martes, 12 de marzo de 2013



MATAR A UN NIÑO 


(Primera parte)


Hace un año que tengo de vecino a una inmundicia de 50 centímetros que se arrastra y babea, grita y larga de sus entrañas un olor cloacal y pregnante, rompe y devasta seres humanos al otro lado de la pared de mi departamento y se llama Lorenzo.
Me da exactamente lo mismo que ya no podamos reproducirnos nunca más, que la raza humana procree por generación espontánea. Es un atraso mundial irreparable, ante semejante avance de la tecnología, que aún sigan existiendo los niños.
Me daría lo mismo que de un hueco profundísimo de la tierra saliera un humano, educado, perfecto, dócil, capaz de expresarse; que de una cueva saliera el hombre modelo y bregara por ser el homo-ideal: el hombre que nace sin la imperfecta manifestación de ser niño, sin traumas, sin historia, sin el inaugural recuerdo de haber sido todo lo perverso que le dio la gana.
¿Como es que esas inmundicias de 50 centímetros existen? Ni un solo padre no pensó en comerlos, arrancarles las entrañas y tirarlas al infierno, deglutirlas, o untarlas en el pan de la mañana y masticar lento el resto de su hijo. Todos han querido gritar: "¡Que vivan los egipcios y sus matanzas!" Y por fin decir, sí, este es el mundo que deseamos: sin gritos de cerdos carneados o gatos apareándose a las 3 de la mañana; sin seres incontinentes que miran hacia abajo y mean cualquier vereda, las camas, los sillones de paño, los asientos de los autos. Y detesto sus miradas llenas de videncia, una mirada que nos hace sentir miserables, pobres en lo más profundo del espíritu.
Mientras uno ve hacia el suelo porque el engendro nos hostiga con sus ojos, pensamos: "si no estuviera tu padre, te mordería la lengua y te la arrancaría como Hannibal, mocoso". Pero por respeto a su siervo, ese ser que ya no quiere más que su sacrificio con veneno para ratas, decimos: "ajooo", porque el mundo nos dio para que ellos pudieran prosperar: la culpa. 
Muchas veces he pensado cuáles son las fotos mentales que tengo de Jesús: naciendo y crucificado. ¿Y en el medio? ¿Nunca se cagó nuestro Señor? ¿Nunca vomitó sobre la tersa carita de María inmaculada? ¿Nunca le robó una tabla de una mesa a José o se infectó por pincharse con un clavo? ¿Por qué no gritó hasta volver loco a todo Jerusalén a las 3 de la mañana? ¿Acaso María no quiso sacrificarlo antes que Dios, con una pequeña crucecita y pequeños clavitos, y pequeños azotes con pequeños espolones y encenderlo en una pequeña hoguera para que dejara de llorar? 
Yo me pregunto por qué las ciudades nos dan inmundicias tales como mi vecinito y no como Jesús. Qué feliz habría sido yo si la inmundicia de 50 centímetros hubiera nacido e inmediatamente hubiera sido crucificada.

Ayer la miserable comadreja de 50 centímetros llegó de sus vacaciones con sus esclavos. Los oí cuando bajaron del ascensor. Los pasos atorados, las maletas, el carruaje en el que lo trasladan de un lado a otro, serviles, vasallos de sus deseos. Se atoraban. Recordé las películas en las que se relatan invasiones así. Lo imaginé mirando mi pared, la del comedor y la del baño, rozando con su dedito lleno de saliva y dulce, mi pared blanca, que da al pasillo. Ellos, rayándola con las ruedas, y la inmundicia contemplando cada centímetro cuadrado, planificando de nuevo sus ataques.
Ya no sé la cantidad de noches que la cucaracha arremete con su ponzoña devastadora, durante la noche, durante la cena, durante una lectura profunda. Sé que el alienígena advierte perfectamente cuándo es el mejor momento para embestir, acecha porque él sí tiene tiempo, tiene todo el tiempo que le plazca para pensar cómo eliminarnos. Ha comenzado por sus padres.
Cuando la conocí a Soledad, era una mujer alegre, sensata, cuidadosa de los modales. No sé cómo puede haber accedido a acarrear entre sus vísceras a la inmundicia. Pero lo concreto es que lo ha hecho. Un día me tocó la puerta y vi cómo su cuerpo deformado era fagocitado desde adentro. “Te va a matar, Soledad”, le dije. Pero su cara de resignación fue la única respuesta que obtuve. Ya era demasiado tarde. “Falta poco para que se nos termine la paz”, me dijo consternada, sabia de lo que iba a depositar en este mundo, conocedora del poder de la basurita.
Fue extirpado, según supe, con muchísimos problemas. El engendro quería llevarse con él partes del cuerpo de Soledad. Se había aferrado a los intestinos, que usaba como collares, como rehenes de su poder. Matías, su esposo, lloraba en la sala de espera y tuvo que entrar para calmarla.
Sé, que nadie deseó la vida de esa cosa, sé que cada alma del edificio de departamento donde vivo intentó matarlo, pero que sus ojos cristalinos y videntes fueron paralizándolos a su turno.
Pero dije “¡Basta!”, ayer fue la última vez que esa miseria regordeta gritó a las 2 de la mañana. Fui hasta el corral donde lo tienen, alimentan y veneran  y toqué timbre…



Continuará...


5 comentarios:

  1. Alguien tenía que decirlo!

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  2. es verdad pero me da lástima ay otros que son hincha pelotas que los queres matar como este. Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaas

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  3. jajajaa, muy gracioso Sergio, dios mío, vos sos peor que el nene al final! jaja
    Martha

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  4. Sí, hoy releí este texto y me reí mucho.

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  5. Me encantó, pero por tu forma de escribir,tan original sobre el tema a tratar y por supuesto que no creo que pienses así, ja ja ja

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