MAMUSHKA
Vivo pegado a un tiburón, dentro del útero y esta intromisión trae a mí dos imágenes que atesoro: una es la de mi madre dentro de otra, como si las secuencias no pudieran evitar añadirse.
Eso me ha hecho pensar que el mundo funciona con una lógica carcelaria: si guardo algo dentro de la heladera, eso ya era leche, bacterias dentro de la olla, manteca dentro del papel, dentro de la mantequera, dentro de baúl de los lácteos, dentro del primer estante; luego, un tiburón como mi madre, abre la heladera y come, e incluso así alimenta a la madre que la engendra. Luego, yo abro los cajones y hay estuches, dentro hay lapiceras y más adentro cartuchos, tinta, partículas -negras, rojas o azules- e ínfimos organismos recubiertos de organismos. Y entonces escribo, esos seres ruedan por la extremidad del bolígrafo que los descarga sobre el papel y cada letra es una roca inmensa que los desmembra, un cementerio policromático que se alínea con el trazo. Imagino el papel como una zona blanca y pura hecha de médanos como los del desierto, por los que rueda, sube y baja, la tinta, valles de líquido estancado sobre los que flotan los cadáveres de las víctimas. En ese trazo yo me siento a esperar a que pase por mí la palabra. Aguardo ante los cadáveres que flotan como hombres que descansan sobre la línea del agua, un tour de algunas horas en un río de tinta. Los observo a la luz del papel, el brillo blanco es el estímulo suficiente para la imagen.
Mi madre dice claramente que yo era un tiburón, y eso es lo que soy o al menos orbito en una realidad menos crítica. Entonces, tal vez cumpla mi función y, en lugar de aguardar pasivamente la oleada en medio de un médano, deba zambullirme y deglutir cada pequeño punto de la carroña. Lo importante es la incorporación de un cuerpo a otro. Son modelos de la naturaleza, me convenzo.
Mi madre dice claramente que yo era un tiburón, y eso es lo que soy o al menos orbito en una realidad menos crítica. Entonces, tal vez cumpla mi función y, en lugar de aguardar pasivamente la oleada en medio de un médano, deba zambullirme y deglutir cada pequeño punto de la carroña. Lo importante es la incorporación de un cuerpo a otro. Son modelos de la naturaleza, me convenzo.
Entonces es cuando llega la segunda imagen: se han encontrado úteros de tiburón –seguramente en pescas científicas o clandestinas-, dentro de los cuales estaban creciendo tres o cuatro crías. Los pescadores han hecho su esfuerzo para extraer a la madre, con sus redes. La han tajeado por el vientre para quitar las vísceras y allí han encontrado los pequeños que engendraba. Los han llevado a la cocina para que el chef los reboce –adviértase que éstos son cubiertos por harina-, luego los prepare, y, al abrirlos para extraer sus entrañas, han encontrado que ya estos contenían en sus vientres, pequeños tiburones, antes de nacer. Es sabido que nacen con dos hileras de dientes que les permiten cazar y alimentarse dentro del útero.
Los verdaderos tiburones sabemos que las paredes están hechas de sangre. Abro la boca y muerdo al que se me había adelantado. No era hambre verdadero, sino la oportunidad de que mi madre se sienta orgullosa: soy el único devorador que ha quedado en su vientre. El otro, ahora, se mueve en mí, tiene por qué vivir, incluso podrá alimentarse de los otros que han nacido dentro de mi universo visceral; dentro de todo se crean especies de mundos, engendros que prohíben y permiten al arbitrio de sus propias reglas.
Voy a dormir, todos tenemos la ilusión de la gran presa mañana: iré por la membrana que me engendra, comenzaré desde adentro, muy lentamente, royendo para no alertarla, si muere tan de pronto, es seguro que la soledad me mate.
la madre que es la vida misma nos devora a su antojo, estimado Sergio, es depredadora, nosotros también tenemos nuestros colmillos que buscan su presa dentro de los diversos mundos que vivimos. ABRAZOS todos.
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