martes, 28 de junio de 2016

CAJAS

   "Es un pibe tranquilo, es un pibe que no te va a traer problemas. No te va a cagar. Tiene pelos en la espalda, eso sí, a mí me da un poco de asco. Viste cómo soy yo... Pero no me hagas caso". Eso había dicho de mí un flaco al que conocí hace tanto, a otro flaco que conocí hace un poco menos.
   "Lo que tiene es que es pedante como él solo". Me pregunté si estaba bien que mi hermana hablara de mí con su novio. Él la escucha con un aspecto pensante y ascético. La oye con la mano en la barbilla y la mirada repasando la mesa como si fuera un trapo. Ella sigue: "pedante y no lo soporto". Él hace tres o cuatro años que está con ella, ya van por su segunda casa y la tercera discusión que casi los deja a ambos en la calle. Tienen cinco años menos que yo y me pregunto si hace cinco años yo me sentaba con mis amantes o lo que fueran a hablar de otros así. Él no opina casi nunca, pero de todos modos me avergüenza encontrarlo cuando nos mudamos o cuando tomamos un café y que sepa que soy pedante. ¿Cómo le demuestro que no lo soy?, me digo mientras vamos subiendo las cosas al camión. "Que no toque esa lámpara", pienso, por una lámpara blanca de vidrio torneado carísimo. Si la toca ella va a tener razón. ¿Qué otro si no un pedante tiene una cosa así? Esa lámpara es de pedante. Pero él ni la ve. Elige para llevar maderas, que uso como estantes, la cama, cajas pesadas con los artefactos de la cocina. No come. A veces no sé cómo logra sobrevivir y por eso me llama la atención su fuerza. ¿Merece saber todo de mí? Incluso si fuera una relación estable que ella tiene por primera vez en su vida. 
   "Tené cuidado con lo que le decís. Es un tipo jodido de esos que siempre andan buscando atrás de las palabras. Ni una menos, ni una más. Lo que pasa es que estudió no sé que cosa del discurso y algo de eso maneja. Es como un ancla, se te clava en el fondo de lo que estás diciendo y no la desenganchás con nada. A mí me ha hecho llorar varias veces". Eso le había dicho una examiga a una amiga. Y supongo que lo dice por el día en que se fue de la casa de sus padres. Metió tres o cuatro pavadas personales en un morral y se vino a la mía. No por ese día, si no por el posterior, en el que Antonella y yo nos sentamos a caballo de uno de los bancos de la plaza a la que solíamos ir en nuestras épocas de estudiantes universitarios. Allí estábamos cuando ella encendió el cigarrilo y arrancó. "Mi vieja hace lo que quiere con mi viejo. Él es buen tipo, pero un boludo. ¿Sabés que me dijo ayer, la hija de puta?, que soy un tanque y que así de gorda estoy por ser una vaga que no sirve para nada". Pita varias veces. "Es una hija de puta. El departamento que me compró es para manipularme como a él. Por eso no quise ni pisarlo. Ahora tengo que traer todo lo que fui llevando y ver dónde me meto". Pita varias veces más. "Fijate: me compró un televisor, las camas, un juego de comedor. Obvio que para que todos piensen que ella es una buena madre y que yo quede como una pelotuda". Pita dos o tres veces. Apaga el cigarrilo y enciende otro. Llora con unos grititos que hace que los transeúntes la miren. "Me están mirando. ¿Qué mierda miran estos pelotudos?". Le dije: miran a una mentirosa inútil y eso a la gente se le huele como se huele la mierda. Después de eso, se fue de casa. Volvió a poner en el morral las tres o cuatro cosas que había traído. Creo que terminó en lo de otra amiga en común a la que sí Antonella le resuelve mucho de su vida, al hacerle creer que en el mundo hay alguien peor que ella. 
   "Se va de nuevo. Así no tiene que enfrentar que es un grano en el orto con todo el mundo. Dice que quiere empezar de nuevo en otro lugar. Es un sorete que va a flotar de una punta de la orilla del Atlántico hasta la otra orilla". Eso lo dice mi padre. Punto.  
   

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