miércoles, 17 de abril de 2013




NOMBRE SOBRE NOMBRE


Mi madre me dijo que yo podría haber sigo Gerardo en vez de Sergio. O podría haberme llamado Agustín. “Esos eran los que estaban en la lista de los permitidos cuando naciste”, dijo y sorbió el té.
La visita duró poco, menos de 3 horas y sinceramente no me acuerdo con qué llenamos ese tiempo, porque sí recuerdo que no nos tocamos más que para saludarnos, que no hablé de mí, que no hablamos de ella, que no supe por qué estaba tan triste, ni supo porqué le había preguntado cuáles eran los otros nombres posibles para mí.
“Vos ibas a ser mellizo, pero perdí a uno de ustedes en el embarazo”.
Se fue y yo puse en mis manos el libro de Mary Shelley que debía releer para mis clases: Frankenstein, el monstruo construido de cuerpos  muertos, el hombre inmenso lleno de otros pero sin poder amar, el personaje sin nombre que se asocia con el de su creador, el asesino que venga ante el hombre su soledad, el que espanta al mundo porque cada una de sus costuras es visible, cada una de sus separaciones es real.
Mary Shelley se fue de mi casa y no dijo, ni si quiera, te quiero.

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