miércoles, 19 de agosto de 2015
LITERAL
Entré al supermercadito que está a veinte pasos de la puerta de ingreso al edificio. Sólo necesitaba queso y algo que aún no sabía qué era. Así me pasa siempre que intento comprar con hambre animal. La chica que cortaba el fiambre, la anciana dueña del lugar y una clienta con ruleros y enguantada con un conjunto Nike blanco y negro cantaban junto a los Pimpinella, bailaban como podían entre tomates y conservantes.
"Nada más", le dije a la chica cuando me preguntó.
"¡Elegite algo más o seguimos cantando!", me amenazó mientras bamboleaba la cabeza detrás del mostrador.
"Lo que me intimida de estos dos hermanos es que pasen la vida declarándose el amor, haciéndolo cuando cantan, los engaños", dije.
La música seguía pero ellas ya no bailaban.
"Pero con eso hicieron buena mosca", me dijo la dueña.
"¡¿Me engañaste, me mentiste?!", gritaba Lucía Galán.
"¿Qué más, aparte de enamorarse de su hermano, puede hacer usted por un poco de plata?", le pregunté a la dueña.
Me cobró el queso crema y me fui sin saber qué más quería mi hambre animal, de ese lugar.
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