martes, 14 de mayo de 2013


VIVIR EN MARTE





“Se me cayó el mundo, sólo tengo malas noticias” escribe Ana desde Italia, hoy, a las 11hs de Argentina.
Yo en ese momento pensaba en qué significa “lo importante”, dónde radica su médula, qué confiere a cada circunstancia la esencia de particular para tener que vivir en Marte; cómo sería recordar para siempre la palabra Marte, la vida fuera de estas razones que conocemos, de estas dimensiones.
Las cifras publicadas en los diarios más cuestionadores del proyecto holandés destacan que ochenta mil personas han pensado en no regresar a este planeta, nunca más; dejar a sus madres, sus mascotas, dejar hijos, empleos, el smog, dejar a Bach, dejar la espuma del mar, la posibilidad de una cena inesperada.

Cuando Ana se fue a Bérgamo, ya hace 11 años, sin la ciudadanía, sin dinero, sin que la esperara un futuro, contaba sólo con que alguien al otro lado del océano la esperaba para confirmarle que era insustituible. Suelo relatar esta historia porque la admiro desde entonces, como se puede admirar a un héroe en el siglo XXI.
Su voz al teléfono y saltando como si fuera una niña en un pelotero, me dijo: “Sergio, me dijo te amo antes de subir al avión y me preguntó si quería irme con él”.
Ana le contestó que ella sentía lo mismo -mientras se confesaban en el aeropuerto-, que por nadie lloraría tanto como por extrañarlo. Y un año después, cuando además la crisis nos dejaba descalzos, y anémicos de cualquier esperanza, ella tomó un avión que nos despidió para siempre.
Nos vio morir un poco a todos: a mí, que temí que mis brazos ya no fueran a estirarse tantos kilómetros; a su madre, que recorrería un camino pequeño desde entonces en cada rincón de la casa; a sus sobrinitos, que crecieron sólo a la sombra transparente de la palabra “tía”. Este era un mundo injusto y por eso Ana partía, ésta era la superficie árida de la que debía olvidarse para que lo que crece, pudiera hacerlo incluso sin mayores dificultades.
En todos estos años, Ana me ha llamado cuando sueña que muero ahogado en la laguna de Venecia y salto en su pesadilla de una torre. Otro día manda mensajes a su madre temiendo que haya muerto Nerón, el perro viejo que la recibía al llegar. Llama porque tiene que decirle feliz cumpleaños a su sobrina que llegó a los 15. Se enoja cuando no le informamos que tal ha caído enfermo, o que tal ha conseguido salir de un mal trabajo. La vida tiene una palabra para cada instante, y cada instante es inmenso en esa palabra, entonces ese eco de tan distante, la vuelve indecible.
Hoy la palabra es martes. Ana siente esa muerte cerebral como una nada que viaja de su amor al mismo infinito. “Estoy sola” me escribe en su mail, y posiblemente llora con el cigarrillo convulsionando en la mano. “Y tengo nada aquí”.
Pienso en este día, en la palabra por la que viajo hasta sus ojos como si fueran otro planeta, como si fuera ella otra mujer, otra sombra huyendo de todo lo que conoce, otra vez en un mundo donde tampoco es seguro que la espere el amor.

5 comentarios:

  1. Cu{antas rarezas y cu{antas tristezas! Pero el mundo es mundo as{i, con todo eso, sin m{as alla!!!

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  2. Ana volvéeeeeeeeeeeeeeeeeeee!! Si tuviera que votar por un relato de estos, sería èsta la obra póstuma amigo!!
    Me enamoré de este texto, compartilo por todos lados por favor!!

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  3. Solo hoy tengo el coraje de volver a leer... vuelvo porque la vida continua, y todo el amor que me llena y explota dentro de mi tiene que exteriorizarse hacia las personas que adoro... por el momento es mi unica solucion para seguir en este mundo. El me ve y quiero que sea orgulloso de mi. Te quiero mucho ser! cuando nos veamos vas a ser una de las personas especiales que quiero mimar y viciar!!
    Ana

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  4. Anita, este viaje tiene que ser de nuevo: único.

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