MATAR A UN NIÑO
(Primera parte)
Hace un año que tengo de vecino a una inmundicia de 50 centímetros que se
arrastra y babea, grita y larga de sus entrañas un olor cloacal y pregnante, rompe y devasta seres humanos al
otro lado de la pared de mi departamento y se llama Lorenzo.
Me da exactamente lo mismo que ya no podamos reproducirnos
nunca más, que la raza humana procree por generación espontánea. Es un atraso
mundial irreparable, ante semejante avance de la tecnología, que aún sigan
existiendo los niños.
Me daría lo mismo que de un hueco profundísimo de la tierra
saliera un humano, educado, perfecto, dócil, capaz de expresarse; que de una
cueva saliera el hombre modelo y bregara por ser el homo-ideal: el hombre que
nace sin la imperfecta manifestación de ser niño, sin traumas, sin historia,
sin el inaugural recuerdo de haber sido todo lo perverso que le dio la gana.
¿Como es que esas inmundicias de 50 centímetros
existen? Ni un solo padre no pensó en comerlos, arrancarles las entrañas y
tirarlas al infierno, deglutirlas, o untarlas en el pan de la mañana y masticar
lento el resto de su hijo. Todos han querido gritar: "¡Que vivan los
egipcios y sus matanzas!" Y por fin decir, sí, este es el mundo que
deseamos: sin gritos de cerdos carneados o gatos apareándose a las 3 de la
mañana; sin seres incontinentes que miran hacia abajo y mean cualquier vereda,
las camas, los sillones de paño, los asientos de los autos. Y detesto sus
miradas llenas de videncia, una mirada que nos hace sentir miserables, pobres
en lo más profundo del espíritu.
Mientras uno ve hacia el suelo porque el engendro nos
hostiga con sus ojos, pensamos: "si no estuviera tu padre, te mordería la
lengua y te la arrancaría como Hannibal, mocoso". Pero por respeto a su siervo, ese
ser que ya no quiere más que su sacrificio con veneno para ratas, decimos:
"ajooo", porque el mundo nos dio para que ellos pudieran prosperar:
la culpa.
Muchas veces he pensado cuáles son las fotos mentales que
tengo de Jesús: naciendo y crucificado. ¿Y en el medio? ¿Nunca se cagó nuestro
Señor? ¿Nunca vomitó sobre la tersa carita de María inmaculada? ¿Nunca le robó
una tabla de una mesa a José o se infectó por pincharse con un clavo? ¿Por qué
no gritó hasta volver loco a todo Jerusalén a las 3 de la mañana? ¿Acaso María
no quiso sacrificarlo antes que Dios, con una pequeña crucecita y pequeños
clavitos, y pequeños azotes con pequeños espolones y encenderlo en una pequeña hoguera
para que dejara de llorar?
Yo me pregunto por qué las ciudades nos dan inmundicias
tales como mi vecinito y no como Jesús. Qué feliz habría sido yo si la inmundicia
de 50 centímetros
hubiera nacido e inmediatamente hubiera sido crucificada.
Ayer la miserable comadreja de 50 centímetros llegó
de sus vacaciones con sus esclavos. Los oí cuando bajaron del ascensor. Los pasos
atorados, las maletas, el carruaje en el que lo trasladan de un lado a otro,
serviles, vasallos de sus deseos. Se atoraban. Recordé las películas en las que
se relatan invasiones así. Lo imaginé mirando mi pared, la del comedor y la del
baño, rozando con su dedito lleno de saliva y dulce, mi pared blanca, que da al pasillo. Ellos, rayándola con las ruedas, y la inmundicia contemplando cada
centímetro cuadrado, planificando de nuevo sus ataques.
Ya no sé la cantidad de noches que la cucaracha arremete
con su ponzoña devastadora, durante la noche, durante la cena, durante una
lectura profunda. Sé que el alienígena advierte perfectamente cuándo es el
mejor momento para embestir, acecha porque él sí tiene tiempo, tiene todo el
tiempo que le plazca para pensar cómo eliminarnos. Ha comenzado por sus padres.
Cuando la conocí a Soledad, era una mujer alegre, sensata,
cuidadosa de los modales. No sé cómo puede haber accedido a acarrear entre sus
vísceras a la inmundicia. Pero lo concreto es que lo ha hecho. Un día me tocó
la puerta y vi cómo su cuerpo deformado era fagocitado desde adentro. “Te va a matar, Soledad”, le dije. Pero su cara de resignación fue la
única respuesta que obtuve. Ya era demasiado tarde. “Falta poco para que se nos
termine la paz”, me dijo consternada, sabia de lo que iba a depositar en este
mundo, conocedora del poder de la basurita.
Fue extirpado, según supe, con muchísimos problemas. El
engendro quería llevarse con él partes del cuerpo de Soledad. Se había aferrado a los intestinos, que usaba como collares, como rehenes de su poder. Matías, su
esposo, lloraba en la sala de espera y tuvo que entrar para calmarla.
Sé, que nadie deseó la vida de esa cosa, sé que cada alma
del edificio de departamento donde vivo intentó matarlo, pero que sus ojos
cristalinos y videntes fueron paralizándolos a su turno.
Pero dije “¡Basta!”, ayer fue la última vez que esa miseria
regordeta gritó a las 2 de la mañana. Fui hasta el corral donde lo tienen, alimentan y veneran y toqué timbre…
Continuará...
Alguien tenía que decirlo!
ResponderEliminares verdad pero me da lástima ay otros que son hincha pelotas que los queres matar como este. Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaas
ResponderEliminarjajajaa, muy gracioso Sergio, dios mío, vos sos peor que el nene al final! jaja
ResponderEliminarMartha
Sí, hoy releí este texto y me reí mucho.
ResponderEliminarMe encantó, pero por tu forma de escribir,tan original sobre el tema a tratar y por supuesto que no creo que pienses así, ja ja ja
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