CONTROL REMOTO
No me pregunten porqué de adolescente asustaba tanto a mi hermana. Eran tiempos en los que nos pegábamos mucho. Vanesa tenía las uñas largas y se defendía clavándomelas en las venas de los nudillos. Sin embargo, nunca lo dije, pero me llamaba la atención que fuera tan asustadiza, que creyera tanto en mí. Sólo con mirarla raro, o hablarle de cierto modo ya comenzaba a lloriquear o a sentirse culpable.
Por esos años yo era un pendejo de mierda que leía todo el día y de chicas, nada. Cada tanto bajaba alguna foto porno de Internet y la ponía en una carpeta dentro de otra carpeta, dentro de otra carpeta. De la misma manera funcionaba la cabeza de mi madre, como una caja china implacable que me sometía a las más terribles normas de vigilancia.
Vanesa hacía los deberes en el comedor y yo en mi dormitorio. Como a las 8 iba descalzo hasta su pieza, abría la puerta muy despacio para que el pestillo no saltara y eso le advirtiera la intrusión. Lo que tenía que hacer, era, primero traer la puerta hacia mí, luego bajar el picaporte suavemente y entrar.
La pieza casi siempre estaba en penumbras. La casa estaba ubicada de tal modo que por la tarde el sol incendiaba la pared de la ventana de Vanesa y eso la obligaba a mantener cerrado para que el ambiente estuviera fresco. Agarraba el control remoto del televisor y me tiraba en el piso alfombrado de negro. De espalda, reptaba hasta quedar totalmente cubierto por los tirantes que sostenían su colchón. Luego bajaba el cubrecamas, cuyos flecos llegaban hasta la alfombra y allí encendía el aparato y la esperaba.
Para el verano, mamá nos había comprado unos cubrecamas Alcoyana que eran casi transparentes, así que nada me impedía mirar televisión tranquilo mientras estaba tirado. Bajaba el volumen hasta casi no oír y hacía un zapping rápido, hasta que encontraba algo que me interesara. Generalmente me detenía en Discovery Channel. Por esos años yo tenía una conciencia ecológica insoportable; increpaba a quienes tiraban colillas de cigarrillos en la calle, a quienes mantenían atadas a sus mascotas, a quienes dejaban las canillas abiertas o tiraban pilas a la basura. Y participaba de seminarios y escribía proyectos que mandaba por Internet. Recuerdo que el de las pilas recargables lo tratamos en la comisión de jóvenes de la Municipalidad y tardé semanas en darle forma. Se lo mandé al Gobernador de Buenos Aires, tal como habíamos quedado con la Comisión de reciclaje. No dormí tranquilo por 15 días, chequeaba el correo 3 o 4 veces cada media hora. Jamás obtuve respuesta, y con el tiempo dejé de pensar que yo era trascendente para el planeta.
Sentí los pasos de Vanesa que se acercaba por el pasillo. Apagué el televisor. La luz roja del aparato apareció justo en el momento en el que ella abrió la puerta. La sangre me llegó en un cosquilleo a la cabeza, el corazón me latía como si fuera a darme un paro. Escondí el control remoto entre mi espalda y el suelo. Y respiré profundo. La puerta se cerró. Vi las piernas de mi hermana ir hasta el pequeño escritorio. Dejó los papeles. Comenzó a ir de acá para allá. “Está buscando el control remoto, la puta madre”, pienso. Me lo saco de la espalda y lo pongo al borde la cama. Veo su mano que lo toma. Ahora tengo que esperar que apague la luz. Encuentre su programa preferido y se distraiga.
Tengo menos de media hora porque mi mamá va a entrar para avisarle que la comida ya está lista. Y después va a ir por mí, y no me va a ver y va a empezar a los gritos. Tal vez se duerma, ahora que lo pienso.
Pasa canal tras canal, se queda en Sony. Están dando The nanny. Ella es fanática de esa serie pero son capítulos repetidos, deja el control remoto en el piso. Veo que su mano baja exhausta y cae. El plástico hace un ruido sordo en los pequeños pelos de la alfombra: es el momento.
La cabecera de su cama tiene un espacio de casi 60 centímetros . Eso la divide de las puertas del placard. Repto suavemente para salir por allí. Tengo que sacar todo el cuerpo, pero no puedo respirar fuerte, no debo dejar que mi piel raspe la alfombra porque ella conoce cada ruido de este lugar. Tengo 10 minutos para salir. Tranquilo, es suficiente. Me muevo como una anguila en un balde, lento. Marta las pelaba vivas, y hace chupin. Son ricas, me gusta chuparles los huesitos. Ya casi tengo la mitad del cuerpo fuera, es la parte más difícil, porque estoy mitad abajo y mitad expuesto y si gira la cabeza por algo, me va a ver, aunque sea de perfil, podría.
Voy sentándome. No tengo que arrodillarme rápido. Me hago una bolita y espero a que pase la agitación. Lo siguiente es ponerme en posición fetal. Me duele la piel porque fui arañandome; no entiendo cómo mi cuerpo de 1 metro 80 entra en 60 centímetros , pero lo logro. Me arrodillo, listo para saltar como los payasos en las cajas de sorpresa. Tengo que saltar y voy a gritarle fuerte para que llore y no se olvide más de esto. Tengo que encerrarle la cara con mi cuerpo como si la atrapara.
Salto y grito ¡Aaaaaaaaah! (Forra de mierda, mirá cómo me dejaste las manos en la última pelea, ¡te vas a cagar llorando!). Vanesa salta de la cama. Grita. Grita un grito que jamás había escuchado. Tiene los ojos abiertos y sé que no logra verme. En su cara es obvio que ve algo que no soy. Grita y es tanto lo que siente que no hace tiempo a llorar. Continúa gritando a pesar de que yo ya tengo los brazos abajo, el cuerpo quieto. Ahora llora. Llora espantosamente y sé que no puede salir de su pesadilla. “Vane soy yo, ya está, era un chiste”, le digo y trato de tocarle la cara pero no lo hago. Se cubre el rostro con las manos y llora tanto que me da miedo. Ya no logra verme. No entiendo entonces qué le ocurre, pero desde entonces ella me mira y noto que sus uñas están cortas. Sabe que no puede defenderse.
Como me rei!!! Sentia la ansiedad como si estuviese yo bajo la cama.
ResponderEliminarMuy copado man... lo voy a hacer
ResponderEliminarPor dios!! Mi mamá y mi hermana mayor me han asustado tanto de niña que hoy tengo el síndrome del saltito ante un golpe tenue. Pobre Vanesa!! Le quedaron secuelas de uñas cortas, no es tan grave jaaaa. Excelente relato!!
ResponderEliminarDe chicos hicimos lo que quisimos, de grandes nos dedicamos a actuar, escribir...
ResponderEliminarGracias! El cuento vuela, Sergio. Marta