martes, 30 de abril de 2013


QUE NADIE SEPA


Por aquellos tiempos, yo hablaba mucho solo. Le contaba a la vecina mientras me hamacaba, que en el jardín un chico me seguía pegando porque yo era el preferido de la maestra. Anita me quería más a mí porque mientras ella explicada cómo lavarse las manos yo le tocaba el pelo y a ella le gustaba.
La vecina se llamaba Marta y cuando hablaba gritaba y escupía gotitas en la cara. La abuela decía que no había que tomar mate con ella, porque Marta andaba todo el día de casa en casa y tomaba con mucha gente y que, en cambio ella tenía la dentadura perfecta, sin caries y no como Marta que tenía los dientes separados y amarillos.
Yo una vez le pregunté a Marta si era cornuda y se enojó. Martín decía todo el día esa palabra y en el jardín le habíamos preguntado a la seño Ani si era cornuda y a ella le causó risa. Por eso, un día que Marta vino llorando a contarle algo a la abuela yo le pregunté eso para que deje de llorar, pero se quedó mirando y la abuela me dijo que me fuera a jugar al parque, que no tenía nada que hacer entre los grandes y que el día estaba lindo para andar en la bicicleta.
Fui al garage del abuelo, agarré la bicicleta y empecé a dar vueltas en la vereda jugando a que pasaba por arriba de la manguera con la que él regaba, pero sin salirme de arriba. Cuando me vio, me dijo que rajara ya mismo de ahí, y fui abuscar a Nadia que vivía pegada a la casa de Elvio. Pero estaba en penitencia por mentir, dijo la mamá. Así que dejé la bici de nuevo al lado de la bomba de agua que tiene el abuelo en el garage y me subí al árbol a buscar higos para que la abuela haga más dulce, pero casi no había y estaban chiquitos.
Ahí le conté a la abuela que yo quería ser mamá, que quería tener una casa como la que hacemos con Nadia en su pieza con la mesa y mis rastis. A Nadia no le gusta que le ponga las muñecas sobre los ladrillos para hacer las paredes más altas porque dice que son personas y no ladrillos, y van sentadas en las sillas para comer, pero si no hacemos así, la casa queda chiquita y no sirve para nada, porque una casa tiene las paredes altas y punto. Nadia, yo hoy quiero ser la mamá número 1 de las 4 porque siempre sos vos. Pero si le digo así se enoja y me echa porque los juguetes son de ella.
Cuando le dije al abuelo que para papá noel quiero  4 muñecas iguales a las de Nadia, el abuelo me pegó una patada en el culo y me dijo que no quería volverme a escuchar. Y yo no sé por qué no le puedo pedir lo que a mí me gusta a papá noel, si siempre me dicen que él me cumple los deseos.
Las patadas del abuelo no me duelen, pero yo lloro un poquito para que parezca que sí, porque si no me va a pegar más fuerte. Y me voy a esconder atrás de una planta para que se piensen que me fui para siempre de la casa, que nunca más me van a volver a ver porque los odio. Me voy a ir a la casa que hacemos con Nadia. Tengo que agarrar un calzoncillo, ponerlo en la bolsa del jardín y convencer a Nadia para que me deje quedar escondido ahí para siempre.
Miro entre las ramas desde el fondo del parque y me voy acercando despacito. Escondiéndome entre las plantas, primero una, después otra, como los espías. El abuelo está en el garage con esa máquina que afila fierros y hace chispas. Se pone unos anteojos para hacer eso y dice que no ve nada. Es mi oportunidad. Voy despacio porque Marta tiene arriba, bien arriba del mueble de la pieza, una valija que debe tener muñecas de cuando ella jugaba. Desato el alambre que separa la casa del abuelo de la de Marta, para pasar por el agujerito que hicimos con Nadia y que tapamos con unas ramas, y voy por el galpón. 
La casa de Marta tiene olor a pis y está oscura, eso es porque en una pieza está la Monona que es una vieja mala, dice Marta, y que un día de estos la va a matar. Yo no la quiero a la Monona porque la hace enojar a Marta y grita cosas que escuchan todos los vecinos. La abuela me dijo que no vaya a esa casa porque ahí están todos locos y que no coma los caramelos que me da Monona porque el otro día se tocó la cola y llenó la casa de caca para que Marta de enojara y le pegara.
Por suerte la pieza de Marta queda para el otro lado. Voy despacito. Me subo a la cama. Si encuentro las muñecas de Marta, me voy a vivir con Nadia. Agarro la valija, abro el cierre. “¿¡Que hacés acá Sergio, que tu abuela te está buscando como loca?!”, me dice Marta y me llena de gotitas. “Vamos para allá. Te dije que no tengo muñecas ahí”, seguro que tiene y no quiere prestármelas, Marta es mamá de Silvina y Claudio, ella ya tiene hijos. Por eso la odio.

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