viernes, 7 de junio de 2013



SI ALGUIEN TE REGALA LA LUZ



Nos conocimos en una de las calles que cruza la avenida Corrientes, en la Ciudad de Buenos Aires. Él pasó un cuchillo por la palma de mi mano: esa manera de mirar fue oportuna y, ahora tengo que aceptarlo, también fue decisiva.
Se acercó a mí, me tomó del cuello con los 5 dedos, pero sin demasiada presión. Se aproximó a mi cara -pude oler su aliento neutro y dejado al azar- y me dijo, señalando la calle: vamos.
Yo entonces recordé la vez que un profesor que tuve, pasaba las hojas de un libro de Bourdieu al otro lado de la mesa, mientras me tomaba el examen, y una leve brisa me hizo llegar el olor de su saliva adherida a la punta de esas páginas. Cerré los ojos y respiré profundo: lo que flotaba en ese aire entraba como un saber que yo aceptaba como un beso.
Y algo del aire que respirábamos ahora me devolvía ese momento. Por eso me dejé abrazar y me condujo, mientras en la calle muchos nos miraban y no nos miraban. Fue entonces que me dijo que lo que iba a contarme podía parecer una locura, pero que no debía juzgarlo antes de terminar de oír.
Nos detuvimos en el medio de la vereda. Me sugirió que no lo comparara con ningún otro hombre y me repitió que no estaba loco, ni por hacer estas cosas, ni por amar de esta manera, y seguimos caminando de la mano, no muy rápido, porque el andar no debía ser más importante que lo que teníamos para decirnos.
Empezó explicándome que desde pequeño su padre había venido de Japón (imaginé que huyendo de la guerra o el hambre) y entonces se había instalado en Perú, donde después había conocido a su madre y que por eso más de la mitad de los sucesos de su vida estaban embarcados, anclados, o relacionados con el agua.
Esa tarde, me dijo, su padre había dicho en su casa que quería caminar solo por la playa de Laredo, pero él había insistido en acompañarlo. Cuando bajaron hasta la orilla, su padre le pidió que no se moviera de allí, que debía caminar sin su compañía (entonces me di cuenta de que aún no sabía su nombre, pero tampoco era importante, luego llegaría el momento de preguntárselo).
Insistió en que él, entonces era un niño de nueve y su padre un hombre que pasaba los cuarenta. Se alejaba y la bruma iba difuminándolo (como si sobre esa fotografía alguien pasara pinceles de gris aguado, eso imaginé).
Supuse que ahora caminaba por Buenos Aires, de la mano de un niño abandonado, a la espera de su padre; eso en qué me convertía.
Me tomó fuerte y continuamos sin apurarnos. Le pedí que prosiga, y especificó que en ese otoño la playa estaba desierta, corría un viento frío y muy húmedo, y él esperaba a su padre a que llegara de ese paseo.
Entonces fue que vio el pelícano. De inmediato notó su ala rota, su pata herida. Fue acercándose al animal muy suavemente, para no asustarlo. Con las mínimas fuerzas, el ave despegó unos pocos centímetros de la arena, dio dos o tres saltos y subió a la roca. Me prometió que no caería en el enigma de un sueño, y me explicó que, sin saber cómo, él y el ave estaban en medio del desierto en ese instante. El agua que hasta hace segundos carreteaba la playa, ya no estallaba en las rocas. La arena que antes era densa y mojada, ahora era volátil, casi blanca. Caminó alrededor de la piedra en la que yacía el ave, pero ni el mar, ni la bruma, ni la foto en la que desaparecía su padre estaban ya, sólo el pelícano herido, la breve roca y él, en el inmenso desierto de algún lugar del mundo, donde el sol no le temía a nada.
El pelícano lo miró por largas horas, luego, cuando dejó de temerle, recogió sus alas, más tarde se apoyó en la roca y se tumbó cansado (la posición no era digna, pero sí acorde a las circunstancias, pensé). Su carne, todavía agónica, sobre todo por el calor insoportable, había empezado a ser devorada por la roca, tal vez, por prolijas alimañas, invisibles y eficaces. Él se había quedado allí, observando cómo cada pluma se desprendía de la carne, y como la carne se podría y hedía al calor de la superficie caliente. Me confesó que sin acercarse había estirado la mano para tomar una pluma, pero la había retirado, más que por el asco o por la compasión, por el temor a que su culpa cambiara algo de todo lo que estaba ocurriendo con tanta naturalidad.
Vio cómo los huesos blancos y huecos del ave resbalaron por la piedra, uno a uno, y se dispersaron por la arena. Luego el polvo los sepultó, con una voluntad prolija. Pero extrañamente, sobre la roca persistió una de sus alas; sus gelatinosos tendones se secaron y se adhirieron a la piedra como si fuera un cuerpo.
Por toda la noche, el viento batió inútilmente el ala, batió sin entender que podemos imaginar un ave, la más bella, pero no hacerla volar.
Entonces, solté su mano, rocé con la yema de mi dedo su piel quemada como si pudiera tocar la palabra "volar". Y la gente nos miró y no nos miró. 




Basado en un poema de José Watanabe



6 comentarios:

  1. Bello, crudo y atrapante. Excelente. B

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  2. Imágenes y texto son la misma cosa, aprendizaje e ilusión, sin embargo me siento rara, triste, después de esto.
    Marta

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  3. Nostálgica tristeza infantil; maravillosa la imagen del padre en la playa.
    Atrapante y misterioso. Genial!!! G.

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  4. A mí también me dio mucha tristeza este texto...será que el agua, las aves y las rocas comparten dentro mio la misma nostalgia del pasado que fui...no sé, me encantó esto.

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  5. Imágenes borradas, desapareciendo, y un encuentro: hermoso equilibrio.
    Gracias.
    Bettina

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  6. Sergio: Creo entenderte. Cada persona tiene el cristal mágico en sus manos para poder observar el mundo; hallarás que muchos no perciben tu sentimiento al fondo de tus palabras y luego estarán los otros, cuya empatía haga posible ponerse casi en tu piel. La belleza está casi en todo, como así la fealdad, depende de quien sea el receptor y de su mundo interior.Aprecio en grado sumo nuevas perspectivas de ver la vida y sus cosas, eso incluso, me permite crecer, valorar más ciertas cosas que doy por hechas y me permite deshacerme de las cargas inútiles e ilusorias. ¡Bien por ti y tus trabajo! Un abrazo.

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