazas, el
lavarropas, los discos de pasta que guardaba del abuelo: Addio, mia bella, addio/
l'armata se ne va/ se non partissi anch'io/ sarebbe una viltà.
Julia deja
esos discos mojados sobre la misma tela de barro que los cubre. Va a abrir la
ventana, para que desde algún rincón entre el aire. La tela amarillenta hace
leves movimientos, pesados, pero parece que baila, tímida. La luz es una capa
aterciopelada que se tiende sobre todo aquello, con finísimos pelos que hacen
sombra en las superficies. El aire se condensa en infinitos puntos blancos que
vuelan. Julia los ve brillar cada uno a su turno y dirigen su mirada hasta la
pequeña mujercita sentada en el tercer estante de la biblioteca. Tiene el pelo suelto
como a ella le gusta y se sostiene, desnuda, paciente, sobre la cima de las palabras.
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