Se acerca mayo y algo de lo que va muriendo en el parque abandonado o
del olor a las hojas secas de los álamos me pasa por la espina dorsal como una
mano que arrastra sus uñas. No duele, es un llamado, una cruz que la abuela
solía hacerme cuando estaba mal.
“Ya se te va a pasar, hijito”, me decía y seguía presionando con la
punta de sus dedos. Después continuaba lavando ropa. En esa hora de la tarde en
la que no se podía salir porque el sol estaba fuerte, la casa olía a jabón.
Rac, rac, rac, hacían sus dedos sobre la tabla de madera. La burbujas se
agrupaban en pequeñas nubes y después una sola, única e inmensa. De vez en
cuando, alguna subía por sus codos, se enganchaba en el borde de la pileta del
lavadero y era llevada por el viento de la ventana abierta. Yo corría a
aplastarla, y a veces me ganaba la punta de una mesa, una silla, el choque
contra la pared.
La abuela subía y bajaba encorvada, porque los pantalones del abuelo o
los cuellos de las camisas eran los que daban más trabajo. Enjuagaba varias
veces y siempre alguna gota salía del balde y me salpicaba la cara.
Al terminar de escurrir el último pañuelo, decía: “Aquí no ha pasado
nada”. Y era una frase que repetía, porque antes ya la había dicho cuando el
comedor había quedado vacío de platos, vasos y restos de comida.
Yo me adelantaba en ir a buscar la bolsa de los broches al garage y la
hacía esperar conmigo. Con una mano sostenía la manija y con la otra revolvía
los broches, como si mezclara renacuajos en una pecera. Hasta que ella decía
“vamos, así se seca tranquila” y salíamos.
El sol picaba en la
frente y alguna chicharra gritaba escondida entre los naranjos o las moreras.
El parque tenía el tamaño de tres terrenos por los que el abuelo había pagado,
trabajando desde las cuatro de la mañana hasta las ocho de la noche hasta hacía poco. Una vez a la
semana él cortaba el pasto, daba forma a las cientos de plantas que la
abuela cuidaba como a hijos y ese era el día en que las chicharras no gritaban
y el olor era seco y el silencio se rompía sólo por el motor de la cortadora.
Yo era el encargado de bajar el palo larguísimo con el que
se sostenía el alambre. Iba alcanzándole los broches y al terminar, el jabón
se mezclaba con los malvones, los jazmines, las petuñas y los árboles, y todo
flameaba como un portal de viento. Las sábanas se alzaban como velas de un barco y yo
cerraba los ojos; me rozaban la nariz, era una caricia húmeda, sencilla.
La abuela me acompañaba hasta la piecita que había sido de mi papá; cuando ella se iba, me
levantaba descalzo para no hacer ruido y aprovechaba para volver ojear las
páginas de los libros, que habíamos leído por la mañana. En la montaña, la
cenicienta aplastaba a pulgarcito, éste a los tres chanchitos y todos a Gaby, Fofó y
Miliki. A las 2 se iba tarareando y volvía a las cuatro con la excusa de
que ya estaba el mate. Yo me hacía un poco el dormido, me refregaba los ojos despacio y me despeinaba. Caminaba bostezando y ella reía por algo que nunca entendí.
“Acá tenés la leche” me decía ya a la sombra de algún árbol. "No le pongas tanta azúcar que hace mal". Ellos, mientras tanto, arreglaban alguna boleta, hacían un crucigrama o jugaban a las cartas. Después, cuando el agua de la pava se enfriaba, venía un primer mate para mí.
“Acá tenés la leche” me decía ya a la sombra de algún árbol. "No le pongas tanta azúcar que hace mal". Ellos, mientras tanto, arreglaban alguna boleta, hacían un crucigrama o jugaban a las cartas. Después, cuando el agua de la pava se enfriaba, venía un primer mate para mí.
Desde donde estábamos, miraba las sábanas que flameaban livianas, al fondo de
sus voces, y la tarde se hinchaba despacio.
Esa tela casi transparente y fresca es la única trama verdadera que hoy da forma a todo lo que conozco.
Esa tela casi transparente y fresca es la única trama verdadera que hoy da forma a todo lo que conozco.
Lograste que vuelva ahí, como si hubiese pasado ayer. Cerré los ojos, respire profundo, el olor del parque me penetro y volví a escuchar su risa. Que hermosos momentos.
ResponderEliminarB.
Vos estabas allí.
EliminarMe encantó el de la abuela... claro y transparente, una genialidad... todas las infancias deberían tener un poco de esa trama... bello bello!!! :D
ResponderEliminarSencillamente hermoso !!!!
ResponderEliminarGracias.
EliminarSin duda hay mucha conezxión con el primero
ResponderEliminarCon cuál, no me doy cuenta.
EliminarGenial!!!!
ResponderEliminarGracias, déjeme su nombre para poder agradecerle.
EliminarMuchas gracias por un texto que nos dice tanto de vos
ResponderEliminarRacconto que trae a la memoria al niño protagonista/ narrador, donde el paisaje exterior sacude las sensaciones que dependen de su mundo interior, mostrando como simultáneos los planos narrativos, ... a propósito de la cercanía de un nuevo aniversario de las “abuelas de plaza de mayo”, entonces el espacio/tiempo se funde en una dependencia narrativa, “las sábanas flameando suave” y el pañal o pañuelo blanco que cubre el cabello de las madres/abuelas en las manifestaciones pacíficas. Relato que nos sitúa en un episodio de la historia argentina, y en un episodio de la vida del narrador. Dos realidades paralelas. ABRAZOS, Sergio, desde Chile, Ro
ResponderEliminarLas abuelas, son un emblema patrio para las naciones de nietos.
EliminarQue hermoso lo que escribiste Sergio, me encantó, me hizo desear ser el protagonista de tu relato. Un abrazo. Richard.
ResponderEliminarSergio, hiciste con tus letras una máquina del tiempo. Leerla me llevó a la infancia A mi también alguna vez me acariciaron las sábanas y aun cuando tu paisaje es distinto al mío, me metí en él, lo olí, lo viví y hasta compartí el mate. Quisiera alguna vez, lograr aunque sea una linea que diga tanto con tan pocas palabras. Tengo confianza en que aprendiendo con vos, tal vez lo logre en alguna tarde que se haga despacio (me impactó esa frase). Gracias por regalarnos esto y todo su saber.
ResponderEliminarHoy lo releí. Después de 2 años de haberlo escrito y sigo llorando como la primera vez. Es una nostalgia de las más hermosas que me ocurren.
ResponderEliminarsg
Nostalgia y sentimientos que evoca el espìritu de una de la infancia y es escrita con esxquisita riqueza literaria.
ResponderEliminarMuchísimas gracias.
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