Yo que me quejo de cualquier ser humano que ose escuchar música sin auriculares en el micro, que me quejo si un niño grita como una hiena y la madre no le tapa la boca con una bolsa, si un gordo ronca como una cloaca tapada, yo que desmiento a los gritos si la señora de más de 50 empieza a hacerse la reumática por tener que viajar parada porque el chofer sube más pasajeros que los que podrían ir a un partido de Boca-Chacarita, me tomé el Plaza a Retiro con 9 orangutanes sentados atrás.
Subí en 13 y 44. Me dolía tanto la cabeza que no me hubiera importado que me levantaran la tapa de los sesos para buscar qué era lo que cortaba y seccionaba ahí adentro. Pero fiel a mis culpas, viajaba con un libro de William Burroughs en el que el tipo ya no es adicto al alcohol, sino al crack, a las anfetaminas, a la heroína, a la cocaína, a los tipos y a todo lo que le permita revivir sus miserias. Intenté empezar con el libro 3 veces en estos últimos meses, pero no termino de familiarizarme con la terminología de los adictos y vuelvo a dejarlo, tentado por perderme en el universo del éxtasis alguna vez.
Me pareció raro que viniera lleno. Fui caminando por el pasillo del centro hasta el final y entonces me vieron. Me miraron confinándome a los infiernos y esperaron pacientemente a que me sentara. Quedaban libres sólo dos asientos, ambos pegados a ellos. Me acomodé y vi que dos chicas de 25 años con sus libros en mano, venían siguiéndome. Elegí el lado derecho, ellas, el izquierdo y se sentaron una sobre la otra.
Las vieron, pensé. Pobres pibas.
-¡Uh, mamita...! –dijo uno alto con la cerveza en la mano.
-¡Cuánta lechita que traé en esa tetitas! –dijo el de al lado, gordo, lleno de granos.
-¡Vamo-vamo-vamooo!, ¡tooo da moooviendo las tetiiitas y largando la lechiiita!. ¡E-e-e-eeeesaaaaaaa! –cantaban con el estribillo de la cumbia sonando hasta reventar el pobre parlante del celular.
Las chicas quisieron pararse para ir hacia delante. Y no sé por qué no lo hicieron.
-¡Felí día, hermosa! ¡No te enojé!. ¡Vení que acá te hacemo 9!
Las chicas comenzaron a hablar a los gritos sobre el procedimiento para la promulgación de una ley. Estudiantes de derecho, imaginé.
La música del celular de uno -al que le decían el chancho- seguía sonando con los parlantes a punto de reventar. Ellos levantaban la mano y decían subiendo la voz: ¡E!–¡e!-¡e!-¡eeeeeeeeeeeeeeeee!
Intenté iniciar por cuarta vez el libro de WB cuando oí el ruido de un chorrito que caía al suelo. El chancho empezó a los gritos y parado sobre el asiento le preguntaba a otro si era enfermo. Se escuchó un manotazo. Otro manotazo y más gritos:
-¡Recatate, guacho, eh! ¿No ve que el chofer nos dejó subir sin pagar? –decía el chancho, unos 45 años, gordo y desdentado, encías negras, ya casi en cuero.
-¡E! –¡e!-¡e!, ¡eeeeeeeeeeeeeeeeee! –era otro estribillo de la canción que escuchaban.
-¿Mami, no queré que te haga uno o do hijito?
Las chicas intentaban seguir discutiendo si la comisión de presupuesto tenía que aprobar o no, el informe antes de que el proyecto pasara a una de las Cámaras.
-¡Eh!, ¡hermosa!, ¿no te gusta él? –el chancho señalaba a uno de los orangutanes que meneaba y meneaba la cintura arrodillado en el asiento.
Comencé a sentir olor a cerveza y a pis, algo ácido y amargo se extendía en el aire. Me acordé del ruido de lo que caía sobre el piso hacía unos minutos. Miré hacia abajo sin mover demasiado la cabeza, para que no notaran mi asombro: un charco enorme de meo me inundaba los zapatos y empezaba a mojarme las medias.
DISGUSTO DESESPERACION...ODIO... RAZISMO CONTRA ESA GENTE, MARGINARLA? ALEJARLA DE LAS CIUDADES, HACE LA SEGUNDA PARTE QUE SACABAS DE LA MOCHILA UN REVOLVER Y LA IRA SE IMPOSESABA DE TI Y HACIAS UN MASACRO EN EL MICRO!! PORFIS !!
ResponderEliminarAna